martes 9 de febrero de 2010

Me jubilo


En el Test de Rorschach, el psicólogo o el psiquiatra va presentando al paciente una serie de manchas de tinta simétricas, como la que aparece en la figura, de las que el sujeto debe extraer una interpretación y explicarla al terapeuta. En la del ejemplo puede haber dos enanitos de Blancanieves bailando, dos gnomos chocando las manos celebrando que algo les ha salido bien, los órganos internos que se observan tras realizar una disección, un diamante blanco en el centro o acaso una copa, no sé si unos osos a los lados…
Si todo va como debe, dentro de veinticinco años estaré a punto de jubilarme. Nací en los últimos años de la generación del “baby-boom”, y estoy situado un poco por encima de la zona más ancha de la pirámide de población española, que también aparece a la derecha. Como se ve en la zona inferior de figura (que, por otra parte, hace que la pirámide no se parezca en nada a las de Keops, Kefrén o Micerino, sino que se parece más bien a un hongo atómico o a una hecatombe: haciendo una analogía con los enanitos, quizá fue esto lo que vio el Ministro de Trabajo cuando dijo que habría que extender la edad de jubilación hasta los 67 años), el número de habitantes en España por debajo de los 30 años es muy inferior al de los que estamos por encima. Parece haber una tendencia a la recuperación de la población, que se observa en el ligero incremento de recién nacidos por debajo de la estrecha cintura de la mujer (población en torno a los de diez años) a que puede asemejarse la figura (Dios mío, en qué estaré yo pensando). Hoy, hay unos 31,5 millones de personas en edad de trabajar (entre 16 y 64 años, ambos inclusive), de los cuales 19 millones tienen trabajo, 4,2 millones están en paro y unos 8 millones hacen otras cosas (estudian, tienen alguna enfermedad o discapacidad que les impide trabajar, viven de las rentas, etc.). Por otro lado, hay unos 12 millones con 65 años o más, de los que una inmensa mayoría han de estar cobrando una pensión. En una situación normal, podría haber 21 millones de personas trabajando y 2 millones de parados para esos 12 millones de mayores.
El Instituto Nacional de Estadística (www.ine.es) prevé que en 2035 haya casi 53 millones de habitantes en España, de los que:
  • 13,4 millones tendrán más de 65 años (1,5 millones más que ahora)
  • 31,5 millones estarán en edad de trabajar (como ahora). Si se mantiene la proporción actual y no hay una crisis como la de ahora, habrá 21 millones de ocupados y 2 millones de parados. Suponemos que la cosa puede mejorar, y que tal vez haya un milloncejo más de ocupados y uno menos de parados.
  • 13,4 millones de mayores de 65 años.

En resumen, podemos hablar de 22 millones de ocupados para 13,4 millones de mayores de 65, lo que da una ratio de 1,64 ocupados por cada mayor. En una situación normal, hoy habría 21 millones de ocupados para 12 millones de mayores, lo que supone 1,75 ocupados por cada mayor.
En lugar de 1,75 habrá 1,64, lo que no parece ser tan grave y tan insostenible para nuestro sistema de Seguridad Social, y parece entonces un poco tonta la propuesta esa de aumentar en dos años la edad de jubilación, lanzada de forma repentina y urgente.
Confieso que, al comenzar esta columna, no me parecía mal esa propuesta del ministro (luego creo que rectificada), porque pensaba que las cosas en el futuro estarían mucho peor. Ahora, tras este pequeño análisis (quizá me he equivocado, pero he mirado con cuidado los números del INE, he repasado las cuentas y creo que no), pienso que sí está fuera de lugar, y que los 65 seguirán siendo una buena edad para retirarse.
Otro tema es el de la esperanza de vida (que aumentará algo y prolongará un poco los años de pensión), y la conveniencia o no de que no sólo el país, sino el mundo entero, sigan soportando aumentos de población tan grandes sin tomar medidas drásticas de sostenibilidad (alimentos y energía, fundamentalmente). Una canción de Siniestro Total decía: «Cada día somos más; córtatela ya, papá». Y en un chiste uno le dice a otro que son trece hermanos, y éste le dice: «Joder, pues tendréis a tu madre en un altar». Y el primero responde: «Sí, porque si la bajamos se la f... mi padre».

