jueves 17 de diciembre de 2009

LA MUJER Y LA INGENIERÍA (INFORMÁTICA)

Hace unos días asistí a la graduación de la Escuela Superior de Informática. Se trata de un acto dirigido a los alumnos que han finalizado la carrera en el curso académico anterior, que les sirve de homenaje y al que también se invita a sus familiares. A los titulados se les entrega un diploma, una beca y un pequeño detalle. En esta ocasión, se trataba de los titulados de la décima promoción de ingenieros en Informática y de los titulados de las (si no me equivoco) decimoctavas promociones de ingenieros técnicos en Informática de Gestión e ingenieros técnicos en Informática de Sistemas. Entre estas tres promociones, desfilaron por el estrado más de cien titulados, entre los que hubo en torno a 10 mujeres (las conté, pero lamentablemente he olvidado el número exacto).
Cuando se han entregado todos los diplomas, el acto continúa y se hace entrega de los premios extraordinarios de fin de carrera, que reconocen los tres mejores expedientes de cada una de las tres titulaciones. Hay una nota mínima para obtener este reconocimiento, de manera que algún año el premio extraordinario de alguna titulación ha quedado desierto. Este año, dos de los tres mejores alumnos han sido mujeres. El año pasado los datos fueron los contrarios: dos varones (los ingenieros técnicos) y una mujer (la ingeniera, habitual pero erróneamente llamada “superior”).
Sin que los datos sean rigurosamente exactos ni extrapolables a otras ingenierías, y con todas las precauciones estadísticas debidas, es cierto que las mujeres representan un porcentaje muy pequeño del alumnado, pero consiguen, por lo general, las mejores calificaciones, superando con creces a los varones: representan, por tanto, una elite minoritaria. Algo parecido, según he visto y oído alguna vez, sucede con los judíos, que representan algo menos del 0,5% de la población mundial y, sin embargo, se han alzado con, más o menos, la quinta parte de los premios Nobel desde su creación en 1901.
Hace dos cursos académicos (2007-2008), en una de las asignaturas de Informática que yo imparto, de 5º curso, había 14 mujeres entre 75 alumnos (un 18%), mientras que el 30% de las mejores calificaciones las obtuvieron ellas. El curso pasado, en la misma asignatura, había 15 mujeres entre los 63 alumnos matriculados (24%), pero el porcentaje de mujeres en las mejores calificaciones se mantuvo.
De forma general, la presencia de mujeres en las titulaciones de ingeniería es muy reducida, en ocasiones casi testimonial; sin embargo, demuestran en muchos casos ser mejores que los varones. Simplificando, la profesión del ingeniero consiste en resolver problemas, y parece ser que ellas los resuelven mejor que nosotros, pero tal vez les dé pereza ponerse a resolverlos, o tal vez la profesión del ingeniero esté mal explicada. Esperemos que la tendencia cambie, sobre todo en una titulación como la Ingeniería Informática, que incluso en esta época de crisis sigue produciendo menos titulados de los que la sociedad demanda.
En nuestra universidad, la Ingeniería Informática estrenará el curso que viene un nuevo plan de estudios, moderno y bien diseñado, y ofrecerá también dos másteres de postgrado, uno de investigación (que ya se ofrece desde hace años, con una especial “mención de calidad” que otorga la Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad), y otro más orientado a la labor directiva del ingeniero informático. Ya que ellas demuestran año tras año que son más listas, invito a las mujeres a que se decanten por este trabajo, que es muy bonito, en el que destacarán porque son las mejores, y con el que prácticamente se les garantiza el empleo.

jueves 19 de noviembre de 2009

Encrucijadas

  Como el tiempo avanza siempre hacia delante y no se puede retroceder, la vida no da nunca segundas oportunidades: un viaje que pudimos emprender y no lo hicimos; un boleto de lotería que se nos ofreció y no compramos y que luego tocó; una palabra de amor o amistad o enemistad, que puede haber sido pronunciada o callada sin valorarla ni a la palabra misma ni a sus consecuencias; un corte de mangas en un momento de ofuscación; acudir o no a una cita; optar por el camino de la izquierda o por el de la derecha en una encrucijada. Lo que nos encontremos por un sitio no lo encontraremos por el otro, incluso aunque regresemos: la intensidad de la luz será diferente; un pájaro que se nos habría cruzado ya no lo hará.

  Me contaron de un hombre que, sesenta años después de haberse citado en la boca de la Estación de Metro de Bilbao, en Madrid, con una adolescente como él, sin haberla encontrado, regresó ya de casi anciano al mismo lugar, hace unos pocos años. Quien acompañaba a este hombre no sabía exactamente a dónde se dirigían: «¿Por dónde salimos?», le dijo el acompañante al hombre, y le enumeró entonces algunas de las posibles vías de salida de esa estación: «¿Fuencarral, Luchana pares o impares, Malasaña…?», le preguntó. En un paso atrás de más de medio siglo, el hombre comprendió en ese momento, no sé si ya con pena aunque sí con sorpresa, que había estado acaso esperando durante dos largas horas a la chica en Luchana pares, primero expectante, después nervioso, luego desencantado cuando ya se marchaba, ignorante de la realidad, de los múltiples caminos de entrada y salida de esa estación, y ya para siempre pensando que esa chica que le había hecho tilín lo había dejado tirado, plantado, que había faltado a la cita porque él no le convencía. La chica, hoy también anciana, quizás esperó también en el lado contrario, o quizás no fue, y este episodio que ha permanecido hondo en la memoria de él, tal vez se desvaneció enseguida de la memoria de ella.

  La vida, entonces, no da segundas oportunidades, pero sí las personas, por ejemplo ante esa palabra de amor o desamor o amistad o enemistad que antes mencionaba, y que puede haber sido pronunciada o callada sin valorarla y sin meditarla. El beneficiado por el amor o la amistad, o el perjudicado por el desamor o la enemistad, acepta o rechaza la palabra y actúa en consecuencia con ese propio acto de aceptación o rechazo, que a veces también se realiza sin valorarlo ni meditarlo.

martes 10 de noviembre de 2009

CUENTOS DESDE EL ESPEJO (y II)

Reconozco que, por mi heterotaxia, a veces había pensado que acaso la vida auténtica fuese la que ocurre dentro de los espejos, de tal manera que yo sería el reflejo de mi cuerpo real, que estaría ahí adentro. Había pensado que quizá el espejo de mi dormitorio, o el espejo ante el que me afeito, tal vez alberga, dentro de él, una réplica completa del mundo entero, lleno de recovecos como el mundo real, con personas que son normales en este nivel del mundo, pero heterotáxicas en el nivel del espejo, zurdos los diestros y diestros los zurdos. En ese mundo reflejado habría también armarios con espejos y espejos ante los que afeitarse que, al ser un reflejo del reflejo, albergarían en ellos la imagen real del mundo de nivel 0. Cuando uno pone un espejo enfrente de otro, de inmediato aparecen miles o millones o infinitos reflejos mutuos, como cuando se aproxima un micrófono al mismo altavoz que amplifica sus sonidos.
Con estos pensamientos y con estas singularidades anatómicas estudié ingeniería de minas y terminé de profesor en la Escuela de Ingenieros de Minas que hay en Almadén, en donde aún continúo. En lo que hoy es el Parque Minero hubo, durante muchos años, unas piscinas en donde se almacenaba el mercurio antes de distribuirlo. Aunque estaba terminantemente prohibido, cuando no me veía nadie me calzaba unas botas altas de goma y un traje especial y caminaba sobre el líquido metal, tratando de conservar el equilibrio: es divertido. Observaba mi reflejo en esa pátina deslizante que, en menores proporciones, ha causado sensación entre los niños cuando se rompía un termómetro. El hombre que veía andando, reflejado sobre mis pies, no era sino la imagen del derecho que debería haberme correspondido en mi nacimiento.
            Cuando comenzó a hacerse pública la elevadísima toxicidad del mercurio para el medio ambiente y para la vida, cuando el mercurio fue sustituido en sus aplicaciones, los pedidos a la mina fueron decayendo, los mineros empezaron a ser despedidos o prejubilados, y fueron poco a poco cerrándose diferentes galerías de la mina. Dediqué entonces mis esfuerzos de investigación a la búsqueda de algún compuesto que permitiera disminuir su toxicidad, de alguna sustancia que, adecuadamente mezclada y combinada con el mercurio, le mantuviera a éste sus propiedades y le bajara su enorme capacidad contaminante. Entre las diferentes sustancias que preparé, hallé un aceite mineral con el que, un día, embadurné mi chapa de oro de donante de sangre con mi grupo sanguíneo, A+. Como es bien conocido, el mercurio y el oro no son buenos amigos, y éste desparece al contacto con aquél. Para mi sorpresa, no sólo la chapa no se fue disolviendo, sino que, a medida que la iba sumergiendo, iba apareciendo, hacia mi lado, la misma imagen especular de la chapa que dejaba de verse con cada milímetro de hundimiento: es decir, el mercurio me devolvía el reflejo de lo que yo le estaba dando. Cuando terminé la operación, tenía entre mis dedos una chapa de donante que podía leer adecuadamente ante un espejo:

Acto seguido me ungí yo mismo con mi mismo aceite y me introduje en el venenoso líquido. El efecto fue el mismo y, mientras me sumergía, salía hacia detrás de mí el mismo fragmento de cuerpo que iba siendo absorbido.  

            Esto fue hace unos años. Mi cuerpo real convive heterotáxico con el resto de los mortales, todos heterotáxicos, en las profundidades del reflejo; el cuerpo que luzco aquí ya está por fin del derecho, escribo por fin con la diestra y no con la izquierda, y soy por tanto un auténtico diestro-diestro. Me río mucho porque tengo loco al médico del SESCAM, que no se explica cómo ha podido corregirse la ubicación de mis órganos sin ningún tratamiento. Yo, claro, no le he contado nada.
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Una versión anterior de la columna-cuento de la semana pasada (un articuento, como llama el escritor Juan José Millás a este tipo de textos) la publiqué en una revista digital que se llama Guía de Perplejos con el título La vida en el espejo. El articuento terminaba ahí, donde yo lo dejé el otro día, de modo que era la primera parte de un cuento completo que otro escritor debía terminar. Yo se lo envié al editor que, a su vez, se lo envió al otro autor para que le diera la continuación que deseara. Cuando lo recibieron, los dos me escribieron un correo electrónico preguntándome con lástima o con compasión (aunque ellos lo camuflaban con un “más que nada por curiosidad”) que si el relato enviado era autobiográfico. Les dije la verdad, que no lo es, y el otro autor, ya sin un ápice de esa compasión que había disimulado, cargó contra ese personaje de órganos internos de sitio cambiado y terminó matándolo. Así pues, la pregunta del otro escritor («¿es autobiográfico?») y la respuesta que yo le di («no, no lo es») le sirvieron tanto para saciar su curiosidad como para ver abierto un camino de continuación que, en otro caso, seguramente no habría emprendido, que es el camino de asesinar al personaje: al no ser yo, ya podía ser ejecutado sin lástima alguna.
            Si mi respuesta hubiera sido falsa y les hubiera contestado que sí, que mi radiografía vista por su haz es como la de uno cualquiera vista del envés, el otro autor seguramente se habría visto forzado a explorar otra vía y no habría matado al hombre especular, porque hacerlo habría sido casi como insultarme, o tal vez lo habría asesinado ahogándolo en una piscina de mercurio.

