Una foto aleatoria

Una foto aleatoria


(Foto de )

Una frase aleatoria

(Cita de )

lunes, 27 de diciembre de 2010

Literatura y vida


Acabo de terminar, hace un par de horas, un libro breve y bastante sabroso de Luis Landero titulado “Entre líneas: el cuento o la vida”, de Tusquets. Se trata de un medio ensayo de 160 páginas, con buena letra y que se lee en dos tardes: en dos, y no en una, porque hay fragmentos deliciosos tras cuya lectura uno vuelve hacia atrás para leerlos de nuevo. Habla, sobre todo, del oficio de escritor, y por eso lo recomiendo a cualquiera que a veces se siente con el bolígrafo o el teclado a intentar tejer, ante el folio en blanco, una historia de ficción: porque se va a ver a sí mismo en muchos de sus párrafos.

En este libro, publicado en 2001 (y escrito en un rincón íntimo que el autor describe de pasada, pero en el que hay una ventana desde la que se ve un día luminoso que le invita a salir a pasear y a gozar para aprovechar esa mañana que «como tantas otras cosas, no ofrecerá una segunda oportunidad de ser vivida»; una mañana quizás con mucho sol en la que, como él dice, vibra la distancia; escrito también deprisa porque con esa prisa ha tenido el escritor la necesidad de parirlo, y porque el lector le descubre al menos dos erratas que también se le han pasado al corrector ortotipográfico: habla de un “canino” sin asfaltar y se deja un “cómo” que merece la tilde sin acentuar), Luis Landero repite una frase que ya tenía yo recogida en un cuaderno y que copié de su novela “El guitarrista”, que es de 2002: «La vida siempre estaba un poco más allá de donde él estuviera», y que un poco se resume en esta otra: «Todo lo maravilloso pasaba siempre lejos». Colecciono frases desde hace muchos años, tengo casi doscientas, y a veces las leo para volver a disfrutarlas y se me van grabando, y me encuentro en ocasiones con sorpresas encantadoras, como encontrar la misma idea en dos lugares distintos: Gustavo Espinosa sitúa su novela “Carlota podrida” en la ciudad de Treinta y Tres, en Uruguay, y escribe que «ninguno de nosotros conocía siquiera el olor de la marihuana, porque no habíamos nacido unos años antes […]. Todo había ocurrido en el pasado. O estaba ocurriendo muy lejos y nosotros no lo sabíamos». Este mismo autor también escribe: «Como los dos eran del mismo parecer no se los oía muy cómodos en la conversación»; Paul Bowles, en “El cielo protector”, dice algo más o menos parecido: «Le entristecía comprobar que, a pesar de tener tan a menudo las mismas reacciones, las mismas sensaciones, nunca llegaban a las mismas conclusiones, porque sus respectivas metas en la vida eran diametralmente opuestas».

Luis Landero habla, en el párrafo que citaba antes, de Alburquerque, su pueblo, a donde «de tarde en tarde llegaban viajeros del mundo del comercio y de la farándula que traían en los ojos la luz vertiginosa de otras tierras», una estampa parecida a la del gitano Melquíades cuando llega a Macondo, la aldea de los “Cien años de soledad” de Gabriel García Márquez: «Todos los años, por el mes de marzo, una familia de gitanos desarrapados plantaba su carpa cerca de la aldea, y con un grande alboroto de pitos y timbales daban a conocer los nuevos inventos. Primero llevaron el imán. […] En marzo volvieron los gitanos. Esta vez llevaban un catalejo y una lupa del tamaño de un tambor, que exhibieron como el último descubrimiento de los judíos de Ámsterdam. […] “La ciencia ha eliminado las distancias”, pregonaba Melquíades».

Vargas Llosa, en su reciente discurso del premio Nóbel, que ya cité el otro día, dice: «Inventamos las ficciones para vivir, de alguna manera, las muchas vidas que quisiéramos tener cuando apenas disponemos de una sola». Antonio Muñoz Molina hace un par de años escribió lo siguiente: «Cuando uno es joven se imagina porvenires diversos. Se va haciendo mayor y lo que imagina son pasados posibles. Con los porvenires que ya no van a ser y los pasados que pudieron haber sido algunas veces se inventan novelas, porque la ficción, entre otras cosas, es una manera virtual de explorar algunos de los caminos que no se tomaron o que muy probablemente no se tomarán».

Efectivamente, qué de acuerdo estoy con todos ellos.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Universijazz



Antonio García Calero es un músico y profesor de francés de nuestra universidad. Lo digo por este orden, músico primero y profesor después, porque seguro que, aunque sea este oficio el que principalmente le dé de comer, ha de ser aquel el que más satisfacción le produce. No sé mucho de él, sólo que es un tipo alto que toca al menos el bajo y el contrabajo, que estuvo en un antiguo conjunto ciudadrealeño, Blue Notes, con Mariví Sáez (excelente cantante, una vez le di dos besos) y Javier Bercebal (excelente guitarrista, yo le di una vez la mano) y otra gente; que con este grupo grabó un disco hace como 20 años o más; que creo que cotuvo el café Continental en donde se escuchaba jazz y blues rhythm & blues y se veían actuaciones en directo; que, junto a sus compañeros y amigos, tan pronto toca en el Antonio Calero Trío como en el Javier Bercebal Quartet; que ahora organiza el ciclo de jazz Universijazz en el campus universitario de Ciudad Real.
Y en este evento al que tenemos la suerte de acudir algunos jueves, Antonio consigue llenos absolutos del Aula Magna de la Facultad de Letras (edificio Francisco García Pavón, llamado así en honor del escritor tomellosero, creador del policía Plinio). Presenta al grupo con un breve speech para poner al público en contexto. El pasado jueves nos trajo a Mastretta, a quienes no conocía. El organizador los introdujo explicándonos a los legos que su música nos recordaría tan pronto al circo como a una verbena de los años 50, y prometió que saldríamos más contentos de como habíamos entrado. Y efectivamente, consiguió transportarnos a otras épocas y a otros lugares, porque así lo oí comentar en algunos corrillos de los que se formaron al terminar el concierto. A la salida me encontré a Curra: me contó que estaba en casa de bajón y que a punto estuvo de quedarse y no salir; pero precisamente por ese mal rollo se obligó a enfrentarse al frío de la calle y, efectivamente, al terminar el concierto estaba, como todo el mundo, encantada y más alegre que al llegar, con un ligero subidón que duró un rato más.
Además, qué envidia sana se siente al ver a tres o cuatro metros de distancia a uno o más músicos divirtiendo y divirtiéndose, tocando, riendo, disfrutando con los ritmos sincronizados de la batería, el contrabajo, el clarinete y el saxo, el acordeón, llamando al público a acompañarles con palmas o con pitos.
Es lo que tienen la música y el arte, y la suerte que tenemos las personas de conservar algún grado de sensibilidad para considerar que algo es bello y poder disfrutarlo: un cuadro, un libro, un relato, un fragmento del discurso de Vargas Llosa al recibir el Premio Nóbel que dice lo mismo que uno piensa pero de una manera que ya quisiera uno que fuese suya («La patria no son las banderas ni los himnos, ni los discursos apodícticos sobre los héroes emblemáticos, sino un puñado de lugares y personas que pueblan nuestros recuerdos y los tiñen de melancolía, la sensación cálida de que, no importa dónde estemos, existe un hogar al que podemos volver»), una pieza teatral, una escultura, una fotografía, un paisaje, una película, un pensamiento que tenemos en algún momento.

lunes, 13 de diciembre de 2010

Lectura para una noche de niebla

La noche del sábado heredó la neblina que había cubierto Ciudad Real por la tarde. La noche estuvo fresca pero no fría, y esa temperatura agradable, las luces de las farolas y de los coches difuminadas por lo nebuloso, invitaban tanto a quedarse en casa como a salir a la calle a dar un paseo. Ocurre lo mismo con la oscuridad repentina de esta época, con sus anocheceres tan prematuros, que a las siete no se ve ya nada mientras que en verano suenan a esa misma hora los clarines para que salga de chiqueros el primer morlaco, encendiéndose los focos que rodean la plaza sólo cuando sale al albero algún toro inválido y, decidida ya por el presidente su vuelta a los corrales, el animal se hace el remolón y no sigue a los cabestros, retrasando la lidia, postergando el final de la corrida hasta que el sol empieza a estar demasiado bajo como para seguir iluminando el coso. Ocurre lo mismo, decía, con la oscuridad repentina y tempranera de estos meses: uno, ahora, se queda en casa con la calefacción encendida y se asoma a la ventana y toca el cristal para valorar con sus dedos el frío exterior y el calor interior y reconfortarse, aunque a veces añore salir afuera y sentir en la cara el rasque helado del invierno.

Así que el sábado me quedé en casa al abrigo de sus paredes y del gas natural que viene de Argelia, y luego me salí a la calle al abrigo del frío y de la humedad. Revisité o revisioné o simplemente reví Los peores años de nuestra vida, una película española de los años noventa que en su momento me gustó mucho. Uno de los personajes, que hace de Tristán, un profesor de pintura, es un divulgador científico con pelo largo y cano y con barba blanca que a veces salía en tertulias digamos que algo más cultas que las de Sálvame; no era Punset (que no tiene barba), ni Manuel Toharia (que no tiene pelo), así que busqué por la curiosidad la ficha de la película y, después, datos acerca de Antonio López Campillo (Algeciras, 1925), que es como se llama este «científico e intelectual español». Me llamó la atención uno de sus libros, Curso acelerado de ateísmo (escrito junto a Juan Ignacio Ferreras), así que puse su título por ahí en el buscador habitual y enseguida lo encontré.

A lo largo de sus 30 páginas, los autores, con gran respeto, tratan de enfrentar argumentos de razón a argumentos de fe, y no con el objetivo demostrar que dios (con minúscula, pues se refieren a cualquier deidad y no sólo a Dios) no existe, sino mostrando que el pensamiento científico y racional impide asumir como cierta la existencia de un ser superior de características divinas a quien nadie ha visto y de cuya existencia se han tratado de dar multitud de pruebas: se han dado tantas, dicen los autores, porque ninguna es concluyente. No puede demostrarse la existencia de dios, como tampoco puede demostrarse su inexistencia, porque —afirman los autores— es imposible demostrar la inexistencia de algo. Por eso, dicen, a la pregunta de si ¿existe dios?, «el deísta dirá que sí, que cree en dios, y el ateo dirá: “no lo sé, pero creo que no”».