lunes 18 de enero de 2010

Urinarios



La mayoría de las mujeres no lo sabrá, pero muchos urinarios de locales y edificios públicos tienen, junto a su desagüe, una mosca pintada que parece real, y que se dibuja ahí para que los varones traten de hacer puntería y no dejen los alrededores todo perdido, como si estuvieran en su propia casa. Hay algunas empresas que los fabrican y venden directamente así, ya ilustrados, y tengo entendido que las tareas de limpieza se facilitan mucho. En los casos en que las cerámicas ya estaban instaladas sin el insecto, los propietarios han optado por colocar dianas de goma agujereadas cuyo centro (marcado con 100 puntos) se sitúa encima del sumidero, de manera que se incita también a apuntar y no manchar.
Navego por Internet mientras escribo esta columna para buscar un artículo en el que se discutía, con todo rigor matemático, el número óptimo de urinarios que deben colocarse en un aseo público en función de las dimensiones de éste: supongamos un restaurante en el que se colocan, juntos, tres urinarios en una misma pared: el primer usuario que llega tiende a ponerse en el más alejado de la puerta (en la fotografía que ilustra este texto, por ejemplo, se iría al de la mujer de la izquierda, que tiene una lupa en la mano); el segundo usuario, al llegar y ver ese ocupado, se pone en el que se encuentra más alejado (al de la derecha en este caso, el de la mujer que señala hacia abajo riéndose y tapándose la boca). El tercero que llegue, en lugar de utilizar el del centro (cuya correspondiente mujer parece sostener unas tijeras), prefiere normalmente esperar o dirigirse a un inodoro y cerrarse la puerta, de manera que uno de los urinarios queda siempre inutilizado (los varones sabemos que es muy raro llegar y encontrarse a alguien que ocupa, estando él solo, directamente el del medio). De este modo, el propietario de la finca ha malgastado un tercio del presupuesto de esa dependencia, puesto que uno de los tres apenas se utilizará. Igualmente, la instalación de cuatro unidades juntas supone en la práctica un derroche del 50%, pues el primer usuario se instala en uno de los extremos, el segundo en el opuesto y apenas se usan los dos que quedan libres entre medias. Con cinco instalados, sin embargo, tienden a ocuparse tres, pues los usuarios siempre dejan uno de separación, con lo que el aprovechamiento es superior al 50%.
A esta forma tan habitual del comportamiento humano se la conoce como el “Protocolo Internacional de Elección de Urinario” (International Choice of Urinal Protocol, en inglés) y ha sido intensivamente estudiado, de modo que el número de urinarios que debe instalarse para lograr el mejor aprovechamiento responde a la sucesión 3, 5, 9, 17, 33… que procede de la fórmula 2k+1 (dos elevado a k, más uno, en donde k es un número natural).
El protocolo falla, desde luego, cuando llega algún desaprensivo y se pone a tu lado teniendo los demás libres.


Publicado en El Día de Ciudad Real

viernes 25 de diciembre de 2009

LA RAREZA DE LA NORMALIDAD


Un amigo me dijo hace poco que la belleza es la justificación de lo inútil: una flor; un sonido que, desorganizado, sonaría estridente, pero que, con sus notas colocadas adecuadamente, resulta agradable y melódico; un cuadro como “La rendición de Breda”, que muestra no sólo la maestría de Velázquez, sino también el gesto humilde del vencido, y el respeto y la consideración evidenciados por el vencedor. Mi amigo me dijo que esta regla, como todas, tiene su excepción, y me puso como ejemplo las mamas de la mujer, bellas pero útiles a pesar de los biberones.
En la misma conversación, el mismo amigo me dijo que, aunque diga el refrán que “sobre gustos no hay nada escrito”, existen catedráticos de Estética y Teoría de las Artes (que, para llegar a esa condición, han tenido que discernir y redactar artículos y tesis doctorales), profesores de dibujo que te corrigen y te suspenden si no les agrada la forma en que has reflejado el bodegón en el lienzo o el modo en que has retratado las curvas del o de la modelo; y que, incluso, Marcelino Menéndez Pelayo escribió un tratado de cinco tomos titulado “Historia de las ideas estéticas en España”.
Este amigo es raro. No digo diferente, digo raro, y él lo sabe y alguna vez lo hemos comentado porque a él mismo le gusta hablar de ello. En estos últimos días, y por casualidad, el tema de las rarezas ha surgido en distintas conversaciones con gente diversa. El primero de los días que hablé de este tema me acababa de bajar del coche, en cuya radio acababa de escuchar la canción “Oh, qué raro soy”, de Siniestro Total, una canción ya antigua, y que ya raramente programan las emisoras:

«Soy un hombre raro, me gusta el trabajo,
pago mis impuestos y no bebo alcohol.
Y si veo un pobre una limosna le doy.
Tengo unos ahorros, quiero a mi mujer,
y el fútbol me vuelve loco, me gusta también la sopa
y a mí el paquete no se me nota.
¡Oh qué raro soy, oh qué raro soy!».