martes 3 de noviembre de 2009

CUENTOS DESDE EL ESPEJO (I)

         Cuando nací, me dieron en el culo unos primeros azotes para desatorarme y abrir mis pulmones y forzar mi llanto, y que mi madre me oyera y supiese que había dado a luz a un niño sano. Me dejaron un rato en sus brazos y creo que ella, agotada y desangrada como estaba y con las piernas aún abiertas mientras seguían hurgándole entre ellas, me contempló más como a un quiste molesto recién extirpado que como al hijo que acababa de tener; pero, vigilada por la mirada atenta de la comadrona, que me había quitado con una esponja humedecida los restos más visibles y sanguinolentos de mi viaje a través del canal uterino, se vio en la obligación de dedicarme una sonrisa falsa que creo que aún recuerdo, porque volví a verla muchas veces a lo largo de mi vida. El doctor me hizo un primer reconocimiento, cosquilleándome en los pies y auscultándome, y detectó en ese momento alguna anomalía que lo hizo girarse y darme la espalda, para tomar la referencia de su brazo izquierdo y señalar el mío del mismo lado. Yo lo miraba tumbado boca arriba con mis ojos grises de recién nacido. El médico se volvió de nuevo y colocó otra vez sobre mi pecho el extremo frío del fonendoscopio, haciéndole a la enfermera un gesto de contrariedad que mi madre advirtió, pero que en ese momento no le supuso sino la decepción del que ha recorrido un duro camino de nueve meses hasta una meta lejana para no obtener premio. Mi corazón latía distinto, o no latía, ofreciéndole al pediatra menos intensidad de la acostumbrada.
            Enseguida me pasaron por el aparato de rayos X, y pensaron que miraban al revés el negativo que acababan de obtener, a pesar de que el nombre provisional que me habían asignado se leía del derecho en la lámina de plástico semitransparente o semiopaca que contenía la radiografía. Dos médicos se hicieron entre sí unos gestos extraños, colocándose la mano en el lado de su corazón y después en el otro, y luego la bajaron a su hígado para colocarla nuevamente a la izquierda, como si fuesen dos niños que juegan a taparse los boquetes provocados por las balas de un enemigo inexistente. Me palparon con fuerza, tratando de descubrir la posición de mis órganos con el simple tacto, hasta que un médico antiguo que les vio los ademanes desde el pasillo se acercó a ellos y les habló de la heterotaxia, una rara anormalidad por la que uno no es sino una imagen especular de lo que debería ser, el corazón a la derecha y el hígado a la izquierda, los riñones cambiados, el ojo vago es el ojo sano, el huevo que más cuelga es el huevo derecho.
            Por lo demás, y aparte de esta rareza, no encontraron en mí patología ni enfermedad alguna, y, transcurridos dos días por encima del periodo habitual de ingreso, durante los cuales rebuscaron en mi organismo, sin encontrarlas, consecuencias irregulares de esta singularidad, me dieron el alta y pude marchar a casa sin haberme detectado soplos, insuficiencias ni descompensaciones en mis análisis.
            Mi vida arrancó de esta forma, en una familia que me amó muchísimo y que me hiperprotegió sin motivo, que se las buscaba con el pediatra del cupo para eximirme de la Educación Física en el colegio, de correr en el parque, de ir de campamento en verano, y entonces mis tardes de la adolescencia encontraron la razón de ser en los cortos horizontes que se vislumbraban desde las ventanas de casa, los cuales un día comencé a describir en unos trozos de papel. Más tarde, al releer esos textos, percibí en ellos una descripción especular de la que no fui consciente cuando los escribía, porque explicaba que estaba a la izquierda lo que realmente estaba a la derecha, y lo curioso es que así lo tenía yo almacenado en los lugares de mi cerebro que corresponden a la memoria, y me sorprendía al asomarme a la ventana y comprobar, al verlas, que las imágenes que se almacenan en mis recuerdos estaban proyectadas hacia el otro lado, como mi propio cuerpo, con la lateralidad cambiada, con la dadilaretal adaibmac.
            Escribía y me peinaba y cortaba los filetes con mi mano izquierda, que era mi diestra, de manera que no era un zurdo convencional, sino un diestro raro, raramente diestro.
            (Continuará).