Una de las cosas buenas de la prensa de provincias (este post se publica también en El Día de Ciudad Real) es la variedad de opiniones de sus columnistas, que no están uniformados ni seleccionados de acuerdo a la línea editorial de su diario. En estas mismas páginas se leen con frecuencia opiniones de otros compañeros sustentadas en su fe, referentes sobre todo a temas polémicos sobre familia, aborto o matrimonio. «Antes de seguir adelante», escriben los autores en alguna página, «una pequeña precisión: no es necesario creer en dios para dar de comer al hambriento».

lunes, 6 de diciembre de 2010

Crisis? What crisis?



«Qué mal repartido esta el mundo
desde el primer mes de enero,
porque este juego dura un segundo
y gana el que marca primero».
(Estopa, en la canción Vacaciones).



Crisis? What Crisis? (¿Crisis? ¿Qué crisis?) es el título de uno de los álbumes del grupo británico Supertramp. Ignoro a qué hace referencia el título de este disco, pero, dependiendo del contexto, uno puede pensar que el calado de la crisis económica actual no deja de ser una percepción relativa.
La ONU tiene una universidad (la UNU: Universidad de las Naciones Unidas) con sedes en diversos lugares del mundo (Tokyo, Venezuela, Bélgica, EE.UU., Alemania, Macao, Ghana…). Su misión es contribuir, mediante la investigación, el desarrollo y la consultoría a la resolución de los problemas globales de la supervivencia humana, a su desarrollo y a su bienestar.

En el año 2008, varios investigadores de esta y otras universidades (J.B. Davies, S. Sandström, A. Shorrocks y E.N. Wolff) publicaron el artículo The World distribution of household wealth (creo que algo así como «Distribución mundial de la riqueza en las familias»). El estudio está realizado con cálculos del año 2000 y muestra datos escalofriantes:

1) El 1% de la población mundial posee el 40% de la riqueza del planeta.
2) El 2% de la población posee más del 50% de la riqueza del planeta.
3) El 5% de la población posee el 71% de la riqueza del planeta
4) El 10% posee el 85% de la riqueza.
5) La mitad más pobre de la población (unos 3000 millones de personas) posee el 1% de la riqueza.

A veces una imagen vale más que mil palabras, bien por su propio poder expresivo o por la belleza de la imagen. Hay un noticiario en el canal Euronews en donde dejan circular las imágenes con sus sonidos originales y, debajo, aparece el texto No comment (sin comentarios), supongo que para que el espectador aprecie y valore por sí mismo el suceso o el hecho que se autorrelata y pueda construir su propia opinión o visión de ese asunto sin la ayuda de tertulianos burdos y soeces. En una canción de El Último de la Fila se dice que «Si lo que vas a decir no es más bello que el silencio, no lo vayas a decir».

La estampa que dibuja esa listilla de datos que he puesto arriba no es que sea bella, pero es, como esas noticias de Euronews, autoexpresiva, por lo que quizá es preferible guardar silencio y dejarla reposar ahí.

A partir de ahora, cuando algún extranjero me pregunte que qué tal España, que si es cierto que estamos tan terriblemente mal, diré, como mi tío Emiliano cuando le preguntan por la salud, que el país anda «Jodido, pero contento».

martes, 30 de noviembre de 2010

Galyna Kolotnytska


Qué bueno. Entre los papeles secretos que han sacado los de Wikileaks, se habla de una tal Galyna Kolotnytska que parece ser que es la enfermera ucraniana que acompaña personalmente al presidente Libio Muammar al-Gadafi.

Según cuenta un bloguero, ayer subió tres posts a su blog para hablar de esos papeles secretos, y su número de visitas aumentó espectacularmente. El autor se pregunta si tal incremento se debe al interés de los internautas respecto de:
(1) Las intenciones de los EE.UU. respecto de Irán.
(2) Las intenciones de los EE.UU. respecto de Corea del Norte.
(3) La opinión que tienen los EE.UU. de Gordon Brown.

Bien, pues no es así: el 90% de las visitas provienen de la búsqueda de los términos "Voluptuous Ukrainian Nurse" Galyna Kolotnytska (voluptuosa enfermera ucraniana Galyna Kolotnytska).

Como carezco de imágenes suyas, vuelvo a poner aquí la de Maria Grazia Cuccinota, que ya quisiera Gadafi como acompañante para sus vuelos y su haima.

lunes, 29 de noviembre de 2010

Eric Cantona y los bancos

Eric Cantona es un ex futbolista francés de 46 años que, entre otros equipos, jugó en el Olympique de Marsella y en el Manchester United. Se retiró en 1997 y, desde entonces, ha estado en la selección francesa de fútbol-playa como jugador y como entrenador (fue campeón del mundo en 2005), y ha aparecido en algunas películas.

Hace unas semanas, Cantona ha propuesto que la ciudadanía se rebele contra los principales motores del capitalismo, o que se dé un toque de atención, sin violencia y de manera pacífica: que cada persona acuda el 7 de diciembre a los bancos y retire de ellos todo su dinero. La idea de Cantona ha tenido mucho eco a través de redes sociales y páginas web, y miles de personas en todo el mundo parecen estar dispuestas a realizar esa acción. La British Bankers’ Association (Asociación de Banqueros Británicos) ha advertido de que «Una campaña de masas contra los bancos podría ocasionar una catástrofe del sistema» y que, en caso de que tuviera un seguimiento masivo, podría ocasionar una gravísima crisis financiera.

Juan Torres, por otro lado, es un catedrático de Economía Aplicada de la Universidad de Sevilla, que ha sido entrevistado recientemente por el periódico digital rebelión.org. El periodista le pregunta su opinión acerca de la acción propuesta por Cantona y, en ella, descubro que los bancos tienen la obligación de disponer en efectivo de algo más del 2% de todo el dinero que tienen depositado (a este porcentaje se lo llama reserva fraccionaria o coeficiente de caja). El 98% restante lo utiliza para invertir. Extrañado por que se permita que los bancos mantengan un porcentaje tan bajísimo de liquidez, navego por Internet y lo confirmo y, además, me encuentro en la Wikipedia con un significativo ejemplo que ilustra lo que se llama el efecto multiplicador del dinero que, según entiendo, permite a los bancos enriquecerse y a los países creerse que son más ricos de lo que realmente son: ese 98% lo presta el banco a un ciudadano, que lo gasta en la adquisición de un bien y va a parar al mismo o a otro banco, que conserva a su vez otro 2% en caja y vuelve a prestar el resto. Según leo en finanzas.com, el banco ING Direct, por ejemplo, tiene 16.000 millones de euros en depósitos de sus clientes, pero si mantiene en sus cajas el mínimo exigido, es posible que no tenga más de 320 millones en billetes: si toda su clientela realizara el día 7 una llamada al teléfono naranja para retirar su dinero, no sólo su centralita se colapsaría, sino también probablemente el propio banco.

Otras fuente de inversión que tienen los bancos es la compra de deuda pública: el Estado, para financiarse, ofrece bonos, letras y pagarés con los que obtener liquidez que va devolviendo poco a poco con algunos intereses. Al parecer, la banca tiene en su poder 130.000 millones de euros de deuda pública, con lo que el Estado es uno de sus grandes deudores. Luego, cuando esos mismos bancos o cajas se encuentran con problemas, echan mano del mismo Papá Estado que les adeuda dinero.

La otra noche, en el último concierto que dio el grupo The Tumbonas en el pub irlandés Deicy Reilly’s me encontré a un viejo amigo arquitecto técnico:

—¿Y la crisis, te afecta mucho?

—No —me dijo—, nos están salvando las muchísimas tasaciones que estamos haciendo por la gente a la que se le embarga la casa por no poder pagar la hipoteca.

La vivienda pasa a ser propiedad del banco cuando uno deja de pagar las letras. Como, además, la misma vivienda ha perdido valor durante estos años (en muchos casos, además, el tasador la sobrevaloró en su día, en connivencia con el banco y con el comprador), el deudor no sólo se queda sin casa, sino que además debe abonar al banco la diferencia entre el importe por el que se le tasa la vivienda y el importe de la hipoteca pendiente: si una casa valía 100.000 euros, ahora vale 80.000 y se deben 90.000 al banco, el impagador se queda sin casa y con una deuda nueva de 10.000 euros.

En estos tiempos de tan dura crisis el BBVA, por ejemplo, ganó 2.527 millones de euros en la primera mitad de este año: pobrecicos, ay, que sus ganancias cayeron casi un 10%. Emilio Botín, presidente del Santander, espera que su banco gane este año 2010 en torno a 8.900 millones de euros: casi 1,5 billones de pesetas.

Con estas cifras y estas formas de actuar, el oficio de banquero (no el de empleado de banca, sino el de banquero) resulta, desde luego, de lo más antipático, y dan ganas de unirse a la acción que propone Cantona. Es muy posible, sin embargo, que un número muy importante de personas no tenga ya nada que retirar a esas alturas de diciembre: el fin de mes llega muy pronto para mucha gente.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Dejar de fumar

En los paquetes de tabaco que venden en Brasil se informa, en un costado, de que cada cigarrillo contiene más de 4700 substancias tóxicas, entre ellas nicotina, que crea adicción. En la parte trasera de la cajetilla (digo «trasera» porque se tiende a poner la cajetilla boca abajo para no mirarla) aparece un fotomontaje de, por ejemplo, un hombre muerto con una calavera a su lado. La composición puede resultar un tanto artificial, por lo que no siempre ha de causar el efecto disuasorio que pretende. En otros países, los paquetes de cigarrillos tienen en ambas caras fotografías reales de pulmones ennegrecidos y machacados, dientes sucios y encías podridas, o de pacientes terminales cuya visión, por tan auténtica y cruda, el fumador prefiere evitar, y entonces compra unas fundas en las que guarda las cajetillas para esconder las fotos, o usa unas pitilleras en las que guarda sueltos los cigarrillos. [Al poco de comenzar a insertarse en los tabacos españoles las advertencias actuales, con forma de esquela, me contaron un chiste: como en Cataluña esos avisos no habían conseguido que la gente dejase el tabaco, la Generalitat había sustituido los mensajes habituales por este otro: «Fumar costa diners»].
Asistir a una conversación con dos o tres cajetillas de tabaco encima de la mesa, con sus correspondientes imágenes de carne o vísceras en mal estado es sumamente desagradable. Sucede, además, que cada vez es más difícil que se den situaciones de este tipo: primero porque se fuma cada vez menos; segundo, porque se reduce el número de lugares públicos en los que poder hacerlo. Y esto está bien porque no gusta, ni siquiera a los fumadores, salir de un bar o cafetería con la ropa impregnada de pestuzo a humo de tabaco, directamente lista para dejarla en el cesto de la ropa sucia.
Hubo en España un Real Decreto, el 192/88, que prohibía fumar en determinados lugares, como el interior de los edificios públicos. Recuerdo ir al edificio de Hacienda de Ciudad Real a hacer algún trámite: clavados en una columna había un cartel con el calendario del contribuyente y, bajo éste, una señal de prohibido fumar y el número del real decreto. El funcionario que te atendía, cuyo mostrador lindaba con esa columna, lo hacía con el cigarro en la boca o en la mano o con él humeando en el cenicero; otros compañeros suyos hacían lo mismo en otros mostradores o en otras mesas.
No fue hasta ese 1 de enero de hace pocos años cuando la gente comenzó a tomarse en serio la prohibición. A partir de ese momento, las puertas de los centros de trabajo, hospitales, etcétera, comenzaron a ser frecuentados por fumadores en grupo o solitarios.

Es indiscutible el enorme perjuicio físico que causa fumar: hay que quitarse. Pero también es verdad que fumar a solas, en la calle, sin estar delante del ordenador o del instrumento de trabajo que se utilice, le da al individuo la posibilidad de recogerse unos minutos consigo mismo, de reflexionar sobre sí mismo, de hacer sus planes, de contemplar la calle fría de este noviembre, de mirar a la gente pasar con sus paraguas mientras uno se moja, de observar cómo sale de la boca el vaho liviano entre el humo de cada dos caladas del cigarro.

domingo, 14 de noviembre de 2010

Democracia Vaticana

Hoy viernes día 5 de noviembre, cuando escribo estas líneas, ignoro si el presidente Zapatero asistirá a la misa que el Papa oficiará en la Sagrada Familia de Barcelona el domingo día 7. Leo en algún periódico que la presidenta del Partido Popular en Aragón, Luisa Fernanda Rudi, opina que el presidente tiene la obligación de acudir a dicho acto religioso aunque no participe en él ya que se trata de la visita oficial de un Jefe de Estado. Supongo que Zapatero ha debido de anunciar que no asistirá, porque Rudi le afea sus intenciones diciendo que «hace gala de su agnosticismo», alude a su «trasnochado laicismo» y afirma que no asistir a la misa supone una «falta total y absoluta de respeto a las creencias de los demás».

El oficio religioso de la misa no es más que eso, una eucaristía supongo que más larga de lo normal en la que participarán muchos sacerdotes, y en la que tendrá lugar la habitual transmutación del pan y el vino en carne y sangre, núcleo principal de cualquier misa. Si el Presidente, que también es un ciudadano, no es creyente y no cree por tanto que esa conversión milagrosa se produzca, es completamente libre de asistir o no asistir al oficio.

Otra cosa es que cortésmente lo reciba y lo invite a un almuerzo, y que al comienzo de éste guarde un respetuoso silencio mientra Ratzinger bendice los alimentos que va a tomar. Luego, durante la comida, evitarán hablar (para qué, si no se van a poner de acuerdo y podría suceder que los alimentos se les atragantasen) sobre esos asuntos en los que, como políticos, no coinciden y tienen planteamientos tan contrarios: sexualidad, aborto, matrimonio homosexual, obtención de células madrea a partir de embriones o inseminación artificial.

El Papa es, en efecto, el Jefe del Estado de la Ciudad del Vaticano que, según su web oficial, tiene una población de unas 800 personas, 450 de las cuales son ciudadanos de ese Estado. Es curioso navegar por su sitio de Internet: uno se entera de que ellos mismos declaran que su forma de gobierno es la «monarquía absoluta» (como las de Luis XI en Francia y la de los Reyes Católicos en España, durante el sigo XV, o la de Enrique VIII en Inglaterra en el siglo XVI); de que la soberanía del Estado (el “poder absoluto y perpetuo”) reside en el Papa (en España reside en el Pueblo, del que emanan los poderes del Estado según la Constitución); de que el Papa asume los tres poderes (legislativo, ejecutivo y judicial) que desde el sigo XVIII se encuentran más o menos separados en los países modernos. La forma de elección de este Jefe de Estado no es democrática, pues quienes votan para elegirlo son los cardenales de un reducido cónclave que, eso sí, es muy probable que estén imbuidos de la buena intención del Espíritu Santo si es que han sido escuchados por éste: el artículo 50 de la «Constitución Apostólica sobre la elección del Romano Pontífice» dice que, antes de votar, «los Cardenales electores irán en hábito coral en solemne procesión, invocando con el canto del Veni Creator la asistencia del Espíritu Santo, a la Capilla Sixtina del Palacio Apostólico, lugar y sede del desarrollo de la elección».

Igual que de nuestra democracia algo podría aprender el Estado Vaticano, quizá nosotros, como ciudadanos, podríamos fijarnos en algo de su forma de gobierno para que, cuando haya elecciones, acudamos a votar en procesión solemne vestidos con hábito coral, cantando el Veni Creator: igual el Espíritu Santo se viene y nos inspira y nos ayuda a decantarnos por el mejor o el menos malo de los gobernantes.


lunes, 1 de noviembre de 2010

Donativos para ayuda militar

Como se recordará, hace sólo unos meses se registraron en Pakistán unas lluvias torrenciales intensísimas que produjeron unas terribles inundaciones, con miles de muertos y veinte millones (como la mitad de España) de damnificados. Las imágenes de la catástrofe eran espeluznantes: amplísimas extensiones de terreno cubiertas de agua, cuerpos flotando, casas destruidas, personas encaramadas a los árboles para no ser arrastradas por las corrientes, larguísimas filas de gente esperando a que les tocara el turno para recoger una botella de agua limpia, vehículos volcados, otros con su remolque rebosando de pasajeros, niños llorando porque se habían perdido de sus familiares…

A pesar de haber acontecido en mitad de las vacaciones, y a pesar de la crisis (o quizás por la conjunción de ambas causas: la gente no estaba de vacaciones gracias a la crisis, y entonces veía los telediarios y escuchaba la radio), los ciudadanos se volcaron, como es habitual, con donativos desinteresados a organizaciones no gubernamentales que se desplazaron allí a trabajar sobre el terreno. El ciudadano, solidario, renuncia a disfrutar de una parte pequeña de su dinero y lo entrega a quien piensa que mejor lo va administrar: a Unicef, a Médicos sin fronteras, a Intermón, a quien sea. El beneficio que el ciudadano espera sacar de su aportación no es más que la pequeña satisfacción que le supone saber que, con los muchos o pocos euros que ha entregado, quizá pueda reconstruirse parte de una escuela, llevar medicinas a un hospital o contribuir a la compra de una potabilizadora que evite morir a uno de los 3,5 millones de niños con riesgo de contraer alguna enfermedad por el agua contaminada.

Esto sucedió en agosto. El otro día, el veintidós de octubre, todavía vi en una marquesina de autobús un cartel de Unicef con las frases «Pakistán te necesita. Haz tu donativo ahora». El veintitrés, en El País, una noticia se arrancaba anunciando que «Estados Unidos destinará 1.500 millones de euros en ayuda militar a Pakistán». Lo jodido y lo sorprendente es que el gobierno paquistaní esté dispuesto a darle ese destino a esa ingente cantidad de dinero, cuando un 12% de su población se ha quedado sin nada.

El ciudadano renuncia desinteresadamente a la cantidad que decida donar: el Banco Mundial, sin embargo, «prestará» 900 millones de dólares a Pakistán.

lunes, 25 de octubre de 2010

Buscando a las musas

Como a todo el mundo, también a veces el columnista, el bloguero, el panadero, el médico o el policía se levantan un día con menos ganas de escribir la columna, subir el post, amasar la mezcla de harina, agua y levadura, con menos paciencia para explorar o escuchar al paciente de la que éste merece, o cansado y sin fuerzas para salir corriendo detrás del ladrón que, ya durante dos noches, me ha robado los espejos retrovisores de la moto, un tubito que no sé para qué servía y que desconectó otro que dejó caer al suelo casi toda la gasolina. En fin, que se trata de un muchacho un poquito porculero («molesto», según el diccionario de regionalismos tubabel.com).
Decía Lotario, uno de los personajes que aparecen en El Quijote, que no «me son tan enemigas las musas que algunos ratos del año no me visiten», y decía Dalí que «la inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando». A veces, sin embargo, aunque uno se encuentre en pleno tajo, algún obstáculo invisible le impide llevar a cabo la labor más corriente y, aunque el pintor se coloque ante el lienzo con la paleta de óleos sujeta por una mano y el pincel en la otra, el escritor ante la metáfora informática del folio en blanco, el panadero ante la máquina que espera ser cargada con los ingredientes para empezar a amasarlos, o aunque vaya el ladrón a entregarse confeso a la policía, la musa decide no aparecer y el cuadro se queda sin pintar, el capítulo sin continuar, el pan sale tarde o mal y el ladrón decide darse la vuelta y volverse tranquilo a la calle por la misma de la comisaría por la que ha entrado.
El finde pasado me encontraba yo en esta tesitura respecto de este texto: visto el perca, la columna política me aburre (y también le aburre a Adolfo, que me lo dijo hace tiempo y no sé si me seguirá leyendo), y para escribir de otras cosas hay que esperar a que venga la musa o ir a buscarla. Así que en lugar de esperar a que ella apareciera decidí llamarla y me sugirió, así en un momento, que hablase del rescate de los mineros chilenos (cuando sacaban al último escuchaba el relato de su rescate en directo en la radio, y me levanté para ver cómo salía con sus gafas oscuras y por su propio pie); del otoño que la semana anterior aún no había llegado (y que aún en estos días amaga con venir pero sin llegar a hacerlo, con días en que te sales de mañana con jersey y con chupa y regresas a casa con estas dos prendas recogidas debajo del brazo); de Argentina, que ha declarado el vino como «bebida nacional»; de los premios Nobel en lengua española (a colación de Vargas Llosa, al que la UCLM hizo Doctor Honoris Causa hace sólo unos meses. No lo he leído al peruano, pero sí a Platero —perdón, a Juan Ramón Jiménez—, a Pablo Neruda, a Gabriel García Márquez y a Cela, que no me gustó: ni La Colmena, ni La familia de Pascual Duarte ni el Viaje a La Alcarria; aparte de que no me caía bien, el pobre: dicen que plagió La Cruz de San Andrés, con el que ganó el Premio Planeta, y tengo un recorte de periódico de esa época en el que su hijo, Camilo José Cela Conde, «califica de indigno a su padre por negociar el Premio Planeta». Ahora un juez de Barcelona ve indicios de que José Manuel Lara Bosch, presidente del Grupo Planeta, proporcionó al escritor una obra inédita de la escritora María del Carmen Formoso para que la plagiara y ganara el Planeta de 1994); de la enfermedad renal de los linces en cautividad, de la que no tenía noticia, y que parece que se debe a algún suplemento alimenticio que les dan en sus comidas.
Hoy, rebuscando en Internet, he ido a enterarme de la existencia de Sealand, un microestado de 550 metros cuadrados ubicado en el Mar del Norte, y que no se encuentra oficialmente reconocido. Quizás sea un buen lugar para hacer turismo.

lunes, 18 de octubre de 2010

Somos cobardes

Durante unos días, en la Plaza de la Constitución se encuentra instalada una carpa con una pequeña exposición de la obra social de La Caixa titulada «Violencia: Tolerancia Cero». Por las paredes de los pasillos angostos hay algunas frases antiviolencia; un espacio que imita el aula de un colegio con una pizarra en la pared y unos pupitres, sobre los que hay unos cuadernos escolares (sujetos a los pupitres con un tornillo y una tuerca: me recuerda esto a algo que vi o leí hace poco, que no te fíes de los bancos que, hartos de dinero, sujetan los bolígrafos en las ventanillas de sus cajas con una cuerda), palabras escritas en la pared que reproducen insultos típicos del acoso escolar; unas pocas pantallas con fragmentos breves de películas recientes en los que se trata el tema de la violencia (de género, en las aulas, de los padres a los hijos, de los hijos a los padres…); otras pantallas con el testimonio de personas que han sufrido maltrato (quizá sean actores, pero lo hacen muy bien). Antes de dejar la carpa hay un pequeño ordenador con pantalla táctil en el que se somete al visitante a una pequeña encuesta: se le pregunta su edad y sexo, si cree que debería involucrarse en la denuncia de hechos violentos aunque no le incumban y si conoce alguna situación de violencia próxima a él. Tras responder a estas pocas preguntas aparece en la pantalla un resumen de las respuestas dadas por los encuestados. Más de la mitad de los encuestados afirma que sí, que se involucraría, que denunciaría, alguna situación violenta de la que, sin que le afectase, tuviese conocimiento. Qué bien.

El caso es que luego uno se entera de que van 55 mujeres muertas en España en lo que va de año: mujeres con maridos o ex parejas a los que, seguro, sus vecinos han escuchado más de una vez gritar y dar voces y, quizás, el sonido de un puñetazo, de una bofetada, de una lámpara de noche viajando por el aire de un extremo al otro de la habitación.

Y uno se entera de que ha muerto en Roma Maricica Hahaianu, la mujer a la que un gilipollas mató de un puñetazo en el andén del metro. El vídeo puede encontrarse escribiendo el nombre de la víctima en el Google. El golpe mortal se lo da a los 26 segundos de comenzar; pasa más de un minuto hasta que una de las muchas personas que pasan por delante del cuerpo inerte se detiene ante él; el vídeo dura 3 minutos y, cuando llega a su fin, nadie todavía se ha agachado a atenderla, aunque sí hay un revuelo de curiosos mirando.

Hace unos meses se publicó otro vídeo grabado en una calle de Nápoles, en el que un hombre tocado con una gorra asesinaba en plena calle a otro, de un disparo en la cabeza, provocando también la indiferencia de los peatones. Del metro de Barcelona también se divulgó un vídeo en el que un racista fascista pegaba sin venir a cuento a una joven sudamericana. El joven que viaja enfrente mira hacia otro lado, y los pasajeros que están sentados al fondo no se levantan ni se inmutan. En otro vídeo del metro Madrid sí hay unas personas que intervienen (entre ellas, dos policías fuera de servicio) antes las patadas y puñetazos que un ultraizquierdista propina a otro muchacho que viaja sentado.

A veces voy por la calle y veo un contenedor volcado o atravesado en la acera, o bolsas de basura dificultando el paso. Lo habitual es que la gente rodee estos obstáculos y los deje como está, como si se nos cayeran los anillos por reabrir el hueco: hay ciegos que pueden chocarse y personas en silla de ruedas que pueden no caber, y gente despistada que puede tropezarse y caer de bruces. Parece que a los muertos que aparecen en la calle se les da el mismo tratamiento que a los despojos. En el libro de Educación para la Ciudadanía de 2º de ESO se transmiten unos valores completamente distintos. A ver si nuestros hijos aprenden y salen menos cobardes que sus padres.


lunes, 4 de octubre de 2010

Despertar a la vez que la muerte

La noche del jueves 23 al viernes 24 me desperté en mitad de la noche con un gran dolor de espalda, aquí en esta zona en la que me toco: me quedé dormido, como tantas otra veces, en el primer diez por ciento de Royuela… perdón, Rayuela, la novela de Julio Cortázar que, como yo, tantísima gente ha empezado y no ha terminado. Y no es que sea algo que yo suponga o me imagine, es que hace unos días comenté esto mismo con alguien, y hace un poquito más tiempo leí un diario breve de Rodrigo Fresán, un escritor contemporáneo argentino, en el que dice que Rayuela es «la novela que más veces he intentado leer y que más veces no he podido leer. […] Me gusta mucho Cortázar, pero no puedo jugar con Rayuela, nunca he conseguido pasar de sus primeras páginas». Otro escritor, Juan Bonilla, dice que «lo apasionante de Rayuela es que puede leerse dando saltos» (quizás una forma sutil de decir que salta al poco rato a la contraportada y que lo cierra sin terminarlo). Rayuela es un libro tocho, de unas 700 u 800 páginas, y la edición que yo tengo es de tapa dura y, en un giro bajo las sábanas, fue a clavárseme en ese lugar bajo de la espalda que antes señalaba. Encendí la luz de la lamparita, lo aparté y lo dejé sobre la mesita de noche; cogí el pequeño reproductor mp4 que tengo ahí mismo y encendí la radio.

Escuché los pitidos anunciadores de las tres de la mañana, las dos en Canarias. La locutora de noticias de Radio Nacional informó a los oyentes de que a esa misma hora comenzaba, en la cárcel de Greensville (Virginia, Estados Unidos), la ejecución de una tal Teresa Lewis por inyección letal. ¿Comenzaba la “ejecución” o el “asesinato”? Asesinar, según la RAE, es “matar a alguien con premeditación, alevosía, etc.”. Premeditación desde luego que hay en las sentencias a muerte desde el mismo momento en que el juez, como hemos visto en tantas películas, golpea con su martillo esa base de madera que hace que el impacto resuene en la sala; la alevosía, también según la RAE, es la “cautela para asegurar la comisión de un delito contra las personas, sin riesgo para el delincuente”. Si bien matar a alguien con permiso judicial no es un delito en los Estados Unidos, sí lo es en España, por lo que podría afirmarse que en la cárcel de Greensville comenzó el asesinato premeditado y alevoso de esa tal Teresa Lewis.

Teresa no era precisamente un ángel: contrató a dos hombres para que ejecutaran (¿es “asesinaran” la palabra adecuada en este caso?) a su marido y a su hijastro para poder cobrar su seguro de vida.

A esa hora en que yo recobraba la consciencia, ella la perdía con la inyección, en alguno de sus brazos, de una dosis de tipental sódico; después, cuando yo me desentumecía un poco para recolocar la almohada, sus músculos se le paralizaban con un pinchazo de bromuro de pancuronio; finalmente, cuando mi corazón se aceleraba al suponerla sujeta a la camilla con varias correas, yo, tan lejos, tumbado cómodamente en el colchón, ella observada a través de un cristal ahumado por el director de la cárcel, quizás algún cura, sus verdugos (suele haber dos o tres: cada uno acciona simultáneamente un interruptor o palanca, pero sólo uno de ellos, elegido al azar, actúa sobre el reo, de manera que uno es el que mata y no los otros dos, y los tres se van a casa con un 66,66% de probabilidad de inocencia), algún familiar de las víctimas y no sé si algún otro testigo, el suyo se detenía definitivamente por efecto del cloruro de potasio.

Este proceso de la muerte, cuando se da bien, requiere entre 10 y 12 minutos; antes de que este plazo expirara con ella, yo había retomado el libro de Rayuela en un nuevo intento de continuarlo por donde me hubiera quedado. Cuando sus ojos ya cerrados permanecerían así para siempre, yo apagaba también la luz de la mesilla y, agotado una vez más con los encantos de la Maga y el jazz y el humo de Julio Cortázar, también cerraba los míos.

