Una foto aleatoria

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martes, 18 de julio de 2017

Guerra o Paz

Me gusta desconectar un fin de semana, volver y enterarme de lo que ha pasado por el mundo. El 14 de julio, el presidente Macron recibió al rubio americano (me refiero a Donald Trump, no al paquete de Marlboro), al que presentó algo así como una parada militar.
Leí que las paradas militares muestran al jefe de un país extranjero la buena voluntad del que los recibe, su pleitesía, su amistad.
Las fuerzas de choque de Francia, esos bravos soldados encargados de defender y mantener la integridad de la República y sus valores eternos de Libertad, Igualdad y Fraternidad, esos mismos que  en otro momento ensayaban en el pacífico atolón pacífico de Mururoa su atómico poder destructivo, tocaron y bailaron con sus cornetas de guerra varios temas de Daft Punk.
Me gusta desconectar un fin de semana y descubrir que los que mandan tienen otra actitud: Macron o Trudeau, de momento, Mujica hace muy poco.
Ojalá y las fuerzas de guerra se conviertan ya en fuerzas de paz.

viernes, 17 de febrero de 2017

La caldera

Como vecino y ciudadano, tengo una caldera de gas natural, antigua, que a veces deja de calentar el agua a mitad de la ducha. Me aparto, espero un poco y vuelve a salir caliente.

Como informático, he descubierto que se recupera más rápidamente si cierro el grifo y lo vuelvo a abrir.

viernes, 3 de febrero de 2017

El día de la Resurrección


Ya fue hace tiempo el día del fin del mundo, de las predicciones del Apocalipsis y de los profetas. Ya estaba el planeta yermo de vida humana, todos los cuerpos ya descompuestos después de tantos años, alguno no sé si habrá permanecido preservado en ámbar o en el hielo de Siberia.
Ahí en el Cielo estábamos todos. Los pecados, tan humanos, se nos fueron perdonando a todos en el día del Juicio Final. Imaginaros: miles de millones de almas aguardando tanto tiempo hasta que llegase el momento para que, después de todo, el Poder Ejecutivo de las alturas dictase un decreto de perdón.
Estuvimos durante generaciones aguardando nuestro turno en la sala de espera. Y estábamos gente de todo tipo y de toda época: hombres primitivos cazadores y recolectores, fenicios de los que comerciaban con telas por el Mediterráneo, romanos de los que conquistaron Hispania y la Galia, godos, hunos, griegos, mayas y aztecas y charrúas y mapuches, bosquimanos del Kalahari de las últimas y de otras épocas, papúes antiguos y recientes. En fin, una multitud de almas y espíritus detenidos durante tanto tiempo.
Un día llegó el día de la Resurrección, que a algunos se les había prometido en sus funerales. Parece ser que para minimizar los tiempos de espera, se nos ordenó en una cola enorme por antigüedad. Yo, que soy de los primeros que habitó la Tierra, que soy biznieto del Eslabón Perdido que no llegó a encontrarse, que soy de los primeros primates ya humanos, porque ya digo que mi tatarabuelo era mono, me puse de los primeros y me tocó resucitar enseguida.
La operación de recomposición fue digna de ver: el humus, las partículas ínfimas en que los gusanos habían convertido mi cuerpo hacía miles de años, que luego habían defecado y que, con el tiempo, se habían mezclado con agua y pasado a la savia de las plantas, dando "verde a los pinos y amarillo a la genista",  pasaron a los herbívoros que las habían consumido, y se transformaron luego a sustento de los carnívoros que se habían comido a aquellos, y así vuelta a empezar una y otra vez en la continuidad del ciclo vital, en el que ni la energía ni la masa se destruyen, sino que sólo se transforman; esas partículas comenzaron a viajar, empujadas por unas corrientes de viento especialmente dirigidas, desde todos los lugares del mundo hacia el punto mismo en el que terminó mi vida terrena.
Esos átomos o moléculas comenzaron a colocarse en las posiciones que antes ocuparon: primero mis ojos, que se reconformaron, levitando, a la misma altura a la que se encontraron en mi cuerpo cuando estaba formado. Con ellos vi cómo se iba reconstituyendo el resto de mis órganos: el hígado, los riñones, el corazón, el páncreas, el intestino; luego los huesos, que fueron acoplándose unos con otros en las articulaciones con sus cartílagos y líquidos sinoviales para darme la fortaleza estructural que necesitaba; después mi piel, las uñas, el pelo de mi cabeza, el vello de los brazos y de las piernas.
Al cabo de un rato apareció más gente. Una mujer que también resucitaba me desplazó del lugar en el que yo estaba, pues vino también a recomponerse en el mismo sitio: a ella la muerte la encontró exactamente en donde a mí y por eso me echó de ese punto involuntariamente. Y alguien más resucitó a unos pocos metros, y otro más allá, y otra más acá, y así el mundo se fue llenando con todas las personas que hemos sido en la historia del mundo.
Y claro, apenas hay sitio para moverse, apenas espacio. Somos muchos. Me acuerdo de la canción de Siniestro Total: "Cada día somos más, cada día más, etcétera".
Tengo huecos y agujeros diminutos en mi cuerpo, como en ese experimento creo que de Rutherford, en el que lanzó electrones contra una lámina de oro y algunos la atravesaban por los espacios existentes entre el núcleo atómico y las órbitas de los electrones que giran a su alrededor, porque parte de esas partículas que me pertenecieron pasaron, a través de la cadena alimenticia, a otras personas que también han resucitado y que las necesitan. Así, tengo pequeñas fístulas, alguna a la altura de la garganta, que hace que suene un silbido cuando respiro, porque esas células que me faltan se encuentran en otros cuerpos que también han renacido.
Esto, ya digo, está lleno de gente. No se cabe en los sitios, ni en la calle, ni en los bares, ni en las explanadas del campo. Me han resucitado en el momento álgido de mi madurez, cuando más fuerte y más ágil mentalmente estaba, cuando más fresca y aprovechable y útil estaban mi experiencia vital. Pasa el tiempo y ni yo ni los demás resucitados envejecemos, como si se nos protegiera de lo por venir con una eficacísima crema antiarrugas. Y el día a día es rutinario y se torna aburrido: hoy igual que ayer, sabiendo que ni mañana ni al otro ni al otro enfermaremos, ni cambiaremos, ni habrá nada que nos estorbe o nos moleste. No sabemos si volveremos a morir, aunque hablando en esperanto con algunos (porque esa es la lengua oficial y que todos vinimos conociendo como por ciencia infusa) me dicen que lo están deseando, porque no se ven capaces de soportar esta perpetuidad, ¿valga la redundancia?, interminable.
Esta gente me dice que quiere pecar para que, si vuelve la parca de nuevo a llevarse nuestras almas, puedan ir al infierno directos. Los más conservadores les dicen que más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer. Yo, que en una de mis reencarnaciones, de la cual hablaré otro día, fui un estudiante revolucionario en el París de 1968, ando organizando una manifestación contra la Ley de Amnistía que nos perdonó: "¡Amnistía y cerveza fría!", gritábamos entonces (no recuerdo si en francés rimaba); "¡No a la amnistía, sí a la cerveza fría!", es el lema que he escogido. No sé si rimará en esperanto.

