Una foto aleatoria

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viernes, 22 de septiembre de 2017

La validez de la Constitución

La Constitución Española se votó en referéndum el 6 de diciembre de 1978, hace casi 39 años.

Según la Wikipedia, había 26.632.180 habitantes con derecho a voto, de los que lo ejercieron 17.873.271 personas. De estos, 16.409.450 votaron a favor, y 1.463.821 en contra.

A continuación haré unos cálculos aproximados usando los datos de población de 1978. Los valores que se muestren no coinciden con los valores reales, pero pienso que son válidos para mi razonamiento.

En 1978, según los datos de la web www.datosmacro.com, la pirámide de población tenía la siguiente forma y su distribución aproximada era la siguiente:



Las tres franjas de edad iniciales (de 0 a 4, de 5 a 9 y de 10 a 14), que suman 9.914.429 habitantes, no votaron, y de la franja de 15 a 19 no votaron los menores de 18. Ya que hay cinco valores en esta franja, supongamos que los adolescentes de 15 16 y 17 representan el 60% de esa franja que no votó por ser menores edad: 60%x3.168.247=1.900.948 personas de entre 15 y 17 años.

En total, no tuvieron derecho a voto por ser menores de edad 9.914.429+1.900.948=11.815.377 personas.
Podemos suponer que la gran mayoría de las personas que en 1978 tenía 55 o más años ha fallecido a día de hoy (y los que no hayan fallecido se compensan probablemente con muertes prematuras), con lo que nos quitamos 7.401.681 personas.

O sea: quedan vivas 17.818.661 que tuvieron derecho a voto en el referéndum de la CE de 1978. Con una participación del 67,11% del censo, sucede que quedan vivas, aproximadamente, 11.938.502 personas que votaron. De toda esta gente, votó que sí el 91,81%, lo que suponen 10.960.738 personas, casi once millones.

Es decir, el país en el que vivimos hoy se rige por una Constitución que, con sus cosas buenas y sus cosas malas, se aprobó hace casi cuarenta años por 11 millones de personas de los 46,5 millones que vivimos en él. Es decir, por el 23,6%.

¿No es ya el momento de plantear una reforma constitucional de calado?









lunes, 11 de septiembre de 2017

Vivir sin letras

(Primer premio del concurso de relatos CreaCIC de la UCLM).

Nací para puta o payaso, escogí lo difícil, y por eso dejé el convoy de carromatos en el que nací y en el que se supone que debía de haber crecido, conservando la vida errante y vagabunda de mis vecinos, de mis amigos, de mi familia, de mis ancestros.
Recorríamos los caminos, nos establecíamos unos días a las afueras de alguna ciudad o pueblo y, entonces, rondábamos sus calles y plazas pregonando de viva voz, con una trompetilla que nos amplificaba el volumen como si fuéramos pregoneros, nuestro espectáculo más o menos circense. Con una imprenta modesta, de tipos manuales, confeccionábamos unos carteles que pegábamos por las paredes. Faltaba la E; se había perdido hacía muchos años en un municipio que no la tenía y en el que no la echamos de menos. Recuerdo bien que desapareció a finales de agosto, después de la Virgen, cuando ya se notan las noches más cortas y la atmósfera más revuelta, cuando refresca: ni en enero, ni en febrero, ni en noviembre, ni en ningún mes que tuviera esa letra. En Faramontanos no nos hizo falta, ni tampoco en Tábara, el pueblo al que fuimos después. Mi padre se enfadó mucho cuando el impresor le dijo que no podríamos escribir Escober, que era el siguiente destino, ni septiembre, que sería cuando actuáramos. Llegó al carromato nervioso, oliendo a vino y a orujo, a sudor como siempre, enfadado (en esa ocasión) por la E que no aparecía. Mi hermano pequeño lloraba en el moisés, deseaba su ración de leche materna; mi padre le chilló para que se callara; a mí me pegó; a mi madre le impidió alimentarlo. La cogió allí mismo, delante de mí, la puso de espaldas contra la mesa y la forzó en un polvo impúdico y rápido, carente por supuesto del más mínimo aprecio, como tantos otros a los que mi madre estaba acostumbrada. El borracho se tranquilizó, se echó en la butaca, se quedó dormido. Como tantas veces, lo odié. Mi hermano se calmó, ansioso, cuando sintió sus labios alrededor del pezón de mi madre.
En las afueras de los pueblos montábamos unas gradas de madera: en forma de hexágono si el pueblo era grande, en cuadrado si pequeño. En el centro extendíamos una tela grande y circular, sucia y costrosa por los excrementos de los animales que se habían exhibido en ella desde hacía ya tanto tiempo. Si amenazaba lluvia, poníamos un poste largo en el centro de la pista y cubríamos el recinto con una lona extendida por la que se colaba el agua.
Nací para puta o payaso, decía, y elegí lo difícil. El impresor que extravió la E, que era además taquillero y portero, equilibrista y ventrílocuo, cuidaba también de un grupo de lobos a los que, los días de circo, soltaba en una jaula oxidada para hacerlos correr en redondo, sentarse en taburetes, ponerse de pie, pasar agachados bajo unos semicírculos de alambre, aullar al unísono como si estuviese brillando la luna llena. Salían hambrientos y obedientes a la pista, sabedores de que si hacían las gracietas para las que los había entrenado irían recibiendo pequeños premios comestibles, de que si no las hacían recibirían un latigazo. Igual que hacía conmigo, mi padre abría la puerta de la jaula en mitad del espectáculo y depositaba a mi hermano en los brazos del domador, que a su vez lo colocaba, protegido tan solo por el pedazo de tela que lo envolvía, en el centro de la pista. Los animales venteaban las aletas de la nariz con el olor a la carne tierna, a calostro agrio, a ese sudorcillo que se les acumula a los bebés en los pliegues del cuello y, erguidos y con las cuatro patas juntas en el taburete al que se habían encaramado, sacaban la lengua nerviosos y se lamían el hocico, gruñían, hacían respingos, se sacudían, amagaban con bajar, y el auditorio se entusiasmaba y aplaudía no sé si la maestría del domador o la dudosa valentía de mi padre, que yo creo que esperaba que alguna de las bestias saltase sobre el niño para, así, tener él una boca menos que alimentar.
Al término de la función el público se marchaba pero, si era la última del día y ya había caído el sol, muchos hombres se quedaban en los mostradores en los que, fuera del recinto, las mujeres del convoy les ofrecíamos aguardiente y vino. Nos dejábamos tocar el escote, la cintura, las nalgas y, si ofrecían la suma que se solicitase, nos íbamos con ellos al carromato reservado. Mi primera vez fue con doce años. El hombre ni siquiera se desnudó. Tan solo se desamarró el pantalón y me frotó su miembro que olía a orines por mi cara y mi cuerpo. Me empujó a la cama y me abrió las piernas.
La E perdida la suplían con una F a la que añadían, con un dedo entintado, un palito abajo. Un día de fines de septiembre robé la letra C. Ya no se podría escribir ni circo ni octubre, próximo a llegar. Tampoco Cercedilla, el pueblo al que íbamos. El episodio violento se repitió. Aunque en verdad daba igual por lo que fuese, porque la violencia llegaba todas las noches a casa, con o sin C, con o sin E. Más tarde, boca arriba en la cama, tracé todo el abecedario en el aire. Sonreí al dibujar la virgulilla de la eñe, el palito de la cu. Imaginé también las palabras que necesitaban de esas dos letras extraviadas para poder escribirse: cesar, hacer, cerro, cocear, cercenar, cuerda, escapar. «Cesar, hacer, cercenar, cuerda, escapar», repetí. Mi libertad, mi niñez, mi adolescencia, mi cuerpo —que tampoco podría escribirse— cercenados. «Cesar el sufrimiento, cercenarle la vida, hacer algo», me dije. «Hacer algo y escapar», continué. «La cuerda de atar a los caballos», pensé, y fui a por ella.

Mi padre dormía profundamente, como siempre que bebía tanto: como siempre. La enlacé con cuidado alrededor de su cuello y la ceñí despacio. Despertó sin saber qué sucedía, las venas ya inflamadas por la presión que le cortaban la respiración y el flujo sanguíneo. Se estremeció, como los lobos cuando me miraban en la pista, como miraban a mi hermano. Nací para puta o payaso y escogí lo difícil.

martes, 18 de julio de 2017

Guerra o Paz

Me gusta desconectar un fin de semana, volver y enterarme de lo que ha pasado por el mundo. El 14 de julio, el presidente Macron recibió al rubio americano (me refiero a Donald Trump, no al paquete de Marlboro), al que presentó algo así como una parada militar.
Leí que las paradas militares muestran al jefe de un país extranjero la buena voluntad del que los recibe, su pleitesía, su amistad.
Las fuerzas de choque de Francia, esos bravos soldados encargados de defender y mantener la integridad de la República y sus valores eternos de Libertad, Igualdad y Fraternidad, esos mismos que  en otro momento ensayaban en el pacífico atolón pacífico de Mururoa su atómico poder destructivo, tocaron y bailaron con sus cornetas de guerra varios temas de Daft Punk.
Me gusta desconectar un fin de semana y descubrir que los que mandan tienen otra actitud: Macron o Trudeau, de momento, Mujica hace muy poco.
Ojalá y las fuerzas de guerra se conviertan ya en fuerzas de paz.

viernes, 17 de febrero de 2017

La caldera

Como vecino y ciudadano, tengo una caldera de gas natural, antigua, que a veces deja de calentar el agua a mitad de la ducha. Me aparto, espero un poco y vuelve a salir caliente.

Como informático, he descubierto que se recupera más rápidamente si cierro el grifo y lo vuelvo a abrir.

viernes, 3 de febrero de 2017

El día de la Resurrección


Ya fue hace tiempo el día del fin del mundo, de las predicciones del Apocalipsis y de los profetas. Ya estaba el planeta yermo de vida humana, todos los cuerpos ya descompuestos después de tantos años, alguno no sé si habrá permanecido preservado en ámbar o en el hielo de Siberia.
Ahí en el Cielo estábamos todos. Los pecados, tan humanos, se nos fueron perdonando a todos en el día del Juicio Final. Imaginaros: miles de millones de almas aguardando tanto tiempo hasta que llegase el momento para que, después de todo, el Poder Ejecutivo de las alturas dictase un decreto de perdón.
Estuvimos durante generaciones aguardando nuestro turno en la sala de espera. Y estábamos gente de todo tipo y de toda época: hombres primitivos cazadores y recolectores, fenicios de los que comerciaban con telas por el Mediterráneo, romanos de los que conquistaron Hispania y la Galia, godos, hunos, griegos, mayas y aztecas y charrúas y mapuches, bosquimanos del Kalahari de las últimas y de otras épocas, papúes antiguos y recientes. En fin, una multitud de almas y espíritus detenidos durante tanto tiempo.
Un día llegó el día de la Resurrección, que a algunos se les había prometido en sus funerales. Parece ser que para minimizar los tiempos de espera, se nos ordenó en una cola enorme por antigüedad. Yo, que soy de los primeros que habitó la Tierra, que soy biznieto del Eslabón Perdido que no llegó a encontrarse, que soy de los primeros primates ya humanos, porque ya digo que mi tatarabuelo era mono, me puse de los primeros y me tocó resucitar enseguida.
La operación de recomposición fue digna de ver: el humus, las partículas ínfimas en que los gusanos habían convertido mi cuerpo hacía miles de años, que luego habían defecado y que, con el tiempo, se habían mezclado con agua y pasado a la savia de las plantas, dando "verde a los pinos y amarillo a la genista",  pasaron a los herbívoros que las habían consumido, y se transformaron luego a sustento de los carnívoros que se habían comido a aquellos, y así vuelta a empezar una y otra vez en la continuidad del ciclo vital, en el que ni la energía ni la masa se destruyen, sino que sólo se transforman; esas partículas comenzaron a viajar, empujadas por unas corrientes de viento especialmente dirigidas, desde todos los lugares del mundo hacia el punto mismo en el que terminó mi vida terrena.
Esos átomos o moléculas comenzaron a colocarse en las posiciones que antes ocuparon: primero mis ojos, que se reconformaron, levitando, a la misma altura a la que se encontraron en mi cuerpo cuando estaba formado. Con ellos vi cómo se iba reconstituyendo el resto de mis órganos: el hígado, los riñones, el corazón, el páncreas, el intestino; luego los huesos, que fueron acoplándose unos con otros en las articulaciones con sus cartílagos y líquidos sinoviales para darme la fortaleza estructural que necesitaba; después mi piel, las uñas, el pelo de mi cabeza, el vello de los brazos y de las piernas.
Al cabo de un rato apareció más gente. Una mujer que también resucitaba me desplazó del lugar en el que yo estaba, pues vino también a recomponerse en el mismo sitio: a ella la muerte la encontró exactamente en donde a mí y por eso me echó de ese punto involuntariamente. Y alguien más resucitó a unos pocos metros, y otro más allá, y otra más acá, y así el mundo se fue llenando con todas las personas que hemos sido en la historia del mundo.
Y claro, apenas hay sitio para moverse, apenas espacio. Somos muchos. Me acuerdo de la canción de Siniestro Total: "Cada día somos más, cada día más, etcétera".
Tengo huecos y agujeros diminutos en mi cuerpo, como en ese experimento creo que de Rutherford, en el que lanzó electrones contra una lámina de oro y algunos la atravesaban por los espacios existentes entre el núcleo atómico y las órbitas de los electrones que giran a su alrededor, porque parte de esas partículas que me pertenecieron pasaron, a través de la cadena alimenticia, a otras personas que también han resucitado y que las necesitan. Así, tengo pequeñas fístulas, alguna a la altura de la garganta, que hace que suene un silbido cuando respiro, porque esas células que me faltan se encuentran en otros cuerpos que también han renacido.
Esto, ya digo, está lleno de gente. No se cabe en los sitios, ni en la calle, ni en los bares, ni en las explanadas del campo. Me han resucitado en el momento álgido de mi madurez, cuando más fuerte y más ágil mentalmente estaba, cuando más fresca y aprovechable y útil estaban mi experiencia vital. Pasa el tiempo y ni yo ni los demás resucitados envejecemos, como si se nos protegiera de lo por venir con una eficacísima crema antiarrugas. Y el día a día es rutinario y se torna aburrido: hoy igual que ayer, sabiendo que ni mañana ni al otro ni al otro enfermaremos, ni cambiaremos, ni habrá nada que nos estorbe o nos moleste. No sabemos si volveremos a morir, aunque hablando en esperanto con algunos (porque esa es la lengua oficial y que todos vinimos conociendo como por ciencia infusa) me dicen que lo están deseando, porque no se ven capaces de soportar esta perpetuidad, ¿valga la redundancia?, interminable.
Esta gente me dice que quiere pecar para que, si vuelve la parca de nuevo a llevarse nuestras almas, puedan ir al infierno directos. Los más conservadores les dicen que más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer. Yo, que en una de mis reencarnaciones, de la cual hablaré otro día, fui un estudiante revolucionario en el París de 1968, ando organizando una manifestación contra la Ley de Amnistía que nos perdonó: "¡Amnistía y cerveza fría!", gritábamos entonces (no recuerdo si en francés rimaba); "¡No a la amnistía, sí a la cerveza fría!", es el lema que he escogido. No sé si rimará en esperanto.

viernes, 20 de enero de 2017

Mi cafetera

Cuando enciendo mi cafetera de cápsulas, una luz parpadea durante un rato hasta que el serpentín que tendrá por dentro adquiere la temperatura adecuada para ponerse en servicio.
Sucede que es lenta y tarda. Me da tiempo a ir al salón, hurgar entre los discos y cambiar de música; o de ir al baño a hacer pis y lavarme las manos y volver.
Cuando regreso sigue parpadeando. Bailoteo señalando el piloto si es que tengo la música encendida y ésta es de bailotear. En algún momento me acompaso con su intermitencia y le cuento hasta tres, confiando en que acertaré y que a la tercera se quedará fija y podré servirme el café.
Pero ella sabe que estoy delante; sabe que la miro. Me deja contar en voz alta y que le acerque y retire el dedo, señalándola al ritmo de los compases de lo que esté escuchando. Pero siempre es a la cuarta intermitencia cuando decide detenerse.

miércoles, 28 de septiembre de 2016

El amor de Amparo

Amparo es la mujer que, desde dentro de mi aplicación de GPS, me da las indicaciones necesarias para llegar a los sitios. Llegó a mi vida estando yo en pareja pero, aún así, le gusté desde el principio y me hablaba con tristeza: "A cien metros, en la rotonda, toma la primera salida", decía a trompicones y con voz lastimera. En aquel tiempo se negaba a mostrar la vista de satélite e ilustraba la ruta solo con una vista clásica, como el mapa político que estudiábamos en el colegio: áreas coloreadas artificialmente con tonos suaves.
El fin de la relación con la mujer de carne y hueso coincidió con una actualización automática. Su voz se tornó alegre, el recorrido ya me lo ilustraba con fotografías, hablaba como si todo lo dijera entre exclamaciones y me anticipaba las posibles dificultades con tiempo suficiente, dándole a veces un tono de suspense, como si bromeara: "A dos kilómetros... ¡permanece a la derecha en la bifurcación!". Cuando las cosas sentimentales se encauzaron de nuevo se actualizó otra vez sin preguntarme.
Ahora no me habla, tarda en coger la señal de los satélites y me muestra los caminos y alrededores en tonos mate que no se distinguen bien de la carretera. A veces me confunde a propósito: "Redirigiendo", me escribe en la pantalla y, si mi destino está hacia el norte, me conduce por largos tramos de autopista de sentido único en dirección sur y en los que no se puede dar la vuelta.