«Es un asunto muy delicado el de la pena capital,
porque, además del condenado, juega el gusto de cada cual:
empalamiento, lapidamiento, inmersión, crucifixión,
desuello, descuartizamiento: todas son dignas de admiración.
Pero dejadme, ay, que yo prefiera la hoguera, la hoguera, la hoguera.
La hoguera tiene qué sé yo, que sólo lo tiene la hoguera».
(Javier Krahe, en la Canción “La hoguera”).

lunes, 27 de septiembre de 2010

Indexados

Fue Cecilia quien me dijo que el autor de la fotografía que andaba buscando hace dos semanas a través de esta página es Henri Cartier Bresson, un fotógrafo francés que falleció en 2004. Según veo en Internet, tuvo un discípulo llamado Ferdinando Scianna, que tiene algunos retratos en blanco y negro de una tal Maria Grazia Cucinotta que quitan el hipo. Pero ese no es el tema de este artículo.

Para localizar la fotografía de Bresson pregunté a algunos amigos entendidos, y uno de ellos me sugirió utilizar “Goggles”, un programa desarrollado por Google para los teléfonos móviles que llevan Android, su sistema operativo. Con uno de estos teléfonos, uno toma una fotografía de cualquier cosa, la envía a Google y Goggles agarra y te dice lo que es. Un amigo que tiene uno me hizo una demostración: hizo con su teléfono una foto a una foto de Paul Newman… perdón, de un tal Von Neumann, pero con el aparato un poco girado y todo, así como enfocándolo de medio lado. Le dio al botón verde para enviarla y, a los pocos segundos, le salió en el móvil la página de la Wikipedia en la que se explica que este señor húngaro-estadounidense fue uno de los más grandes matemáticos del siglo XX, que hizo grandes aportaciones en la Lógica, la Mecánica Cuántica, la Computación y, desgraciadamente, también en el campo de la mejora del poder destructivo de la bomba atómica y de la bomba de hidrógeno.

Hay otro programa, el Shazam, que funciona al menos en los iPhone, al que prácticamente le silbas una canción y te saca el vídeo de youtube que corresponde, y te ofrece además el escaparate de una tienda virtual en la que puedes, si lo deseas, comprar directamente la canción o el disco.

Las palabras que tecleamos en nuestro buscador favorito se almacenan allí junto a nuestra dirección IP, que es un número que nos identifica por completo y que, además, permite localizarnos geográficamente; el teléfono móvil emite señales que pueden ser registradas para reproducir, cuando se desee, el camino que seguimos desde casa al trabajo o a la oficina del Sepecam, al bar de la esquina, al cine. Cada vez que pagamos con tarjeta se guarda un dato que nos asocia con el comercio que hemos visitado. Nuestra imagen queda, cada vez con más frecuencia, grabada en medios digitales que recogen cámaras de seguridad de cuya presencia nos advierten en algunas ocasiones, pero contra lo que poco o nada podemos hacer. Hace poco subía yo solo en el ascensor de un hotel: iba revisando en el espejo la limpieza de mi nariz y mis dientes y luego, comprobada ya su suciedad o pulcritud (no recuerdo), hice alguna mueca extraña para entretener el ascenso hasta la undécima planta: bien, pues toda mi secuencia de gestos estaba siendo filmada por una pequeña cámara disimulada en una semiesfera situada en una esquina, quizá para regocijo del vigilante de seguridad, que a veces observará los ademanes de los huéspedes desde la mesita de su oficina.

Woody Allen tiene al menos dos libros de cuentos en castellano editados por Tusquets. En el relato Pluma de Alquiler, uno de los personajes le pregunta a otro que de dónde ha sacado su número de teléfono: «De Internet», le contesta, «Aparece junto con las radiografías de tu colonoscopia». Quizás Woody Allen exagere un poco para el momento actual (aunque nuestras radiografías se guardan ahora en los ordenadores de los servicios de salud, que podrían en algún momento ser atacados por algún pirata informático), pero es cierto que nuestra privacidad se ve muy seriamente amenazada por la capacidad que tiene la tecnología para recopilar, almacenar y cruzar toda clase de información del individuo.

Juraría que, salvo nuestro olor, todas nuestras restantes propiedades pueden indexarse en los ordenadores y ser utilizadas para que terceros de los que nada sabemos reconstruyan nuestra vida y lleguen a conocernos mejor que nosotros mismos.

lunes, 20 de septiembre de 2010

Qué gusto de multa




A veces pienso que el Estado es una gran máquina con pesados engranajes que comienzan a girar con pereza cada vez que un ciudadano presenta, en alguna ventanilla, alguna solicitud o algún recurso. Esos engranajes están formados por el cuerpo de funcionarios, uno de los cuales recoge el documento, le coloca el sello con el número de registro de entrada y lo deja en una bandeja, a la espera de que venga otro a recogerlo y lo lleve a un tercero que lo lee, lo estudia, consulta la legislación y, a veces, redacta un escrito de respuesta que devuelve al interesado por correo certificado. La maquinaria de una diputación o de un ayuntamiento es de similar complejidad, aunque de menos envergadura debido, probablemente, al volumen de asuntos que se despachan.

Como me gusta esa metáfora de la máquina parada que arranca pesadamente, cuando tengo oportunidad presento algún escrito de alegaciones para ponerla en marcha, y me imagino que lo que he hecho, en el mismo momento en que me llevo mi copia sellada, es haber girado una llave o haber actuado sobre algún interruptor que la activa. Así que hace unos años, con motivo de una multa de 60,01 euros por aparcar incorrectamente en la zona azul, presenté en plazo un escrito de alegaciones al ayuntamiento, explicando que no entendía el texto de la infracción: «Estacionamiento en zona de regulación horaria sin “ticket”, o no visible». Entrecomillo ticket porque ahí residía el quid de la cuestión: en el deber que tiene la administración local (al menos la que no tiene lenguas cooficiales) de responder en castellano. Le explicaba al funcionario que había buscado la palabra en el diccionario de la RAE (que es normativo: es decir, lo que no pone ahí no tenemos por qué entenderlo) sin haberla encontrado, por lo que no llegaba a comprender con exactitud los hechos denunciados, y solicitaba por tanto la terminación del procedimiento. Le decía, eso sí, que acaso el término al que se refería era tique, que sí aparece en el diccionario con el significado que todos conocemos.

Después de pasar por varias ruedas dentadas y varias válvulas, por una de sus cintas transportadoras salió un texto en el que, claro, el funcionario tuvo que contenerse y redactar una respuesta formal y educada, y no plasmar los comentarios que, seguro, compartió con sus compañeros de despacho acerca de mi alegación tan aparentemente absurda. En la respuesta ponía: «Interpone recurso de reposición contra la notificación de la resolución sancionadora recaída en el expediente de referencia, fundado en motivos de los cuales no consideramos conveniente en este trámite pronunciarnos sobre los extremos de su relato».

Como toda respuesta de la administración ha de ser razonada (Ley 30/1992), en la carta del ayuntamiento no se razonaba en absoluto (y además se renunciaba explícitamente a ello: «no consideramos conveniente en este trámite pronunciarnos sobre los extremos de su relato») y, como ya he dicho, “me pone” el tema de los engranajes, vi el cielo abierto y me imaginé moviendo no ya la maquinaria de un ayuntamiento, sino la de todo un Ministerio de Justicia. Así que presenté un recurso en el juzgado de lo contencioso-administrativo contando no sólo lo del ticket/tique, sino también la falta de argumentación de la administración local, a la que está obligada. A la presentación de este recurso acudí con mi amigo E., que es abogado, porque la ley me obliga a que vaya acompañado de uno.

Fijaron la fecha de la vista para más de un año después pero, antes de que llegara este plazo, E. me comunicó que el ayuntamiento había desistido. A veces sospecho que quien desistió fue E., que pagó mi multa con sus intereses y costas para evitarme (o evitarse él mismo) el mal trago de un juicio solemne por un asunto de tan escasa importancia.

Hace una semana me multaron de nuevo por el mismo motivo: «Estacionamiento efectuado sin tique de estacionamiento o sin tenerlo visible». Tique, con Q de queso. Y, oyes, qué alegría, qué contento iré a pagar los sesenta euros.

lunes, 13 de septiembre de 2010

Se busca foto


Hace poco visité en un museo una exposición de fotografías, de entre las cuales me llamó la atención la que ilustra este texto, por lo que le eché una foto a la propia foto, y de ahí que no se distingan, con la calidad que merecen, las dos mujeres que aparecen retratadas: la más cercana a nuestros ojos parece observar algo así como un mapa o plano de la ciudad en la que se encuentre (tal vez París, tal vez en los años sesenta), porque mantiene extendido un papel ancho y largo con varios dobleces. Lleva una falda muy breve y parece haber terminado la botella de refresco que estaba consumiendo; la de más allá, tocada con un gorrito, tiene sobre su mesa una cubitera en la que, con mucha atención, parecen distinguirse las pinzas para coger el hielo. La anciana mantiene el periódico abierto pero, como si se tratase de un agente secreto en plena labor de contravigilancia, observa a la joven con los ojos apartados de sus páginas, con una mirada que parece censurar la osadía de sus muslos al aire. Tal vez sea una mirada de admiración o envidia, orgullosa de su atrevimiento en ese momento que no sé situar en un tiempo concreto, pero que he aventurado y situado, gracias a un primo (un primo carnal, no un muchacho inocentón y engañable), en la capital francesa hace ya medio siglo. Ignoro el periódico que lee la señora porque, aunque acerque la imagen con el zoom del ordenador, no se distinguen en absoluto las letras grandes de su portada: ¿quizás Le Monde? Hay un hombre al fondo con gafas de sol, unas pocas entradas en el pelo peinado hacia atrás, chaqueta negra y camisa blanca con los picos del cuello hacia fuera, estirados sobre las solapas de la americana. No es un camarero, que no estaría de esa guisa sirviendo las mesas. Debe de ser primavera u otoño u otro entretiempo, capaz que los primeros días del verano de la Ciudad de la Luz, porque la señora de allá no lleva abrigo ni parece tenerlo cerca, pero parece protegerse del fresco con un pañuelo alrededor del cuello. La joven de acá, a pesar de sus piernas al aire, cubre el resto de su cuerpo con unas botas altas y una chaqueta blanca de manga larga. No parece estar acompañada por nadie, porque sólo hay una botella en su mesa y no hay más botellas ni vasos: su pareja, entonces, no ha ido a pagar a la barra ni tampoco al baño; a lo mejor ella lo espera ahí sentada, pero hace ya rato que él debería haber llegado, porque ella ha tenido ya tiempo para terminar su bebida. Si es un plano de la ciudad lo que mira, ha de estar alojada en algún hotel quizá de Montmartre, en donde abundan cafés como este, con mesitas en la calle. Es posible que el hombre que no llega haya huido por algún motivo de amor o desamor, o por un motivo político en esa época semiconvulsa de la guerra fría; es posible entonces que la mujer de allá sea en efecto una espía que colabora en la búsqueda del hombre, y que lo aguarda junto a la mujer a la que el proscrito ama, sabiendo que él llegara a encontrarse con ella en algún momento.