La canción continúa con una estrofa parecida, que sigue describiendo algunas costumbres de un hombre formal, quizá normal, que se autodefine como “raro”. Haciendo un repaso de los conocidos comunes con cada una de las personas con las que hablado de este asunto, se llega a la conclusión de que la mayoría de la gente es rara: los vecinos, los compañeros, los amigos… prácticamente todo el mundo es extraño, singular, tiene unos hábitos diferentes de los del resto, o de los propios, que son los que realmente consideramos normales (recuerdo que hace un par de años había una serie en televisión que se llamaba “Guante blanco”, que me gustaba mucho y que pensaba que a todo el mundo le sucedería lo mismo: la quitaron a las pocas semanas por falta de audiencia. No sé si esto tiene que ver con el otro refrán, “cree el ladrón que todos son de su condición”). Piénselo el lector: haga un repaso individual de algunos conocidos, y observe cómo, en efecto, se obtiene la impresión que comento.

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Tras esta pausa reflexiva, y asumiendo ya como cierta la rareza de la mayoría, se observa entonces que lo normal es ser raro y que, igualmente, es raro ser normal, con lo que resulta que hay muy poca gente dentro de los parámetros que deberían ser más abundantes. Es algo parecido a la paradoja del mentiroso, a esos problemas de lógica en los que hay un personaje que siempre dice la verdad, y otro que siempre miente. Si uno se observara a sí mismo desde el punto de vista de un tercero, tal vez se percibiría también como una persona extraña, lo cual, afortunadamente, cae dentro de la normalidad.

jueves 17 de diciembre de 2009

LA MUJER Y LA INGENIERÍA (INFORMÁTICA)

Hace unos días asistí a la graduación de la Escuela Superior de Informática. Se trata de un acto dirigido a los alumnos que han finalizado la carrera en el curso académico anterior, que les sirve de homenaje y al que también se invita a sus familiares. A los titulados se les entrega un diploma, una beca y un pequeño detalle. En esta ocasión, se trataba de los titulados de la décima promoción de ingenieros en Informática y de los titulados de las (si no me equivoco) decimoctavas promociones de ingenieros técnicos en Informática de Gestión e ingenieros técnicos en Informática de Sistemas. Entre estas tres promociones, desfilaron por el estrado más de cien titulados, entre los que hubo en torno a 10 mujeres (las conté, pero lamentablemente he olvidado el número exacto).
Cuando se han entregado todos los diplomas, el acto continúa y se hace entrega de los premios extraordinarios de fin de carrera, que reconocen los tres mejores expedientes de cada una de las tres titulaciones. Hay una nota mínima para obtener este reconocimiento, de manera que algún año el premio extraordinario de alguna titulación ha quedado desierto. Este año, dos de los tres mejores alumnos han sido mujeres. El año pasado los datos fueron los contrarios: dos varones (los ingenieros técnicos) y una mujer (la ingeniera, habitual pero erróneamente llamada “superior”).
Sin que los datos sean rigurosamente exactos ni extrapolables a otras ingenierías, y con todas las precauciones estadísticas debidas, es cierto que las mujeres representan un porcentaje muy pequeño del alumnado, pero consiguen, por lo general, las mejores calificaciones, superando con creces a los varones: representan, por tanto, una elite minoritaria. Algo parecido, según he visto y oído alguna vez, sucede con los judíos, que representan algo menos del 0,5% de la población mundial y, sin embargo, se han alzado con, más o menos, la quinta parte de los premios Nobel desde su creación en 1901.
Hace dos cursos académicos (2007-2008), en una de las asignaturas de Informática que yo imparto, de 5º curso, había 14 mujeres entre 75 alumnos (un 18%), mientras que el 30% de las mejores calificaciones las obtuvieron ellas. El curso pasado, en la misma asignatura, había 15 mujeres entre los 63 alumnos matriculados (24%), pero el porcentaje de mujeres en las mejores calificaciones se mantuvo.
De forma general, la presencia de mujeres en las titulaciones de ingeniería es muy reducida, en ocasiones casi testimonial; sin embargo, demuestran en muchos casos ser mejores que los varones. Simplificando, la profesión del ingeniero consiste en resolver problemas, y parece ser que ellas los resuelven mejor que nosotros, pero tal vez les dé pereza ponerse a resolverlos, o tal vez la profesión del ingeniero esté mal explicada. Esperemos que la tendencia cambie, sobre todo en una titulación como la Ingeniería Informática, que incluso en esta época de crisis sigue produciendo menos titulados de los que la sociedad demanda.
En nuestra universidad, la Ingeniería Informática estrenará el curso que viene un nuevo plan de estudios, moderno y bien diseñado, y ofrecerá también dos másteres de postgrado, uno de investigación (que ya se ofrece desde hace años, con una especial “mención de calidad” que otorga la Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad), y otro más orientado a la labor directiva del ingeniero informático. Ya que ellas demuestran año tras año que son más listas, invito a las mujeres a que se decanten por este trabajo, que es muy bonito, en el que destacarán porque son las mejores, y con el que prácticamente se les garantiza el empleo.

jueves 19 de noviembre de 2009

Encrucijadas

  Como el tiempo avanza siempre hacia delante y no se puede retroceder, la vida no da nunca segundas oportunidades: un viaje que pudimos emprender y no lo hicimos; un boleto de lotería que se nos ofreció y no compramos y que luego tocó; una palabra de amor o amistad o enemistad, que puede haber sido pronunciada o callada sin valorarla ni a la palabra misma ni a sus consecuencias; un corte de mangas en un momento de ofuscación; acudir o no a una cita; optar por el camino de la izquierda o por el de la derecha en una encrucijada. Lo que nos encontremos por un sitio no lo encontraremos por el otro, incluso aunque regresemos: la intensidad de la luz será diferente; un pájaro que se nos habría cruzado ya no lo hará.

  Me contaron de un hombre que, sesenta años después de haberse citado en la boca de la Estación de Metro de Bilbao, en Madrid, con una adolescente como él, sin haberla encontrado, regresó ya de casi anciano al mismo lugar, hace unos pocos años. Quien acompañaba a este hombre no sabía exactamente a dónde se dirigían: «¿Por dónde salimos?», le dijo el acompañante al hombre, y le enumeró entonces algunas de las posibles vías de salida de esa estación: «¿Fuencarral, Luchana pares o impares, Malasaña…?», le preguntó. En un paso atrás de más de medio siglo, el hombre comprendió en ese momento, no sé si ya con pena aunque sí con sorpresa, que había estado acaso esperando durante dos largas horas a la chica en Luchana pares, primero expectante, después nervioso, luego desencantado cuando ya se marchaba, ignorante de la realidad, de los múltiples caminos de entrada y salida de esa estación, y ya para siempre pensando que esa chica que le había hecho tilín lo había dejado tirado, plantado, que había faltado a la cita porque él no le convencía. La chica, hoy también anciana, quizás esperó también en el lado contrario, o quizás no fue, y este episodio que ha permanecido hondo en la memoria de él, tal vez se desvaneció enseguida de la memoria de ella.

  La vida, entonces, no da segundas oportunidades, pero sí las personas, por ejemplo ante esa palabra de amor o desamor o amistad o enemistad que antes mencionaba, y que puede haber sido pronunciada o callada sin valorarla y sin meditarla. El beneficiado por el amor o la amistad, o el perjudicado por el desamor o la enemistad, acepta o rechaza la palabra y actúa en consecuencia con ese propio acto de aceptación o rechazo, que a veces también se realiza sin valorarlo ni meditarlo.

martes 10 de noviembre de 2009

CUENTOS DESDE EL ESPEJO (y II)

