Una foto aleatoria

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Una frase aleatoria

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domingo, 28 de agosto de 2016

Breaking bad

Llevo un agosto con maratón de Breaking Bad. Acabo hace unos minutos de empezar el penúltimo capítulo de la quinta temporada y penúltimo también de la serie. Detente en la lectura si la estás viendo o la piensas ver. Hank ha muerto en el episodio anterior. Acabo de empezar el penúltimo, como digo: Saul acaba de llegar al lugar en el que le proporcionarán una nueva identidad, y ve a Walter a través de un monitor. Ahí le he dado al pause en el Netflix y he bajado al chino a comprar tabaco. Son las 18,39 en este momento. En casa tengo el aire pero en la calle hace calor, mucho calor; sopla en ella una corriente caliente que parece la calefacción encendida del coche. Parece Albuquerque. En los 200 metros de trayecto hasta la tienda, un hombre esperaba sentado en un coche con la ventanilla abierta y escuchaba la radio; unos operarios limpiaban con una aspiradora un local junto a mi casa; ha pasado una furgoneta conducida por dos hombres, uno de ellos con sombrero, los cristales traseros tintados. Un hombre con camiseta de tirantes y un tatuaje se ha bajado de un coche. Todos me parecen sospechosos.

viernes, 1 de enero de 2016

Literatura y vida: reflexiones al hilo de unas pocas frases (III)

Hoy mismo he terminado un libro de Luis Landero, Retrato de un hombre inmaduro. En las últimas líneas, el narrador se hace unas preguntas acerca de su propia vida: 
«¿Ha merecido la pena vivir? Tampoco lo sé, porque no consigo abarcarme a mí mismo y ver mis años desplegados en panorámica, formando un argumento». 


¿Le mereció la pena la vida al padre de Joaquín Sabina? No podemos saberlo (no lo sé yo, al menos), pero sí le dio, en esos últimos años, un sentido argumental, una línea narrativa continua de pasado y de futuro, que es precisamente una de las carencias, o una de las cosas, que no llega a percibir, de su propia vida, el personaje de Landero. 

A Landero lo he visto mayor en la foto que ilustra, junto a un pedazo de su biografía o su currículum, la solapa de este libro. Hace 20 años leí Juegos de la Edad Tardía, su primera novela (o, al menos, su primera novela publicada de la que yo tuve noticia), y lo recuerdo en la misma posición, en la misma solapa, mucho más joven. La tengo por ahí; por ahí anda el libro, podría ir a buscarlo y comparar las dos fotos.
El caso es que hace esos veinte años, Luis Landero era sólo un poco mayor que yo, tres años mayor, tenía 41 y yo he hecho ayer 38. Aquel libro, aquellos Juegos, fue (o fueron) uno de mis primeros grandes acontecimientos literarios y, claro, me dejó una honda huella que aún hoy me parece reciente, me parece de verdad que «Veinte años no es nada», y, claro, veo que ese momento, esos días de lectura, no transcurrieron ayer aunque me lo parezca, y prueba de ello son las dos fotos del autor, la primera de un hombre joven y la segunda no de un anciano (ni mucho menos), pero sí de un hombre mayor. 
Y lo que me preocupa y creo que me jode es que dentro de otro nada semejante y de igual duración estaré yo como él, con un grado idéntico de madurez.

«A veces pienso que soy una ilusión de mi biógrafo», escribía Luis Landero en aquellos Juegos. Y la frase vuelve a tener sentido en el Retrato de un hombre inmaduro, en esas líneas del final que he reproducido antes, en las que el personaje se interroga acerca de la existencia de argumento en su propia vida. Y quizá cobre sentido en la vida de cualquiera, sobre todo en esas temporadas en las que uno se siente insulso o sin objetivo, “like a rolling stone”, que decía Bob Dylan.


jueves, 31 de diciembre de 2015

Literatura y vida: reflexiones al hilo de unas pocas frases (II)

La frase, de la cual ignoro el libro en que aparece, aunque Lázaro Carreter la fechaba en 1977, me resulta tan magistral, tan evocadora, tan ensoñadora, creo que encierra tanto… que supongo que me produce sensaciones semejantes a las que siente un aficionado taurino ante unas medias verónicas de Curro Romero, aunque luego no vuelva nuevamente el torero a ligar dos pases de mediana calidad. 
Muchos años después, hace muy poco tiempo, me encontré con otro despojo maravilloso de Antonio Muñoz Molina, con el que complementa (a mi modo de ver) la definición de vida literaria de Francisco Umbral. Muñoz Molina, en uno de los artículos que semanalmente escribe en el suplemento Babelia del diario El País, escribía lo siguiente:

«Cuando uno es joven se imagina porvenires diversos. Se va haciendo mayor y lo que imagina son pasados posibles. Con los porvenires que ya no van a ser y los pasados que pudieron haber sido algunas veces se inventan novelas, porque la ficción, entre otras cosas, es una manera virtual de explorar algunos de los caminos que no se tomaron o que muy probablemente no se tomarán».
Esta segunda frase la he tenido que copiar, pero no así la primera, la de Umbral, que he transcrito de memoria y que acaso por eso contenga algún error, quizás la pintura fuese después del flirteo, no sé.
El caso es que ambas, para mí, resumen esa vida de ensueño del lector o escuchador o escritor que no escribe (en el primer caso) y la capacidad de exploración e invención y reinvento del escritor, que se pone al escribir en otra piel y en otro lugar, «Al Capone en Chicago, legionario en Melilla», que decía Sabina, o a veces en su propia piel y en su propio lugar, pero ocultando detrás de las letras su identidad verdadera.