Quiero esa foto; la he buscado en Google poniendo de todo y solo me aparecen señoras en minifalda a todo color. ¿Usted la conoce?


lunes, 6 de septiembre de 2010

Sabina en Daimiel





He oído que la gente que sufre la amputación de algún miembro continúa, durante algún tiempo, teniendo la sensación de que la pierna o el brazo cortados siguen estando ahí y creo que, cuando cambian de postura en la cama del hospital, hacen con el hueco el movimiento correspondiente, tratando de llevar lo que ya no está al sitio que, unos días antes, ocupaba con normalidad; o que sienten picor en donde ya no hay nada y llevan ahí la mano para rascarse y aliviárselo. Desde que tengo teléfono con cámara fotográfica y de vídeo, retrato pequeñas tonterías que veo por las paredes de las calles o paisajes bonitos, o grabo alguna minipelícula si asisto a algún concierto (Kiko Veneno en Chiclana, Estopa en Bolaños, un grupo en El Pony Pisador de Montevideo, que canta con la misma voz que Sabina) o si soy testigo de un hecho que creo que merece ser almacenado (la aproximación lenta del avión al aeropuerto de Quito, un poco por debajo de la cima nevada del volcán Cotopaxi). El otro día lo saqué también en el concierto de Joaquín Sabina en Daimiel (ciudad a la que tradicionalmente se llevan, por lo general, mejores músicos que los que se traen a la capital) que, probablemente, es mi cantante y músico favorito, además de un hombre entretenidísimo en las entrevistas que le he visto y oído (contaba, por ejemplo, que su padre inició, al poco de jubilarse, la escritura de sus memorias, pero que el hombre había vivido tan poco tiempo que enseguida llegó al momento vital en el que se encontraba y decidió seguir escribiendo y, de este modo, cuando la muerte lo alcanzó, había escrito dos años más de vivencias del tiempo que realmente le había concedido la vida; además, cuando ya se encontraba en su lecho de muerte, acompañado por el hijo, el padre pronunció sus últimas palabras, que según Joaquín Sabina fueron las siguientes: «¿De dónde sacarán tanto dinero las diputaciones?», y fue entonces cuando cerró los ojos para expirar: reconozco que yo también me he hecho muchas veces esta misma pregunta, tal vez por eso me hizo tanta gracia).


Mi idea era grabar la interpretación en directo de algunas de sus canciones («Y sin embargo», por ejemplo, de la que él mismo dijo que es la canción de amor más bonita que ha escrito, aunque tiene muchas otras que no le andan a la zaga), pero tan sabroso e intenso me resultaba el espectáculo en directo que mantuve el teléfono en la mano sin apenas grabar, porque haberlo hecho habría significado estar pendiente de su pantalla para cuadrar la imagen; dejar de apreciar la voz ronca y un poco cazallera del cantante; sus manos arrugadas de hombre ya viejo, que las cámaras enfocaron alguna vez en primer plano cuando tocaba la guitarra, y que el realizador proyectaba en las pantallas gigantes; los detalles de los músicos acariciando sus instrumentos para producir ese sonido tan puro.


A veces, como si el hueco en el bolsillo fuera ese miembro amputado, inmerso en el olor a porro que invriablemente inunda los auditorios en todos los conciertos al aire libre, y que forma parte de ellos tanto como la sal al agua del mar, sentía en mi pierna las vibraciones del teléfono, como si alguien me estuviera llamando o me enviara un mensaje.

sábado, 21 de agosto de 2010

Un cuento incompleto

El año anterior había comido mucho arroz blanco con tomate y huevo, porque es un plato que se me daba bien y a mis compañeros del piso de estudiantes les gustaba la forma en que lo cocinaba, con bastante ajito. Como para este año, sin embargo, uno había terminado la carrera y el otro estaba de Erasmus, a principio de curso me pasé por el tablón de anuncios que hay junto a la máquina de café y estuve mirando los carteles que cuelga la gente para buscar compañeros de piso: «Se necesita compañero para compartir piso, cerca de la Ronda, próximo a Magisterio, cercano al campus y en zona lluviosa. Tres habitaciones, dos cuartos de baño, salón amplio, todo exterior, cocina totalmente equipada». Venía un teléfono repetido muchas veces en multitud de tiras verticales en el borde inferior del folio, que habían colgado apaisado, así que recorté una y llamé desde el teléfono público que hay en el vestíbulo. Me cité para la tarde-noche con el sujeto en el piso, cercano también a mi Escuela, y subí en el ascensor cuando la noche caía. No me hizo mención acerca de esa característica “lluviosa” de esa zona de Ciudad Real, y yo tampoco quise preguntarle, pues él debía de asumir que, si la vivienda me interesaba para pasar ese curso, era tanto por su número de dormitorios, por la amplitud de su salón o la cocina con microondas y lavavajillas, como por el agua que inusualmente parecía derramarse desde el cielo en el tejado del edificio. El chico hizo de cicerone y me llevó por un recorrido por la casa. Realmente, me urgía en cierto modo encontrar un lugar donde quedarme aquel año; como, además, no estaba mal de precio, le dije que sí, que me quedaba, y que ya vendría al día siguiente con mi equipaje.

—¿Nos tomamos algo para celebrarlo? —me dijo.

—Vale —le contesté.

A requerimiento suyo me senté en el sofá del salón y esperé a que trajera dos vasos de un whisky bueno que me dijo que había comprado. Le oí abrir los cajones del congelador, siempre semipegados a la estructura del frigorífico por el hielo que se va formando incluso en los modelos no frost, y luego agitar o golpear la bolsa de hielo en la encimera de la cocina, y los cubitos caer hacia el fondo del vaso.

—No tenía hielo suficiente —me dijo cuando regresó al salón con los vasos en la mano, alargando un brazo para ofrecerme el mío—, así que te he puesto unas empanadillas y unos guisantes congelados. Espero que no te importe.

—No, claro —le dije, observando con envidia que su vaso tintineaba con los cubitos.

[Lo continuará Mateo Kyezitri].

lunes, 2 de agosto de 2010

El negro Viñas (y II)

Un día, sin embargo, la maestra alzó su mirada para mirar el cielo. El día había lucido de manera radiante durante la mañana, pero la ciudad se oscureció en un instante por alguna nube que se cruzó en el camino entre el sol y la escuela. Cuando ella retornaba hacia abajo sus ojos, los ojos de los dos se cruzaron y se aguantaron serios durante un momento. El Negro Viñas le sonrió enseguida y le hizo así con la mano. Ella, en lugar de devolverle el saludo, se volvió hacia el interior de la clase. Los niños se pusieron de pie y comenzaron a recoger, y la maestra cerró las contraventanas para oscurecer el aula hasta el día siguiente. Antes de que el hueco amplio se convirtiese en una pequeña rendija, la maestra alzó nuevamente su vista y le lanzó una sonrisa.

A la mañana siguiente, después del recuento y del desayuno y del rato en el patio, el Negro Viñas se asomó con impaciencia nuevamente a la ventana. La maestra había buscado encontrarse con los ojos del preso, esos ojos tan negros y dulces que, sin embargo, apenas conseguía distinguir con nitidez. Al Negro ya no le interesaba el tráfico rodado, ni los transeúntes (se hubiesen o no implicado en la revolución), ni la sucursal del Banco de la República con sus clientes entrando y saliendo, ni la frutería, ni tampoco el zapatero que montaba y desmontaba su puesto todos los días. Ya no se asomaba por la ventana de Coronel Mora, sólo a la de 18, porque allí esperaba encontrarse con la mujer que, de noche, lo hacía tumbarse boca arriba en la cama con las manos en la nuca y dormirse tarde, pensando en una vida improbable con ella. Por fin apareció; por fin apareció por el cristal y miró directamente hacia arriba, y sonrió de inmediato al cruzarse con él y le hizo así con la mano, como él había hecho el día antes, y se quedaron un rato mirando. La maestra desaparecía a veces, pero regresaba tan pronto como los niños la dejaban, y ninguno podía evitar la mueca de felicidad y nostalgia que les deparaba ese rato.

Un día el Negro le enseñó desde la celda un papel y un bolígrafo, y le hizo un gesto de escribir y de arrojar el papel a la calle. Ella comprendió, y cuando avisaron con el timbre de que la jornada escolar había terminado, salió impaciente con los niños sin oscurecer el aula, como el Negro Viñas había visto que ella hacía desde que ingresó en la cárcel.

El Negro la vio salir por la puerta de la escuela; la vio cruzar hacia su acera en lugar de girar a la derecha, como siempre hacía; mirar hacia arriba para tratar de encontrar la mirada del prisionero en sentido casi cenital, y la halló enseguida, y observó que un brazo salía de entre las rejas con un papel en la mano que fue arrojado a la calle, y que al desplegarlo tenía palabras bonitas que le explicaban que llevaba semanas mirándola, que las tardes y los domingos sin ella eran pequeños suplicios, que había gozado de los ratos en que ella se asomaba sin mirarlo a él, y que los de ahora eran la mejor recompensa y el mejor premio que podía obtener en la cárcel.

