"En la calle Sevilla de Madrid, hace muchos años, había unas terrazas de cafés, cervecerías... donde se celebraban contertulias taurinas. Iban picadores, que eran más gordos que los matadores y que los banderilleros. Se sentaban en las sillas, con las patas abiertas, muy tiesos, con la manos en las rodillas. Entonces, uno de esos días, pasó por allí una mujer impresionante, la clásica española de entonces, tetona, alta, garrida... Un picador le dijo, mientras bajaba la mano hacia su miembro: “¡Quieta, poderosa!”. Es perfecto, la apología del machismo. ¡Qué bonito!"
(Camilo José Cela, en El Magazine de El Mundo, el 17 de junio de 1990).
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