Hace muy pocas semanas he visto y oído una entrevista a Joaquín Sabina, quien contó que su padre, en sus últimos años, y ya jubilado, comenzó la redacción de sus memorias; pero, añadía el cantautor, su padre había vivido tan poco que enseguida la escritura le alcanzó en su momento actual, su biografía llegó pronto a ese día, y entonces el padre continuó escribiendo y redactó un poco más allá. Cuando le alcanzó la muerte, el padre había escrito dos años más de lo que había vivido.



miércoles, 30 de diciembre de 2015

Literatura y vida: reflexiones al hilo de unas pocas frases (I)

(Escrito en diciembre de 2009)

Carlos Cezón, prologuista del libro Echando un cigarro. Pensamientos, de Fernando Martínez Valencia, comienza su prólogo escribiendo que «Un libro de pensamientos es un libro de despojos», y aclara que un «despojo» es «tanto lo que se ha perdido como el botín ganado».

Durante años, creo que al menos desde 1990, he ido coleccionando despojos que he ido copiando cuidadosamente en diversos cuadernos. Ahora, de forma manuscrita, y sin la posibilidad que me da el ordenador de volver atrás para corregir, rectificar, enmendar o eliminar, también con las dificultades de entender esta letra de rasgos infantiles, me he decidido a organizar esos despojos que he ido encontrando y, creo, también a tratar de recordar el momento o la sensación que se me produjo cuando leí cada una de estas frases. Son todas ajenas, y son por tanto parte del «botín ganado» que durante estos veinte años me ha hecho sonreír, emocionarme y, con mucha frecuencia, recordar alguna frase que en alguna situación de la vida he pensado que vendría al pelo.

La literatura (y temo que esta frase que a continuación venga no termine de convencerme, y me obligue a tachar o a comenzar de nuevo la redacción de esta página) es para mí, con mi doble gorro de lector y escritor, el lugar y el momento en que puedo evadirme a un mundo distinto, no necesariamente mejor que éste en el que tengo los pies, pero sí un mundo posible venturoso o desventurado.

Quizá una de las frases que más me impactó, y que tengo en la memoria desde que la leí en mi libro de Lengua de COU, es esa de Francisco Umbral en la que define o describe o explica a alguien lo que es la «vida literaria». Fernando Lázaro Carreter, el autor de ese libro de Lengua, reproducía esta frase de Francisco Umbral como ejemplo de recurso de estilo literario, que se utiliza para explicar algo haciendo una enumeración de algunos elementos, que pueden o no pertenecer todos ellos al concepto que se define, y en el que puede haber elementos no enumerados. En la enumeración, todos los elementos se separan por comas, y no se pone, antes de citar el último, la conjunción «y»:




«A media tarde salía por Madrid a hacer eso que se ha llamado vida literaria: un poco de Ateneo, un poco de pintura, un poco de conferencia, un poco de flirteo, un poco de cóctel».
(Continuará)

viernes, 29 de mayo de 2015

Lo que sucede mientras no miro

Tuve en una época alguna mala racha cuando presentaba en algún sitio algún papel que debía ser evaluado por un comité o por alguna comisión, pues me lo suspendían, me lo rechazaban o me lo devolvían con comentarios que pedían cambios importantes y mucho retrabajo.

Un día, antes de presentar una documentación importante que había elaborado durante varias semanas, le pedí a N. que la leyera a ver qué le parecía. Apenas me objetó nada; eran en verdad 12 o 15 páginas técnicas sobre las que ella no entendía, así que poco más podía decirme aparte de sugerirme el cambio de la posición de alguna coma o de algún punto y coma. Presenté ese papel tras su lectura y me concedieron la gracia que pedía. Tiempo después se dio una situación similar: yo escribí, N. leyó, yo presenté, ellos me dieron.

Hace ya meses que elaboré concienzudamente otra memoria para otro organismo. El tiempo me apremiaba y tuve que presentarlo sin la prelectura de N. El comité de evaluación que debe decidir si se acepta o no mi propuesta ya se ha reunido y ha emitido un informe desfavorable que aún no se ha publicado. Se lo he dado a leer a N. En la misma reunión en la que lo rechazaron, en la misma reunión que en la frase anterior, el comité de evaluación que debe decidir ha emitido un informe favorable y me la han aceptado.

Pero no puedo contarlo: si lo cuento, no se cumple.

Escribo con la luz entrando y la cortina echada. No veo los pisos de enfrente, ni la calle, pero oigo los ruidos de la calle, los coches pasando, unos niños gritando pidiéndose la pelota, alguna moto, una sirena. No lo veo, así que no sucede. El mundo está parado mientras no miro, se activa si me asomo.

sábado, 28 de febrero de 2015

En barbecho

Llevo más de un año sin pasar por aquí. Durante este tiempo he dejado este espacio en barbecho, como si hoy, al llegar, pudiese venir y arar esta tierra ya descansada y recargada de nutrientes y lluvia. Arrancar las posibles malas hierbas que hubieran crecido por las semillas arrastradas por el viento, que serían en este caso textos autónomos que habrían venido desde otros lugares, desde otros blogs, o desde libros, o palabras pronunciadas por alguien y traídas aquí por ese mismo viento.
Hacer, después, pequeños hoyos entre los surcos y depositar y enterrar con cuidado una semilla en cada uno de modo que, al crecer, se formarían largas hileras elegantes de alguna planta: serían, en este contexto, palabras que conformarían frases con sentido, como las de este párrafo; o recorrer el terreno con una bolsa al costado, meter en ella a cada paso la mano y lanzar al aire el puñado de semillas, de palabras, que caerían desordenadas y sin sentido: