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miércoles, 11 de julio de 2012

Sobresaliente general y Universidad Pública de Castilla-La Mancha

Hace semanas o meses que veía estupefacto las imágenes de la policía cargando en Grecia contra los manifestantes: a lo que ha llegado hoy un país que fue, hace siglos, la cuna del conocimiento y que, hoy, era una de los países más avanzados del mundo (según leo, hay 198 países en el mundo).

Hoy es aquí, en España, en donde la policía carga contra los que se oponen a los desahucios, contra los mineros, contra los del 15M, contra los estudiantes; pronto será contra cualquier otro colectivo: quizá un día cercano carguen los guardias civiles (son militares y no tienen derecho de huelga ni de manifestación) contra los propios policías, que son personal civil.

En octubre hará 14 años que empecé como ayudante en la Universidad de Castilla-La Mancha, en donde sigo, ahora como profesor titular. Empecé la carrera en esta misma universidad en 1989, y pertenezco a su primera promoción de ingenieros técnicos en Informática. La Escuela, en aquel entonces, bregaba por un espacio propio entre un anexo de la Escuela de ITA, el salón de actos de Magisterio y algún aulario polivalente.  Con el impulso inicial de algunos ayuntamientos (de los que surgió la iniciativa de crear la UCLM),  el tirón del gobierno regional, la colaboración del gobierno central y el esfuerzo de todos los ciudadanos, se creó la UCLM integrando en ella una serie de centros adscritos a otras universidades de Madrid y Murcia. Año a año, se fue evolucionando hacia lo que hemos tenido hasta hace poco: una universidad razonablemente buena, puntera en algunos campos y no tanto en otros, con buenos y malos estudiantes y buenos y malos profesores.

Desde luego, la creación del estado de las autonomías (que tanta multiplicación de funciones y competencias y tanto derroche ha supuesto en muchos casos), fue esencial para la creación de la Universidad Pública de Castilla-La Mancha (me encantaría que se llamase UPCLM, para reforzar siempre ese carácter de pública): si no hubiera habido gobierno regional, probablemente seguiríamos viajando a otras provincias para estudiar carrera.

Leo en la hemeroteca de El País que el presupuesto que aportó el gobierno central en 1986 fue de 1000 millones de pesetas: 6 millones de euros. Otra vez con el esfuerzo de todos, se llegó a disponer, si no recuerdo mal, de hasta 238 millones de euros en algún buen momento (quizás 2008). La calidad del profesorado mejoró progresivamente: la gente que se formó aquí como doctora conseguía acceder a plazas de titular y de catedrático en las difíciles pruebas de acreditación y habilitación nacionales, que evalúan de manera independiente y ciega a los candidatos a plazas de profesor. Se hicieron cosas malas y, en algunas partidas, se gastó probablemente más dinero del debido, pero se creó y se montó una universidad de la que, tan sólo 25 años después de su creación, uno podía sentirse bien orgulloso: en mi caso más, que la viví como alumno, como profesor después y, también, en algún cargo directivo efímero: es decir, tratando de poner mi granito de arena para llegar a lo que hemos sido.

La Universidad Pública de Castilla-La Mancha ha formado ya a una generación de ciudadanos y está ahora formando a la segunda, a los hijos de esos primeros. Gracias a esta formación de alto nivel (seguro que mejorable, pero de alto nivel), Castilla-La Mancha no se ha despoblado, la gente con más cualificación no se fue a Madrid para estudiar y, ya que estaba, encontró trabajo allí y se quedó allí a vivir, hay un cierto nivel cultural y se han instalado empresas que no lo habrían hecho sin este caladero de conocimiento.