Todos lo días se miraban; todos los días hasta la amnistía él le arrojaba una nota; todos los días ella se lamentaba de no poder corresponderle con otro papel, con su voz propia, con su mano en su cuello o sus labios en los de él. La maestra lo esperó todo el día cuando el gobierno nuevo concedió la libertad a todos los presos políticos. Con los ahorros de ella compraron la frutería de la esquina que tantas veces habían observado. No se casaron porque creían en ellos y no en los papeles, aunque Viñas tenía aún pendiente la revolución. Algunos amigos habían desaparecido, tirados desde aviones sobre el Río de la Plata; a otros la cárcel les había escarmentado y removido el deseo de cambiar el mundo.

Cuando Viñas comprendió la realidad nueva en la que se encontraba perdió toda ilusión y se dedicó a morirse. El último día, tomando a la maestra de la mano, le dijo al médico que certificó su muerte: «Esta es mi mujer, doctor», y así de este modo decidió quedarse ahí y cerrar los ojos para siempre.

jueves, 29 de julio de 2010

El negro Viñas (I)

Antes de que triunfara el golpe de estado en el Uruguay, el Negro Viñas y otro grupo de amigos intentamos organizarnos para hacer una revolución no violenta, pero que trajese al país resultados similares a los que, desde comienzos de los años sesenta, se fueron percibiendo en Cuba: un plato para todos, todos los días del año; obligación universal de educarse; derecho a la sanidad; falta de hueco y de espacio para cualquier tirano. Improvisábamos discursos de charlatán de contenido político subidos a un banco de la calle, en la rambla, en las plazas; arengábamos convincentemente desde los escenarios de los salones de actos de las facultades, repartíamos panfletos políticos por las calles, conseguíamos alguna entrevista en alguna radio local, y a veces convencíamos a los viejos y casi siempre a los jóvenes, que encontraban en el objetivo de alcanzar la igualdad una motivación extraacadémica para vivir, para moverse, para soñar, para pensar, para charlar.

Nos juntábamos en casa de cualquiera, y allí pensábamos, discutíamos, proponíamos y mateábamos. El Negro Viñas encontraba siempre la palabra exacta para convencernos de su plan de acción, de su ideario, para explicarnos los errores principales de la Revolución de Castro y del Che, de las particularidades de nuestro propio país que, en un futuro, nos forzarían a adaptar de alguna forma el proceso cubano: el país chiquitito, la tradición democrática, decía él, el convencimiento absoluto de no tomar las armas, añadía.

El Negro Viñas vino a mi casa el mismo día en que los militares se levantaron contra el pueblo al que debían defender. Vino a refugiarse algún otro miembro del grupo y, cuando estábamos dispuestos a subir a mi auto y escapar al extranjero, un grupo de soldados empujó la puerta y la echó abajo.

Al Negro Viñas lo encarcelaron en la prisión de 18 de Julio con Coronel Mora, en una celda inadvertidamente privilegiada con ventanas a las dos calles. Veía el tráfico rodado y caminar a los transeúntes que no se habían, como sí nosotros, involucrado en la revolución necesaria. Veía la sucursal del Banco de la República, una frutería en la que también vendían vino, el puesto que un zapatero montaba y desmontaba todos los días, la luz anaranjada de las farolas de la noche, su reflejo en el piso oscuro cuando el suelo estaba mojado por la lluvia. Si abría las dos ventanas le entraba corriente y podía ventilar, acercar la cabeza y casi meterla entre los barrotes para que le acariciase el airecito; el Negro escribía sus pensamientos en los cuadernos que sus carceleros le dejaban tener.

Veía también una escuela que había enfrente, y a los niños parvularios sentados en los pupitres del aula. Veía a la señorita que les daba clase, que a veces también se asomaba a la ventana del aula para ver en la calle el transcurrir de la vida. La señorita miraba con unos ojos que no eran los suyos, unos ojos serios que se acompañaban de un ademán triste que capaz que no tenía cuando éramos libres, acaso una mirada nostálgica de otros tiempos mejores.

El Negro Viñas la miraba mirar, la miraba girarse sobre sus piececitos que no lograba ver cuando los niños habían terminado la tarea que les hubiera encomendado, cuando alguno levantaba la mano para reclamarle atención; la veía escribir en la pizarra letras y números de caligrafía infantil que trazaba despacio y con sumo cuidado.

La celda del Negro Viñas estaba a una altura más que el aula de la maestra, y él hacía intentos de llamar su atención concentrándose en ella, dirigiendo hacia ella su mirada con la mayor intensidad, con el deseo de que esa fuerza la hiciese algún día voltear su mirada y dirigirla hacia él. Pero ella sólo miraba hacia abajo, a la frutería, o seguía a algún peatón mientras cruzaba la calle, o a alguna mujer que caminaba por la acera llevando la compra.

(Continuará)

martes, 27 de julio de 2010

Viaje imaginario



Decía el portugués Almeida Garret que los libros hay que leerlos en su contexto. Para prepararme para los contextos que me han esperado en varias ocasiones, he leído a Paul Bowles antes de viajar a Egipto y a sus desiertos de arena; a Paulina Chiziane antes de visitar Mozambique; a Mario Benedetti y a Francisco Espínola antes de Uruguay; a Carlos Fuentes cuando estuve en México; a Vargas Llosa cuando fui al Perú; releí a Paulo Coelho y a José de Mesquita antes de venir a Brasil, país en el que vivo desde hace cinco años.

Antes del viaje a la India, que hice con mi novio Martín hace algunos años, apenas tuve tiempo de leer a Rabindranath Tagore o a Gandhi, porque tuve mucho trabajo y algunos asuntos personales que resolver de mi familia en España, hasta la víspera misma de salir de viaje.

Estuvimos cerca de un mes por aquel país singular, con tantas lenguas y religiones, sus castas, sus vacas sagradas y sus templos y sus pobres por las calles y los baños en el Ganges. Estuvimos tres días en la ciudad de Deshnoke, en donde se encuentra el Templo de Karni Mata, al que los turistas y viajeros llaman el Templo de las Ratas, porque en él viven miles de ratas mimadas por la gente, a las que llevan alimento a diario, porque son miles de reencarnaciones de los sadhu, el clan de Karni Mata. Hay que descalzarse al pasar, por lo que Martín y yo dejamos nuestros zapatos en un lugar preparado a ese efecto y pasamos a su interior con los calcetines puestos.

Se camina sobre excrementos de rata: unos están frescos y te empapan poco a poco los calcetines; otros, añejos y desmenuzados, se van colando e introduciendo por entre las costuras; otros, recientes y secos por el calor que les saca la humedad, van sonando al pisar. Mientras, las ratas caminan con libertad entre los pies de una, se agrupan en torno a recipientes circulares para beber la leche que los creyentes les llevan para venerarlas, se suben a las rejas y se frotan las manos mirando con descaro al turista, se cuelan por las rendijas y los agujeros que han excavado durante tantos años.

Tuve que salirme y volverme al hotel. Martín se quedó allí, no sé si verdaderamente disfrutando o sometiéndose a una sesión masoquista, a una especie de curación por inmersión al miedo y al rechazo a los roedores. Ya en la habitación, saqué de la maleta Las Piedras Hambrientas, uno de los libros de Rabindranath Tagore que había traducido maravillosamente Zanobia Camprubí, la esposa de Juan Ramón Jiménez, y que no había podido empezar a leer. Bajé al patio del hotel, ocupé una silla de la terraza y pedí, al camarero hindú que llevaba una bonita chalina enrollada en su cabeza, una bebida alcohólica fuerte que me desinfectase por dentro. Encendí un cigarro liado de tabaco indio y comencé el libro. El autor, con el mérito de su traductora, elimina de una esa sensación de asco que hacía una hora me había invadido y acompañado hasta el hotel.

Cuando Martín llegó y me vio desde la cristalera del lobby se acercó a mí directamente, sin pasar por la habitación para darse una ducha, como yo sí había hecho, frotándome con el lado rugoso de la esponja con la misma aprensión del que se aparta a manotazos una invasión de cucarachas. No sé si realmente él olía, pero penetró hasta mis entrañas un hedor profundo que sentí que me ensuciaba de nuevo. Me besó sonriendo, y bebí un trago grande con el deseo de limpiarme otra vez. Martín me dijo algo, no sé qué fue, porque la sensación de repugnancia que me transmitía su presencia me impedía escucharlo. Llevé otra vez nuevamente los ojos a mi lectura: seguí sintiendo asco por fuera, pero oro por dentro.

sábado, 17 de julio de 2010

Viaje de regreso

Hace unos minutos el comandante del vuelo IB-6012 ha anunciado que “nos encontramos al final de la primera parte del partido Uruguay-Alemania, y Uruguay va ganando…”; aquí se le ha dejado de oír porque los pasajeros del avión han roto en vítores y aplausos, y ha sido el personal auxiliar el que ha ido anunciando, de viva voz, los 2 goles contra 1.

Al subir al avión me han dado prensa española de ayer, en la que he encontrado aburridas noticias sobre la manifestación a favor del Estatut (entiendo ahora la demora de los jueces del Tribunal Constitucional en la redacción del fallo, que he comentado aquí alguna vez, pues han utilizado los escribanos más de 800 folios para redactar los antecedentes, fundamentos de hecho y de derecho, debemos fallar y fallamos, los votos particulares, etcétera). Parece que el lema de la manifestación será (o ha sido) algo así como: “Somos una nación, nosotros decidimos”.

[Acaban de anunciar Alemania 2-Uruguay 2].

Casi no entiendo o diferencio los conceptos de país y nación: el primero se refiere tal vez más al hecho administrativo o incluso casual de disponer de una gran parcela de terreno continuo (islas aparte); el segundo concepto (“nación”) debe de referirse más al hecho sentimental que al hecho administrativo, al sentimiento individual o colectivo que al de la casualidad. Como volando voy/volando vengo, carezco de acceso a fuentes de información externa (léase Internet), así que hablo de memoria si digo que menos de la mitad del pueblo catalán (un cuarenta y tantos por ciento) acudió al referéndum para votar el Estatut. Supongamos que hubiera acudido a las urnas solamente el 30%: ¿Podría un político arrogar a tan bajo porcentaje de ciudadanos la representación del pueblo catalán (o murciano, o gallego, o calatravo) y su conversión en nación? ¿Y si fuera un 10% o un 15%, como en esas consultas independentistas que se celebran en algunos ayuntamientos? La gente, en general, me parece a mí que no es política y pasa de este tipo de movidas.