martes 6 de octubre de 2009

LA CRISIS DE LOS 28

 Un chiste viejo de informáticos dice que «En el mundo hay 10 clases de personas: las que saben binario y las que no». El sistema binario es un método de numeración en el que se utilizan solamente dos símbolos, el cero y el uno, en lugar de los diez habituales. En el sistema decimal se utilizan diez símbolos, del cero al nueve, según parece porque, cuando las matemáticas no eran más que un rudimento que se utilizaba para contar, se utilizaban los diez dedos para ir contando los elementos: cuando vamos enumerando los objetos de una colección comenzamos por el 1, luego por el 2, el 3… hasta llegar al 9; si hay más objetos, y dado que no tenemos un símbolo que represente una unidad más que 9, anotamos el diez (10), que representa “una decena y cero unidades”.
            En binario es parecido, sólo que se manipulan únicamente los dos primeros símbolos: cero unidades es un cero (0) y una unidad es un uno (1); para representar dos unidades, y ya que no hay símbolo para representar esta cantidad, se utiliza el 10 (que puede leerse, en lugar de como “una decena y cero unidades”, como “una pareja y cero unidades”). El 11 binario representa “una pareja y una unidad” (es decir, tres elementos); el siguiente al 11 es el 100, que equivale a “una doble pareja, cero parejas y cero unidades”: es decir, al número cuatro del sistema decimal.
            También en informática se utiliza con frecuencia el sistema octal, en el que se utilizan los ocho símbolos que van del cero al siete: el 7 octal representa también 7 unidades decimales; para representar el 8, puesto que no hay símbolo para este valor, se procede como habitualmente, escribiendo 10, que representa un octeto. El 11 octal es un octeto y una unidad (es decir, nueve elementos), etcétera.
            Y otro sistema corriente de numeración es el hexadecimal, en el que se utilizan 16 símbolos: los dígitos del 0 al 9 y las letras de la A a la F, y que tal vez inventó algún tipo raro que tenía dieciséis dedos en las manos. En este sistema, después del 9 viene la A (que representa diez unidades), después la B (que son once), la C (doce), la D (trece), la E (catorce) y la F (quince). Quince elementos son F elementos; para representar el número dieciséis se realiza la misma operación: se escribe un 1 y después un 0: así, el número 10 hexadecimal representa un “dieciseisteto” (palabra inexistente, con la cual me refiero a una agrupación de dieciséis elementos). El 11 equivale a un dieciseisteto y una unidad o, lo que es lo mismo, a diecisiete unidades.
            En un libro de ingeniería del software veo un chiste parecido al primero: «¿Por qué los informáticos confunden Halloween (que se celebra la noche del 31 de octubre) con la navidad?». La respuesta viene en la misma línea: «porque OCT(31)=DEC(25)».
Está feísimo explicar un chiste, pero observemos que tanto «octubre» como «octal» comienzan por «OCT», y que «DEC» representa el sistema «decimal» y el «december» (diciembre) inglés. El número 31 en octal equivale al 25 en decimal. Si quiere, ríase ahora.
Mi amigo Smith lo estaba pasando mal. Llegó a ese día que tanta gente teme en el que se cumplen 40 años. Hizo una fiesta grande para celebrarlo, y unos días después no paraba en casa y no quería sino estar por ahí, todas las noches de marcha, como en las épocas de juventud, en que es fin de semana incluso de lunes a jueves. El hombre se conserva bien, parece más joven. Le curé haciéndole entender que pasase su vida al sistema hexadecimal. Contando de esta forma, ahora le salen 28 años, y está tan feliz.

miércoles 30 de septiembre de 2009

El ADN de Dios

     A veces pienso en algunos misterios de la religión que me enseñaron, y que es la que durante siglos o milenios tocó enseñar por esta parte del mundo. Si hubiera nacido en otras latitudes, se me habría explicado la religión islámica o la budista; si hubiera nacido en otro tiempo, quizás adorase a Zeus o a Artemisa, a Thor o a Odín, a Hércules o a Baco. Se me enseñó, sin embargo, el cristianismo en su interpretación católica, con la transmutación del pan y el vino consagrados en el cuerpo y en la sangre de Cristo como uno de sus principios fundamentales: cuando el sacerdote estira los brazos sobre el cáliz y alarga las manos, se convierte él mismo en una especie de antena que recibe desde arriba la señal con el poder misterioso y mágico, para propagarla, amplificada, sobre los frutos del trigo y la vid, alterando sus propiedades, que dejan de ser esos meros alimentos para pasar a ser productos realmente humanos. Esto es lo que me han enseñado.

     Con esta idea de la transmutación en mente, he empezado a escribir una novela en la que se descubre ADN humano en las hostias consagradas, que no estaba presente en ellas antes del sacramento. Hace ahora como quince años empecé otra novela, “La ruta no natural”, que luego me publicó la Biblioteca de Autores Manchegos. Me costó mucho trabajo acabarla, y tuve periodos de nula productividad, tardes en las que me ponía a escribir ante el ordenador sin terminar una línea. Frecuentaba por esas fechas el Café Guridi, a la sazón dirigido por Juan, en donde se reunían semanalmente los contertulios de la asociación cultural La Fragua, y en donde se organizaban exposiciones y algunos conciertos. En su tablón de corcho, situado junto a la barra, Juan dejaba colgar anuncios de “Se busca guitarrista”, fechas de próximos conciertos y, a mí, me dejó ir pinchando, semanalmente, las páginas de esa novela con la que tanto me costaba avanzar. Tuve algunos lectores, clientes asiduos que dedicaban unos minutos a ir leyendo los párrafos nuevos y que ocasionalmente me dejaban algún comentario manuscrito. Ese compromiso no adquirido me motivó para no dejar de faltar a mi cita voluntaria de los domingos, en las que me exigía a mí mismo pinchar nuevos folios con la continuación del relato, que hasta ese momento se me había ido resistiendo. El hecho simple de colgar los textos se convirtió para mí en un acicate que me invitaba y me facilitaba el hecho de escribir.

      Hoy me ha sucedido algo similar con esta columna, que he empezado de otras tres formas hablando de otros tres temas diferentes que me han resultado aburridos y sin sustancia. Me ocurre lo mismo con la nueva novela, con ADN, que he empezado hace unos meses pero con la cual me atranco: no sé cuál será el final pues, aunque tenía uno pensado cuando la comencé, en las pocas páginas que llevo la historia se me ha ido ya por otros derroteros. Los últimos ratos en los que he intentado proseguirla han sido infructuosos.

      Quince años después del tablón físico y tangible de corcho de alcornoque del café Guridi de la calle Libertad con Cardenal Monescillo, “ya no cierro los bares ni hago tantos excesos”, como dice Joaquín Sabina, pero puedo disponer de otro tablón electrónico en el que ir colgando las páginas que tengo escritas, y que me sirva de prurito y de compromiso para que, con dos o tres lectores que la sigan, avance con ella hasta terminarla: adndedios.blogspot.com

martes 22 de septiembre de 2009

LA VIDA EN CANCIONES

Desde que éramos novios, a mi marido le ha traicionado su subconsciente cantarín. Cuando, recién sacado el carné de conducir, me llevaba por las noches hacia ese descampado en las afueras de la ciudad, ya dejaba entrever lo que iba barruntando, con aquella canción de Los Inhumanos que hablaba de un Simca 1000, aunque su coche fuese algo más moderno y tuviera los asientos parcialmente reclinables. Los momentos anteriores a éste los solíamos compartir en los bares con la pandilla de amigos; cuando la conversación y las risas se encontraban en su momento más granado y él, por ejemplo, dejaba la mesa que ocupábamos para ir a la barra y pedir unos botellines y unos vargas, me miraba desde allí y notaba que sus labios cantaban lo de “bares, qué lugares tan gratos para conversar”, de Gabinete Caligari. Si no habíamos salido con nadie, o nuestros amigos se habían ido antes y estábamos solos, continuaba con el verso de “no hay como el calor del amor en un bar”, a la vez que me tomaba la mano y me miraba a los ojos. Los Gabinete, de Jaime Urrutia, le gustaban mucho, y en la noche de bodas, tumbados sobre la sábanas, me cantó aquello de “mi cielito y yo en la suite nupcial”.
Luego, ya casados, y desde que se compró su primer móvil con politonos, se levanta cada mañana con el Rock and Roll del despertador, de Joaquín Sabina, que empieza diciendo “Son casi las seis, como cada mañana”, aunque la canción le arranque diariamente dos horas más tarde. Si, cuando regresa a mediodía, lo oigo entrar por la puerta cantando “Hoy me he levantado con el pie contrario”, sé que algo le ha ido mal en el trabajo y ha salido cabreado. Si, por el contrario, entra tarareando “Me va, me va, me va”, es que todo ha ido bien, y entonces yo le contesto con aquella sintonía del viejo programa de Elena Santonja, “Con las manos en la masa”, que interpretaban el propio Sabina y Vainica Doble: “Siempre que vuelves a casa, me pillas en la cocina, embadurnada de harina, con las manos en la masa”. Él, entonces, o bien continúa la canción diciendo que no quiere platos finos, o bien se traslada a otro estilo y me dice que quiere “pollo asao, asao, asao con ensalada”.
Cuando las noticias hablan de la amenaza nuclear iraní se le queda para toda la tarde la canción de Ayatollah, de Siniestro Total; si se habla de sequía, “Ojalá que lllueva café”, de Juan Luis Guerra; si de la llegada de pateras, me canta el Clandestino de Manu Chao. Si ando de morros y no estoy amable, se le escapa “tengo que confesar que a veces no me gusta tu forma de ser”, de Julieta Venegas, y si intenta besarme y le esquivo, “No me beses en los labios”, de Aerolíneas Federales. Si alguna vez discutimos, “Cena recalentada”, de los Golpes Bajos; si me ve triste, “Los chicos no lloran”; si alegre, cualquier ranchera. “Las cuatro y diez” de Aute si vamos al cine; “La fiesta”, de los Ilegales, si vamos a un guateque en casa de unos amigos, y “Champú de huevo” cuando se ducha antes de salir de noche.
Todo se pega. Y yo, que soy abogada en esta ficción, he tenido ahora un cliente a quien la policía sorprendió en un parque con gramo y medio de hachís en el bolsillo. Ha recibido una carta de la Subdelegación del Gobierno, en la que le invitan a reconocer el acto y archivar el expediente sin sanción ni pena ninguna (“De acuerdo con lo previsto en el artículo 8 del RD 1398/93 de 4 de agosto, puede reconocer voluntariamente su responsabilidad, dándose entonces el expediente por concluido y dictándose la resolución sin sanción económica”), o bien a alegar lo que quiera e iniciar un procedimiento que puede ser más largo. El chico, inseguro de sí mismo, me pidió que lo ayudara a redactar el escrito en el que asume su culpa, y luego lo que lo acompañara al edificio oficial para presentarlo.
Mientras el funcionario cotejaba el original con la copia que luego nos devolvió sellada, releí una vez más el papel, al revés desde mi ángulo, en este lado de la ventanilla, y no pude evitar que se me escapara este verso rumbero: “Lo reconozco, fumo porros a diario”, de los Estopa.