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jueves, 29 de enero de 2009

DOGMAS DE FE

En el libro “Religión y Ciencia” (que, editado por la Universidad de Castilla-La Mancha, ya cité en una ocasión), el investigador del CSIC Andrés Galera describe, en el capítulo dedicado a Darwin y a su teoría de la evolución, la parábola del relojero: se trata de un individuo que camina por el desierto y se encuentra un reloj (lo imagino de esfera, con una cadena para sacarlo sin perderlo del bolsillo) en funcionamiento, que marca correctamente la hora. El individuo, sin dudarlo, piensa que ese aparato lo ha construido un relojero.

La parábola sirve para ilustrar y defender las hipótesis creacionistas, mediante las cuales los organismos que habitamos en la Tierra, y el propio Universo en el que ésta flota, conforman el reloj que se ha hallado, correspondiendo a Dios el papel del relojero, que de alguna manera nos construyó en su taller entre un lunes y un sábado. La complejidad de las piezas del reloj no es nada comparada con la de nuestro organismo, con sus órganos, músculos y huesos que, a pesar de sus fallos, nos suelen conducir por la vida durante muchos años, avisándonos cuando sentimos sed o hambre o cualquier otra necesidad, o con la de las leyes de gravitación cuyos secretos desentrañó Newton (de quien también, por cierto, habla Carlos Solís, catedrático de la UNED, en el citado libro).

El Génesis y la aventura de Adán y Eva, lo de Caín y Abel y la mujer no nombrada con la que luego alguno de estos dos tuvo que yacer para dar continuidad a la especie, no es, de todos modos, dogma de fe, por lo que uno puede ser perfectamente católico y creer que Dios pulsó un botón que disparó el Big-Bang. Sí lo es, sin embargo, la propagación del pecado original a los descendientes de Adán, que somos todos, la ascensión de la Virgen a los cielos en cuerpo y alma, la existencia del paraíso, el purgatorio y el infierno, y la resurrección de los muertos con sus cuerpos en el último día. Asumo que resucitaremos todos aunque para poco tiempo (“en el último día”, se dice), incluyendo a los romanos que prendieron a Jesús y a los que sucedieron a éstos; también los hombres de Neandertal y los de Cromagnon, y también el eslabón perdido entre el hombre y el mono que terminará (si es que existió y tuvo, al estar a caballo entre animal y humano, algo de nuestra condición) por aparecer en ese momento; asumo que las cenizas de los incinerados saldrán de sus urnas y volarán desde los campos, los jardines y los mares en los que han sido disueltas para reagruparse y adquirir la forma humana que otrora tuvieran; que los miembros amputados hallarán sus cuerpos y se fundirán con ellos, reinstalándose las conexiones nerviosas, musculares y sanguíneas. Nos juntaremos aquí miles de millones de personas, los que estamos ahora vivos y los que nos han precedido, y tal vez ocupemos tanto que tengamos necesidad de ubicarnos en los océanos.

Quizás, en estos años, se levante algún secreto de Estado que desvele la visión de unos cuerpos vagando por el espacio o cómodamente instalados en algún asteroide, un hombre joven con barba y una mujer con túnica, ambos con un halo alrededor de su cabeza.

Al final del todo, el mundo, que Dios creó también dogmáticamente de la nada, será finiquitado por Jesús a su regreso, deshaciéndolo, juntándolo quizás con las partículas de antimateria cuya existencia la Física intuyó, después demostró y finalmente observó mediante grandes telescopios. Cuando una partícula de antimateria se une con otra de su materia correspondiente, las dos se anulan, resultando en una partícula de nada que no deja huella ni rastro. La antimateria, aparentemente menos abundante que la materia de la que estamos hechos, nos aguarda en algún sitio, en un agujero negro, para venir a confirmar el último día que la amenaza del Apocalipsis es cierta.

jueves, 15 de enero de 2009

La búsqueda de la felicidad

De entre los pocos mensajes que acudieron a mi móvil nada más comer las uvas, me llegó uno de un compañero informático: «Que este año encuentres felicidad, salud, amor, dinero, paz y todo lo que necesites. Y lo que no encuentres, búscalo en Google. Feliz Año Nuevo».

La felicidad, probablemente, es un estado de frivolidad en el que uno permanece mientras se encuentra acorazado en algún grado respecto del mundo exterior. La protección de la coraza depende de la sensibilidad con la que cada uno se vea afectado por sus circunstancias personales, familiares, locales, mundiales. Mi coraza ha de ser buena y gruesa, porque me hallo en un momento bueno y feliz, a pesar de los males lejanos que afectan al mundo, y que no pasan solamente por el bombardeo del pueblo palestino, sino también por Sudán, Somalia, Colombia, Afganistán o Irak.

Para cuando me falte, para cuando se ablande y ese escudo que tengo no me proteja, he hecho caso a mi amigo con el fin de prevenirme y he buscado en Google. La primera entrada me dirige a la Wikipedia, la enciclopedia “on line” construida entre tantos, y de la que se ha dicho que da la razón al último que escribe en ella, porque se escribe a mil manos, o a más, unos corrigiendo a otros y otros enmendando a unos, y me dice que “La felicidad es un estado del ánimo resultado de una actividad neural fluida en la que los factores internos y externos interactúan estimulando el sistema límbico”. Creo que le falta alguna coma a esa definición pero, si le hacemos caso, parece que la felicidad es finalmente un puro asunto bioquímico, alcanzable si se consiguen las combinaciones adecuadas de sustancias que tenemos circulando y que nuestros cuerpos metabolizan de manera distinta y particular, segregando o inhibiendo serotonina y otras moléculas que sé y que no digo porque las ignoro.

No busco en Internet la palabra “Amor”, que también me desea mi amigo, porque lo tengo y lo siento y no quiero que me falte, y porque leí hace años el libreto del CD “Física y química”, de Joaquín Sabina, en el cual el cantautor explica que tituló así el disco porque “Severo Ochoa dijo en una entrevista que el amor era física y química”. Es como titularlo “Amor”, el disco, pero más poético, o más técnico, o más biológico, o más animal. Otra vez la importancia del cuerpo, del correcto funcionamiento de nuestro organismo para sentir o no el amor y sentirnos amados. Supongo que, cuando se tiene y se siente, nuestro cerebro actúa acullá, con sus hilos de titiritero, sobre los órganos y glándulas, tálamos e hipotálamos, no sé si también sobre el páncreas y otras estructuras más aproximadas a la casquería, para que generen los ingredientes precisos que conducen al amor.

Si a la tristeza motivada por un agente externo puede curarla el tiempo, y a la que surge de dentro, de un funcionamiento anómalo e inmotivado de nuestro cuerpo, de una mala neurotransmisión, la cura o la alivia la medicina, ¿también habrá un medicamento que nos conceda el amor, que nos haga sentirlo y sentirnos amados aunque no exista en el mundo quien nos corresponda, o es, en este caso, solamente el paso del tiempo el remedio al que podemos recurrir para curar el desamor?

«El examen le reveló que no tenía fiebre, ni dolor en ninguna parte, y lo único concreto que sentía era una necesidad urgente de morir. Le bastó un interrogatorio insidioso, primero a él y después a la madre, para comprobar una vez más que los síntomas del amor son los mismos del cólera». (Gabriel García Márquez, El amor en los tiempos del cólera).

«Felicidad=Ex(M+B+P)/(R+C)». (Eduardo Punset, El viaje a la felicidad).