Ahora, el gobierno regional, que tiene las competencias de educación superior, deja que todo esto se vaya desmoronando no poco a poco, sino de golpe. Y el gobierno central, además, endurece los requisitos para optar a becas de ayudas al estudio y sube los precios de matrícula. Hasta hace unos meses, un joven que estudiase ingeniería con un 5,5 de nota media y sin dinero podía acceder a una beca y estudiar, y hoy no. Hoy, ese joven necesita un 6. Un 6 no es mucho, efectivamente, pero sí podrá estudiar un joven con dinero y un 5.

Pongamos un sobresaliente (9) a todos los alumnos que aprueben la materia, suspenso a los que no, matrícula de honor a los que realmente sobresalgan. Si nos ponen las cosas difíciles a los docentes y a los alumnos, pongámoslas difíciles a los gobernantes.

[Si quieres dar a conocer la propuesta, menéala, creo que pulsando aquí :): http://www.meneame.net/story/sobresaliente-general]

jueves, 5 de julio de 2012

En la psicoanalista (II): la navaja suiza


—Nunca he sido supersticiosa, aunque ahora he leído últimamente que la religión es una forma de superstición, porque una cree en cosas sobrenaturales, en un dios o en lo que sea, y piensa que le puede ir mal en la vida eterna (la vida eterna, hay que ver, otro día si quiere hablamos de la vida eterna, no sé yo si me gustaría vivir para siempre, una debe terminar cansándose)… Le decía de la religión, que nunca he sido supersticiosa aunque sí que he sido religiosa, bastante, he ido a misa los domingos hasta hace poco, pero dejé de ir porque leí que creer en dios o en otras cosas que nunca se han visto, atribuir poderes y omnipotencia a seres así, intangibles, era una forma más de superstición, pero ¿qué le decía?
            —Me hablaba de que le puede ir mal en la vida eterna.
            —Sí, que a una le puede ir mal en la vida eterna si actúa mal en la terrenal; que puede ir al infierno y penar con el fuego para siempre en las calderas de Pedro Botero, qué barbaridad. Bueno, pues ya le digo, que jamás he creído en nada de esto, ni en los horóscopos ni en nada. Tenía una amiga periodista que cuando acabó la carrera empezó a trabajar en un periódico gratuito de barrio, aquí en Madrid, no sé en cuál, pero uno gratuito de estos que se distribuye en los bares, y a ella le encargaban, no sé si más cosas porque no me acuerdo, pero a ella le encargaban escribir el horóscopo y las cartas al director, fíjese —la paciente se rió—, qué engaño, que se lo inventaba todo: el horóscopo pues mire, escribía lo que le parecía, el de su madre siempre bueno aunque su madre no lo leía, pero ahí ella sí que tenía una superstición, que pensaba que si escribía algo malo de ella podía pasarle, y siempre Tauro entonces lo escribía como ideal, ¿me entiende?, y las cartas al director pues inventadas del todo, unas de agradecimiento o de lo que sea y otras de queja, pues yo qué sé, que si pongan un semáforo en un cruce o cosas así, eso es lo que me contaba ella.
           »¿Y de qué le hablaba? Ah, sí, de la superstición, que nunca he sido. ¿Pero y a qué venía esto…? Ah, ya, que nunca he tenido supersticiones, ni del horóscopo, ni lo de pasar por debajo de una escalera, ni del gato negro ni nada; salvo la religión, le decía, que creo ahora, porque lo leí, que es una superstición más, pero qué bien que les funciona, ¿eh?, qué bien les va a la iglesia y a los muyaidinies y a esta gente, no me diga que no. Total, que yo sí que recuerdo que de niña me dijo mi madre que si me regalaban algo cortante tenía que dar dinero, porque si no el propio objeto regalado cortaba la relación. Pues no sé: un cuchillo o unas tijeras. Hay que dar algo, aunque sea una peseta o un céntimo, algo de dinero que lo pague, para que no sea un regalo puro.
»El caso es que, claro, una tiene siempre su precaución y mire, si puede evitar pasar por debajo de una escalera en la calle, pues lo evita. No por la mala suerte, sino por que no le vaya a manchar el pintor con la pintura o a caérsele algo del que esté subido, así que si puedo rodeo la escalera y ya está. Una vez, recuerdo, que pasé por debajo de una simplemente por reforzarme en mi condición, pero cuando la atravesé no me quedé tranquila. No me pasó nada, ya ve, pero recuerdo que seguí caminando y que no me quedé tranquila hasta un rato después, cuando ya se me olvidó.
—Me hablaba de dar dinero si le regalan algo cortante.
—Sí. Tuve una vez un novio que era profesor de instituto. Se fue una vez de excursión a Suiza con sus alumnos y, bueno, me trajo de allí una navaja suiza, de estas multiusos, que todavía la tengo, con abrebotellas, sacacorchos, tijeritas, en fin, lo que tiene una navaja suiza de esas, sabrá cómo son.
—Sí, continúe.
—El caso es que fui a por él a recogerlo al autobús el día que llegaron, y ya en su casa (estuve dos años viviendo con él) deshizo la maleta y me dio el regalito. Me había traído también una blusa preciosa, me la puse a menudo y al final se fue ajando. El caso es que abrí el paquetito, ya ve usted para qué quería yo una navaja suiza, no sé, no es así como un regalo para una novia, creo yo, pero el caso es que me la dio y, bueno, yo lo acepté por supuesto y fingí lo habitual, que qué bien y que qué práctica, pero me quedé como con ese azar, con ese resquemor por lo que me había dicho mi madre cuando yo era niña.
            —Lo vamos a dejar aquí —dijo la doctora anotando algo en el cuaderno de esta paciente—, y seguimos la semana que viene.