viernes, 20 de enero de 2017

Mi cafetera

Cuando enciendo mi cafetera de cápsulas, una luz parpadea durante un rato hasta que el serpentín que tendrá por dentro adquiere la temperatura adecuada para ponerse en servicio.
Sucede que es lenta y tarda. Me da tiempo a ir al salón, hurgar entre los discos y cambiar de música; o de ir al baño a hacer pis y lavarme las manos y volver.
Cuando regreso sigue parpadeando. Bailoteo señalando el piloto si es que tengo la música encendida y ésta es de bailotear. En algún momento me acompaso con su intermitencia y le cuento hasta tres, confiando en que acertaré y que a la tercera se quedará fija y podré servirme el café.
Pero ella sabe que estoy delante; sabe que la miro. Me deja contar en voz alta y que le acerque y retire el dedo, señalándola al ritmo de los compases de lo que esté escuchando. Pero siempre es a la cuarta intermitencia cuando decide detenerse.

miércoles, 28 de septiembre de 2016

El amor de Amparo

Amparo es la mujer que, desde dentro de mi aplicación de GPS, me da las indicaciones necesarias para llegar a los sitios. Llegó a mi vida estando yo en pareja pero, aún así, le gusté desde el principio y me hablaba con tristeza: "A cien metros, en la rotonda, toma la primera salida", decía a trompicones y con voz lastimera. En aquel tiempo se negaba a mostrar la vista de satélite e ilustraba la ruta solo con una vista clásica, como el mapa político que estudiábamos en el colegio: áreas coloreadas artificialmente con tonos suaves.
El fin de la relación con la mujer de carne y hueso coincidió con una actualización automática. Su voz se tornó alegre, el recorrido ya me lo ilustraba con fotografías, hablaba como si todo lo dijera entre exclamaciones y me anticipaba las posibles dificultades con tiempo suficiente, dándole a veces un tono de suspense, como si bromeara: "A dos kilómetros... ¡permanece a la derecha en la bifurcación!". Cuando las cosas sentimentales se encauzaron de nuevo se actualizó otra vez sin preguntarme.
Ahora no me habla, tarda en coger la señal de los satélites y me muestra los caminos y alrededores en tonos mate que no se distinguen bien de la carretera. A veces me confunde a propósito: "Redirigiendo", me escribe en la pantalla y, si mi destino está hacia el norte, me conduce por largos tramos de autopista de sentido único en dirección sur y en los que no se puede dar la vuelta.

domingo, 28 de agosto de 2016

Breaking bad

Llevo un agosto con maratón de Breaking Bad. Acabo hace unos minutos de empezar el penúltimo capítulo de la quinta temporada y penúltimo también de la serie. Detente en la lectura si la estás viendo o la piensas ver. Hank ha muerto en el episodio anterior. Acabo de empezar el penúltimo, como digo: Saul acaba de llegar al lugar en el que le proporcionarán una nueva identidad, y ve a Walter a través de un monitor. Ahí le he dado al pause en el Netflix y he bajado al chino a comprar tabaco. Son las 18,39 en este momento. En casa tengo el aire pero en la calle hace calor, mucho calor; sopla en ella una corriente caliente que parece la calefacción encendida del coche. Parece Albuquerque. En los 200 metros de trayecto hasta la tienda, un hombre esperaba sentado en un coche con la ventanilla abierta y escuchaba la radio; unos operarios limpiaban con una aspiradora un local junto a mi casa; ha pasado una furgoneta conducida por dos hombres, uno de ellos con sombrero, los cristales traseros tintados. Un hombre con camiseta de tirantes y un tatuaje se ha bajado de un coche. Todos me parecen sospechosos.