Reconozco que, por mi heterotaxia, a veces había pensado que acaso la vida auténtica fuese la que ocurre dentro de los espejos, de tal manera que yo sería el reflejo de mi cuerpo real, que estaría ahí adentro. Había pensado que quizá el espejo de mi dormitorio, o el espejo ante el que me afeito, tal vez alberga, dentro de él, una réplica completa del mundo entero, lleno de recovecos como el mundo real, con personas que son normales en este nivel del mundo, pero heterotáxicas en el nivel del espejo, zurdos los diestros y diestros los zurdos. En ese mundo reflejado habría también armarios con espejos y espejos ante los que afeitarse que, al ser un reflejo del reflejo, albergarían en ellos la imagen real del mundo de nivel 0. Cuando uno pone un espejo enfrente de otro, de inmediato aparecen miles o millones o infinitos reflejos mutuos, como cuando se aproxima un micrófono al mismo altavoz que amplifica sus sonidos.
Con estos pensamientos y con estas singularidades anatómicas estudié ingeniería de minas y terminé de profesor en la Escuela de Ingenieros de Minas que hay en Almadén, en donde aún continúo. En lo que hoy es el Parque Minero hubo, durante muchos años, unas piscinas en donde se almacenaba el mercurio antes de distribuirlo. Aunque estaba terminantemente prohibido, cuando no me veía nadie me calzaba unas botas altas de goma y un traje especial y caminaba sobre el líquido metal, tratando de conservar el equilibrio: es divertido. Observaba mi reflejo en esa pátina deslizante que, en menores proporciones, ha causado sensación entre los niños cuando se rompía un termómetro. El hombre que veía andando, reflejado sobre mis pies, no era sino la imagen del derecho que debería haberme correspondido en mi nacimiento.
            Cuando comenzó a hacerse pública la elevadísima toxicidad del mercurio para el medio ambiente y para la vida, cuando el mercurio fue sustituido en sus aplicaciones, los pedidos a la mina fueron decayendo, los mineros empezaron a ser despedidos o prejubilados, y fueron poco a poco cerrándose diferentes galerías de la mina. Dediqué entonces mis esfuerzos de investigación a la búsqueda de algún compuesto que permitiera disminuir su toxicidad, de alguna sustancia que, adecuadamente mezclada y combinada con el mercurio, le mantuviera a éste sus propiedades y le bajara su enorme capacidad contaminante. Entre las diferentes sustancias que preparé, hallé un aceite mineral con el que, un día, embadurné mi chapa de oro de donante de sangre con mi grupo sanguíneo, A+. Como es bien conocido, el mercurio y el oro no son buenos amigos, y éste desparece al contacto con aquél. Para mi sorpresa, no sólo la chapa no se fue disolviendo, sino que, a medida que la iba sumergiendo, iba apareciendo, hacia mi lado, la misma imagen especular de la chapa que dejaba de verse con cada milímetro de hundimiento: es decir, el mercurio me devolvía el reflejo de lo que yo le estaba dando. Cuando terminé la operación, tenía entre mis dedos una chapa de donante que podía leer adecuadamente ante un espejo:

Acto seguido me ungí yo mismo con mi mismo aceite y me introduje en el venenoso líquido. El efecto fue el mismo y, mientras me sumergía, salía hacia detrás de mí el mismo fragmento de cuerpo que iba siendo absorbido.  

            Esto fue hace unos años. Mi cuerpo real convive heterotáxico con el resto de los mortales, todos heterotáxicos, en las profundidades del reflejo; el cuerpo que luzco aquí ya está por fin del derecho, escribo por fin con la diestra y no con la izquierda, y soy por tanto un auténtico diestro-diestro. Me río mucho porque tengo loco al médico del SESCAM, que no se explica cómo ha podido corregirse la ubicación de mis órganos sin ningún tratamiento. Yo, claro, no le he contado nada.
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Una versión anterior de la columna-cuento de la semana pasada (un articuento, como llama el escritor Juan José Millás a este tipo de textos) la publiqué en una revista digital que se llama Guía de Perplejos con el título La vida en el espejo. El articuento terminaba ahí, donde yo lo dejé el otro día, de modo que era la primera parte de un cuento completo que otro escritor debía terminar. Yo se lo envié al editor que, a su vez, se lo envió al otro autor para que le diera la continuación que deseara. Cuando lo recibieron, los dos me escribieron un correo electrónico preguntándome con lástima o con compasión (aunque ellos lo camuflaban con un “más que nada por curiosidad”) que si el relato enviado era autobiográfico. Les dije la verdad, que no lo es, y el otro autor, ya sin un ápice de esa compasión que había disimulado, cargó contra ese personaje de órganos internos de sitio cambiado y terminó matándolo. Así pues, la pregunta del otro escritor («¿es autobiográfico?») y la respuesta que yo le di («no, no lo es») le sirvieron tanto para saciar su curiosidad como para ver abierto un camino de continuación que, en otro caso, seguramente no habría emprendido, que es el camino de asesinar al personaje: al no ser yo, ya podía ser ejecutado sin lástima alguna.
            Si mi respuesta hubiera sido falsa y les hubiera contestado que sí, que mi radiografía vista por su haz es como la de uno cualquiera vista del envés, el otro autor seguramente se habría visto forzado a explorar otra vía y no habría matado al hombre especular, porque hacerlo habría sido casi como insultarme, o tal vez lo habría asesinado ahogándolo en una piscina de mercurio.