domingo, 24 de junio de 2012

En la Psicoanalista (I): la carta


—¿Nunca ha leído en el periódico o escuchado en la radio la historia de alguna carta que ha llegado a su destino años después de haberla enviado?
            La psicoanalista no respondía nunca aquellas preguntas de sus pacientes que pudiesen desvelarles el más mínimo detalle de su vida personal. Dedicó un instante a analizar si la cuestión planteada la comprometía algo.
            —Quizás, alguna vez —respondió.
            —Hace unos años, cuando vivía en pareja, me llegó al buzón un sobre que mi entonces mujer me había enviado hacía muchos años. Tenía el matasellos de un lugar de Italia y era de cierto grosor (no era una carta de un folio, quiero decirle) y, por su tacto y su aspecto, se notaba que su contenido ya era viejo.
            »En esa época yo solía llegar primero a casa e iba preparando o recalentando la comida que tuviéramos, para que cuando Marina llegase, un poquito después, ya estuviese todo preparado y pudiéramos empezar a comer. Recuerdo que subí la escalera sonriendo. Vivía, y vivo todavía, en el primer piso, no sé si se lo había dicho ya en alguna otra sesión… El caso es que eso, que subí los escalones de dos en dos, golpeando el sobre contra la otra mano, como con prisa, no sabía si para abrirla y leerla al pasar a casa, o si dejarla cerrada para dársela a Marina cuando llegase y que fuese ella quien me la leyese.
            —Marina era su pareja de entonces, sí; pero, ¿también fue Marina quien le había remitido la carta?
            —Así es.
            —¿Mucho tiempo antes?
            —Quince años antes, fíjese.
            —Ajá. Continúe.
            —Al final decidí dejar la carta como estaba, sin abrir, en la encimera de la cocina, para que ella me la pudiera leer cuando llegase. Sería un poco como en las películas: ¿se ha fijado que, en el cine, cuando alguien recibe una carta, realmente la lee y la reproduce, y el espectador la oye, con la voz del remitente? Pues eso pensé yo: que al dársela a Marina podría vivir, por un momento, una escena de película, con ella leyéndome con su voz el texto (de amor, imaginaba) que me había escrito tantos años antes.
            El paciente, a veces, se sentía un poco ridículo cuando confesaba a la doctora manías o costumbres o gustos así como singulares, o infantiloides, pensamientos extemporáneos, como románticos o peliculeros, ideas anacrónicas. En esos momentos giraba hacia atrás la cabeza, para ver desde el diván si la doctora se reía (de él) o si hacía algún gesto de desaprobación o de entusiasmo. Pero ella siempre lo escuchaba incólume, con el mismo gesto de respetuosa atención con el que, el primer día que acudió a la consulta, lo recibió y le hizo sentarse, para que se introdujeran y conocieran, en el otro lado de la mesa. La doctora lo escuchaba siempre con un bloc de notas flexible, engomadas sus hojas por la parte superior a un trozo de papel de estraza, la hoja de portada de un tacto diferente y de color celeste y, sobre ésta, escritos con un rotulador negro grueso, sus dos apellidos, una coma y su nombre de pila. Día a día, sesión a sesión, semana tras semana, la doctora se había encargado de ir rellenándolo, inutilizando sus páginas con su escritura de esa letra tan fina y personal, tan alargada, algo inclinada, a veces tan temblorosa que parecía escrita en un tren en marcha, ilegible para un tercero. O tal vez lo contrario: tal vez esos trazos delgados, como ropa puesta a secar, no lo inutilizaban sino que le daban valor al papel que, de otro modo, habría permanecido blanco y expectante, esperando algún dibujo, un pintarrajo, una lista de la compra, una nota para dejar pegada con un imán en el frigorífico, alguna noticia o algún relato con el que justificar su existencia, como las palabras con las que ahora y desde hacía un tiempo, durante estas horas de 50 minutos, se iba poblando cada semana, capaz que con las claves de su diagnóstico.
            «¿Diagnóstico de qué?», se había preguntado el propio paciente alguna vez. Se aficionó a este tipo de psicoterapia cuando se quedó solo, después de que Marina se fuera, y lo hizo más por tener una forma adicional de pasar el tiempo que por tener consciencia de sufrir algún problema. Es más: se sentía sano cuando empezó a acudir regularmente a las sesiones de psicoanálisis. Alguno de sus amigos ya le había hablado de las bondades de esta terapia. Alguno, incluso, se había psicoanalizado más de una vez, enganchándose a ellas como el que se aficiona a una droga, empalmando unas terapias con otras sin solución de continuidad y con distintos especialistas, a los que volvían a contar los mismos episodios traumáticos o anodinos de la infancia, las peleas con su madre o con su padre, alguna visión, una escena o un diálogo de una película que escuchó de niño y que ahí se quedó, una conversación telefónica de la que fue testigo accidental, la persiana de un vecino cerrada sólo a medias, un tabique de separación demasiado delgado por el que se oía todo, otro demasiado grueso por el que sólo se oía algo. Le explicaron que estaba bien, que uno se siente mejor al salir de la consulta, como si casi cada día se deshiciese uno de una espina en la garganta o de una china en el zapato. El paciente, cuando empezó, no tenía espinas ni piedras. Había sido, hasta entonces, moderadamente feliz y no está todavía seguro de por qué optó cierto día por pedir cita para esta doctora en lugar de haber buscado tapar ese hueco horario con un gimnasio: él que, durante su juventud, había sido tan deportista.
            —Mientras preparaba la comida y ponía la mesa miraba al sobre con la carta, que había dejado un rato antes ahí, sobre la encimera de la cocina. Al ratito oí los tacones de Marina subir la escalera y aproximarse a la puerta de casa por el descansillo de la escalera. Sacó sus llaves y abrió la puerta. «¡Hola!», le dije yo.
            —Lo vamos a dejar aquí —dijo la doctora haciendo en el cuaderno una última anotación—, y seguimos la semana que viene.

[Publicado también en Hyperbole]

jueves, 26 de abril de 2012

Representación gráfica de PP y PSOE

La diferencia entre la derecha y la izquierda está, teóricamente, en que éstos apoyan más a los más pobres y aquellos más a los más ricos. Durante los años en que éramos ricos, más o menos la política del PSOE y del PP estaban centradas en torno a un punto medio, de manera que no se notaban tendencias claras ni hacia un lado ni hacia el otro.

Ahora, con la pasta volatilizada y en manos de no sé quién, se ve, efectivamente, la madera auténtica de un gobierno de derechas: subida de tasas universitarias, pago de medicamentos por parte de pensionistas, pago del transporte sanitario, subida de las pensiones por debajo del IPC, recortes en sanidad y educación, etc., etc., etc, etc.

El PSOE también hizo política de derechas: congelación de pensiones, subida del IVA (que grava a todos por igual, independientemente de su renta) en vez del IRPF, supresión del impuesto de patrimonio, más otras medidas que favorecen a las empresas más ricas, principalmente bancos (que ya he citado en este blog alguna vez y que no repito por no aburrirme a mí mismo). Algo tuvo de izquierdas, como la Ley de Dependencia.

Así, si pudiéramos representar las ideologías con círculos sobre una línea recta que una la extrema izquierda con la extrema derecha, mi opinión es que los dos grandes partidos, en este momento (y a partir de observaciones empíricas de sus respectivas formas de actuar), quedarían ubicados más o menos como en la figura siguiente: el PP, desde luego, a la derecha del centro político teórico; el PSOE con un trocito a la izquierda, pero con su ideología escorada mayormente hacia la derecha.

sábado, 21 de abril de 2012

Las jerarquías

Ya no pongo la equis en la casilla de la iglesia católica. Hace unos años marcaba las dos, porque entendía que, al fin y al cabo, parte de mis impuestos llegaría, de alguna manera, a las personas tan necesitadas a las que atiende, por ejemplo, Cáritas Diocesana. Luego una vez, en un viaje a Roma, me encontré a Rouco Varela pasando a la sala VIP de la Terminal 4 de Barajas acompañado de un obispo que alguna vez vi en la tele, no sé si uno que lo fue o que lo sigue siendo de Bilbao. Me dio tanto repelús tener ante mí a ese señor obsesionado con el aborto y el sexo y la familia, con la homosexualidad, con el condón; me dio tanta grima verlo pasar a esa sala de espera especial, tanto reparo que viajase en business quizás con mi 0,7%, que creo que en mi siguiente declaración ya dejé sólo la casilla de Otros fines de interés social.
A la iglesia, entonces, le falla la jerarquía, que hace que los indecisos, como puedo ser yo, les retiren de sus arcas el poco dinero que de otra manera les destinarían. Había un chiste viejo (me lo contaron hace mucho en pesetas): «¿Me da doscientas pesetas para la capa del cura?», y el otro le decía:  «Por cien pesetas lo capo yo». Es solamente un chiste: hay miles de curas buenos y cientos de curas menos buenos, como fontaneros, médicos o profesores de universidad.