[El piloto explica que se acaba de llegar al final del partido, con victoria alemana por 3 a 2, dándole la razón al pulpo Paul; Forlán, en el minuto 3 del descuento, nos cuenta el piloto, ha estrellado un balón en el larguero de la portería contraria. los pasajeros se lamentan un instante, pero le dedican un aplauso a su selección].

Hace ya seis horas que el avión despegó, y a las cabezas de ganado que poblamos la clase turista parece habernos entrado de repente el miedo al síndrome de la ídem, porque el pasillo se ha llenado de repente de gente de pie que habla y camina sin rumbo, de la cola a la cabeza del avión.

El hombre que viaja a mi lado parece dormido o muerto: tiene la cabeza apoyada hacia atrás sobre el respaldo de su asiento, las manos cruzadas sobre su vientre, un fino bigote; es algo gordito y tiene la boca abierta, pero no parece emitir ningún sonido ni aire. Como el que no quiere la cosa, como el que se recoloca en la incómoda posición que le permite el asiento estrecho, le doy un pequeño codazo para comprobar si está o no en el mundo de los vivos. Afortunadamente se remueve y se reubica en una nueva incómoda postura.

Yo también he pasado mucho rato durmiendo. A pesar de que el viaje dura doce horas, la verdad es, en el avión, el tiempo pasa volando.

miércoles, 7 de julio de 2010

Crónicas uruguayas (III)



Durante estos días en Montevideo he utilizado alguna vez el “viejo truco para espera al Circular” que me enseñó una vez mi compañero Juan Pablo: “Cuando veas que el autobús no viene te enciendes un cigarro, y antes de la tercera chupada lo verás aparecer doblando la esquina o surgir desde el rasante”. El transporte público en esta ciudad funciona muy bien, aunque a veces demore un poquito de más la espera al autobús, pero el truco funciona. «¿Coge usted por Ejido?», le pregunto al chófer del 116 antes de subir, y él se ríe bastante: «Cojo donde y cuando puedo», me dice. «Sí», prosigue, «voy por Canelones y luego doblo por ahí». Subo entonces al “ómnibus” que me llevará a mi destino y, en algún momento del recorrido, un joven le ofrece su asiento, contiguo al mío, a una señora de mediana edad, tal vez de unos cincuenta años o tal vez un poco menos: «Siéntese, anciana», le dice, y la mujer se molesta y no se quiere sentar. «Que no, señora, que es broma, que es que me bajo en la siguiente cuadra». Ella no se ríe, no obstante, dolida como está por la broma sin gusto, y el asiento permanece vacío hasta que vuelven a subir pasajeros en la siguiente parada.

«Cuarenta años sin pasar a octavos», dice todo el mundo en referencia al Mundial, y muchos repasan las gestas de su selección cuando fue campeona del mundo en los años 30 y 50 del siglo pasado. En lo tocante al fútbol y a los partidos de nuestra Selección o de cualquier otra, creo que todos nos sugestionamos con nuestro pequeño poder de influencia para conseguir que la Roja gane cada partido y llegue poco a poco a la final. Nuestra superstición nos hace, por ejemplo, mantener en el sofá de nuestra casa la misma postura que tuvimos hace unos minutos, cuando estuvimos a punto de marcar un gol, durante el segundo ataque, para ver si la jugada se repite ahora terminando con el balón entre las redes; nos hace dar o no dar un trago a la cerveza en el segundo penalti en función de lo que hicimos en el anterior, o continuar viéndolo de pie o sentado: si lo fallamos y bebíamos sentados, ahora no bebemos y nos ponemos de pie; si lo acertamos y la copa o la lata estaba sobre la mesa, ahí volvemos a dejarla y no volveremos a beber de ella hasta que termine la tanda de desempate.

Vi ayer viernes el partido que clasificó a Uruguay frente a Ghana para semifinales en la Plaza de la Independencia, atestado de gente este lugar que es casi la puerta de la Ciudad Vieja, en una pantalla gigante, con el volumen de la locución suficientemente alto como para que llegase al último aficionado que se encontraba allá lejos, muy lejos, casi en el otro extremo de la avenida. El relator de la televisión hablaba del poder del corazón celeste y pedía a veces a la afición que hiciese llegar su energía a los jugadores, que se encontraban tan lejos, y tan ajenos probablemente, por su concentración extrema durante el partido, a los gritos y vítores de su pueblo. La nueva mano de dios del uruguayo Suárez y la cartulina colorada que le mostró el árbitro cuando este delantero detuvo el balón en la misma línea de meta fueron celebradísimas, igual que el balón que el jugador ghanés estrelló en el larguero al tirar el penalti: «Nunca una tarjeta roja dio tanta alegría», decía hoy un periódico de acá.

La ciudad se ha venido parando durante cada partido y, después de cada uno, con cada triunfo, las calles se han llenado de gente con banderas y las caras pintadas, de coches apurando sus bocinas durante horas. «Uruguay, ya habéis cumplido», dicen en la prensa y en una especie de afiches que alguien ofrecía en la plaza durante el partido sin vender ninguno: quizá este vendedor haga su agosto el domingo que viene, cuando este país acogedor pierda con España en la final del campeonato.

(Lástima, escribo hoy, 6 de julio, horas después del partido en que Holanda ha eliminado a Uruguay. Al final tendremos que vernos las caras en la final contra los Países Bajos).

jueves, 24 de junio de 2010

Crónicas uruguayas (II)

Así como los pintores firman sus cuadros o los escritores sus libros, los arquitectos de Montevideo dejan, en las fachadas de los edificios que sienten que les han quedado bien, una placa metálica o de piedra con su nombre escrito en sobrerrelieve. Me dijeron de esta ciudad que es una suerte de Buenos Aires provinciano, y puede que así sea. Resulta ser una ciudad de infinitos rincones, pero también de pequeños detalles efímeros, de imágenes que uno ve y disfruta un rato y que luego desaparecen: tras la esquina de una pared desconchada, por una de las aceras desembaldosadas o semilevantadas por las obras del gas canalizado o las raíces de los árboles, caminando sobre las hojas muertas y sin recoger que alfombran el piso de la calle, parados para cambiar de acera ante los semáforos situados después de los cruces, como sucede en toda América, y no antes, como sucede en Europa; entre tantas librerías, entre tantas casas bajas entre edificios altos de los años setenta, hombres ya jubilados, como si fueran maniquíes de alguna boutique de la Avenida 18 de Julio, observan, desde cualquiera de los numerosos cafés que hay casi en cada cuadra de la zona en que habito, entre los barrios de Pocitos y de Punta Carretas, a la gente pasear y los coches circular tras las cristaleras. Uno se encuentra a paseadores de perros que llevan ocho ejemplares sujetos por sus correas, que sacan a los animales a la calle durante alguno de los ratos en que sus amos están trabajando. En cualquier calle los buhoneros, de manera parecida a lo que sucedía en España hasta que hace unos años se instalaron masivamente los contenedores de recogida selectiva, circulan en carros tirados por mulas, recogiendo cartones y otros objetos reciclables.

Por la calle Williman, tan plagada de parrillas y boliches, con ese olor rico en la calle de carne roja a la brasa, camino hacia el Instituto de Computación, en la quinta planta de la Facultad de Ingeniería, y desde el que se ve la bahía de la Playa Ramírez, que tiene un atardecer tan excelente que hace que profesores y alumnos interrumpan las clases para asomarse a la ventana a ver ponerse el sol, que en este invierno meridional se esconde ahora por entre el pequeño skyline de la ciudad, pero que en verano, según me han contado, lo hace por la mitad del mar, hacia el centro de la bahía, como si también huyese ahora, como los bañistas, de las aguas frías del río y del mar que se mezclan en esta zona.

Montevideo es una ciudad sin policías: no he visto ninguno en los diez días que llevo aquí, como si nada pudiese ocurrirle al viajero despistado o al paseante autóctono, ese que circula tranquilo con su tarro de agua caliente y el recipiente con hierbas para mezclar y tomar el mate, bebida que espabila así como el café, y a que muchos uruguayos acompaña de forma casi constante en su jornada laboral, en el autobús, en su marcha al trabajo o en su regreso a casa. Pregunto a un joven que lleva este avío por la dirección que debo tomar para ir a la Avenida de Brasil, pues parte de la comunidad catalana que aquí reside celebra, en la esquina con Bulevar Artigas, una hoguera de San Juan: «No puedo ayudarte porque soy del interior, pero para cualquier otra cosa, me avisás», me dice, a la vez que me da sonriente y con agrado una palmada en el brazo y se despide de mí.

Ya orientado y con el rumbo adecuado, escucho mientras camino el sonido de la ciudad, capaz que semejante al de todas, pero en el que uno quiere advertir un matiz distinto: en un oído llevo conectado el auricular del mp3, escucho Eagles of Death Metal, que me los pasó mi amigo Julio la víspera de mi viaje; el otro, el que da a la calzada, lo llevo al aire. Sé de un ingeniero de sonido que trabaja para el cine que en ocasiones sale a algún sitio a grabar el silencio, para luego añadirlo a la banda sonora de las películas en las que colabora. Son importantes los silencios y los ruidos de los lugares, que son también rincones que uno puede descubrir sin necesidad de ver. El sonido cambia en esa hoguera de San Juan, alrededor de la cual la gente charla, baila, bebe por 30 pesos vasitos de ron caliente con azúcar y canela, escriben sus deseos en un papel y los echan al fuego, con la confianza de que la lumbre o el santo se los hará cumplir.

«¿Qué ha pedido usted?», le pregunto a un señor. «Que mis hijos estén muy bien en España, que tengo allá dos», contesta. El locutor del otro día, antes del partido contra Honduras, habló de nuestro país como de la Madre Patria. Se lo comento a alguien y me dice que sí, que es «una madre que no nos deja pasar, una madre de papeles y visados, de trabas, de burocracia y fronteras, una madre que aún no nos ha dado la llave para pasar a casa».