martes 3 de noviembre de 2009

CUENTOS DESDE EL ESPEJO (I)

         Cuando nací, me dieron en el culo unos primeros azotes para desatorarme y abrir mis pulmones y forzar mi llanto, y que mi madre me oyera y supiese que había dado a luz a un niño sano. Me dejaron un rato en sus brazos y creo que ella, agotada y desangrada como estaba y con las piernas aún abiertas mientras seguían hurgándole entre ellas, me contempló más como a un quiste molesto recién extirpado que como al hijo que acababa de tener; pero, vigilada por la mirada atenta de la comadrona, que me había quitado con una esponja humedecida los restos más visibles y sanguinolentos de mi viaje a través del canal uterino, se vio en la obligación de dedicarme una sonrisa falsa que creo que aún recuerdo, porque volví a verla muchas veces a lo largo de mi vida. El doctor me hizo un primer reconocimiento, cosquilleándome en los pies y auscultándome, y detectó en ese momento alguna anomalía que lo hizo girarse y darme la espalda, para tomar la referencia de su brazo izquierdo y señalar el mío del mismo lado. Yo lo miraba tumbado boca arriba con mis ojos grises de recién nacido. El médico se volvió de nuevo y colocó otra vez sobre mi pecho el extremo frío del fonendoscopio, haciéndole a la enfermera un gesto de contrariedad que mi madre advirtió, pero que en ese momento no le supuso sino la decepción del que ha recorrido un duro camino de nueve meses hasta una meta lejana para no obtener premio. Mi corazón latía distinto, o no latía, ofreciéndole al pediatra menos intensidad de la acostumbrada.
            Enseguida me pasaron por el aparato de rayos X, y pensaron que miraban al revés el negativo que acababan de obtener, a pesar de que el nombre provisional que me habían asignado se leía del derecho en la lámina de plástico semitransparente o semiopaca que contenía la radiografía. Dos médicos se hicieron entre sí unos gestos extraños, colocándose la mano en el lado de su corazón y después en el otro, y luego la bajaron a su hígado para colocarla nuevamente a la izquierda, como si fuesen dos niños que juegan a taparse los boquetes provocados por las balas de un enemigo inexistente. Me palparon con fuerza, tratando de descubrir la posición de mis órganos con el simple tacto, hasta que un médico antiguo que les vio los ademanes desde el pasillo se acercó a ellos y les habló de la heterotaxia, una rara anormalidad por la que uno no es sino una imagen especular de lo que debería ser, el corazón a la derecha y el hígado a la izquierda, los riñones cambiados, el ojo vago es el ojo sano, el huevo que más cuelga es el huevo derecho.
            Por lo demás, y aparte de esta rareza, no encontraron en mí patología ni enfermedad alguna, y, transcurridos dos días por encima del periodo habitual de ingreso, durante los cuales rebuscaron en mi organismo, sin encontrarlas, consecuencias irregulares de esta singularidad, me dieron el alta y pude marchar a casa sin haberme detectado soplos, insuficiencias ni descompensaciones en mis análisis.
            Mi vida arrancó de esta forma, en una familia que me amó muchísimo y que me hiperprotegió sin motivo, que se las buscaba con el pediatra del cupo para eximirme de la Educación Física en el colegio, de correr en el parque, de ir de campamento en verano, y entonces mis tardes de la adolescencia encontraron la razón de ser en los cortos horizontes que se vislumbraban desde las ventanas de casa, los cuales un día comencé a describir en unos trozos de papel. Más tarde, al releer esos textos, percibí en ellos una descripción especular de la que no fui consciente cuando los escribía, porque explicaba que estaba a la izquierda lo que realmente estaba a la derecha, y lo curioso es que así lo tenía yo almacenado en los lugares de mi cerebro que corresponden a la memoria, y me sorprendía al asomarme a la ventana y comprobar, al verlas, que las imágenes que se almacenan en mis recuerdos estaban proyectadas hacia el otro lado, como mi propio cuerpo, con la lateralidad cambiada, con la dadilaretal adaibmac.
            Escribía y me peinaba y cortaba los filetes con mi mano izquierda, que era mi diestra, de manera que no era un zurdo convencional, sino un diestro raro, raramente diestro.
            (Continuará).