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Pero fallan también las jerarquías del PP y del PSOE, y no sé si de los otros partidos que, por infortunio, no han tenido la suerte o la desgracia de poder gobernar.
Del PSOE porque hicieron, en los últimos años, una política totalmente de derechas, primando a los más adinerados y subiendo a todos los impuestos más injustos (el IVA, por ejemplo, que grava en la misma cuantía al más pobre y al más rico), dejando que las sociedades de inversión colectiva siguiesen pagando solamente el 1%, votando en el Parlamento en contra de la dación en pago... en fin. No sé: yo, si fuera diputado del PSOE, creo que se me habría caído la cara de vergüenza al llegar por la noche a casa y contarle a mi familia que sí, que soy de izquierdas aunque haya votado a favor de esas mierdas, no sé si con la nariz tapada.
En tiempos de Felipe González, se preguntaba Javier Krahe, en la canción Cuervo Ingenuo de aquel concierto en directo de un disco de Joaquín Sabina con Viceversa, si el PSOE «¿Es socialista, es obrero, o es español solamente? Pues tampoco cien por cien», se respondía el cantante en aquellos tiempos en los que el presidente del Gobierno cambió radicalmente de opinión y, en contra de lo prometido en la campaña electoral del 82, metió a España de lleno en la OTAN, «sí americano también, gringo ser muy absorbente». Hoy, no sé con qué otro país podríamos compartir la nacionalidad o, mejor dicho, a qué otro país podríamos haber cedido toda o parte de nuestra soberanía (¿tal vez Alemania?).
Estoy seguro de que Rubalcaba, ante el estupor de los verdaderos socialistas que pueblan sus bases, también habría aprobado el copago, los recortes de 10.000 millones de euros en Sanidad y Educación y qué sé yo qué más, y se habría justificado diciendo, como hace ahora Rajoy para explicar por qué mintió (como Felipe González), en la última campaña electoral, que «no hay dinero» y, como le dice el ministro Montoro al Gobierno de Catalunya, «es que no hay más dinero. No es tan difícil de entender».

No me gusta escribir palabrotas, pero me tienen ya hasta la coronilla todos estos rompehuevos que mienten, malgobiernan y que, con total sinceridad, creo que no deben de saber mucho ni ser demasiado inteligentes en sentido amplio (tienen sus carreras, muchos sus oposiciones dificilísimas sacadas a la primera, pero eso no garantiza demasiado a nivel emocional. Sí, quizás les falta inteligencia emocional, capacidad para ponerse en el lugar del otro), y que deben de tener poca personalidad (se dejan llevar, creo yo: en los partidos políticos no suelen triunfar los más librepensadores, sino los que, para trepar, se achantan y aceptan lo que les venga impuesto de los que antes fueron también trepas y ahora mandan: ahí están esos diputados socialistas y obreros que votaron en contra de una medida tan meridianamente izquierdosa como la dación en pago).


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Durante años, había observado que, por lo general, los gobiernos de derechas no solían trastocar las políticas más sociales de los gobiernos de izquierdas: la ley del divorcio (que se aprobó con el gobierno de UCD con la oposición -hay que joderse, oponerse a eso- de AP, el antiguo PP, que a la sazón mandaba Manuel Fraga), la ley del aborto (a la que se opuso el PP), la universalización y gratuidad de la Sanidad, la Educación igual y gratuita (qué bonito escribir con mayúscula inicial palabras cono Sanidad, Educación o Libertad), la ley o la modificación de la ley para aceptar el matrimonio homosexual (que el PP tiene recurrida al Tribunal Constitucional), la ley de dependencia...
Ahora, parece que sí, se ve realmente el calado y la ideología reales del gobierno de "centro-derecha" (así han llamado alguna vez a su espectro político) del popular party. Igual habría sido, estoy convencido, con el socialista, tan vendido en los últimos tiempos al capital y a los extremadamenteRicos, que son quienes mandan. Tal vez les ha venido bien, a los dos, la necesidad o la imposición de recortar gastos para desvelar cuál es el auténtico calado de su ideología antisocial.


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Fallan las jerarquías de todo y no las bases, o eso creo o quiero creer. ¿Yo o tú, improbable lector, dejaríamos si gobernáramos que nos dieran como y por donde nos están dando?

martes, 17 de abril de 2012

Bribón, con b de Borbón

Procuro escribir sin faltas de ortografía, y creo que me defiendo y controlo bien el tema de las haches, las bes, las uves y las tildes. Dudo a veces acerca de alguna mayúscula, como cuando me refiero al idioma inglés, que no sé si es inglés o Inglés. A fines de 2010, la Real Academia Española modificó algunas normas que me han parecido un poco absurdas, como el hecho de que haya que escribir, ahora, el prefijo "ex" junto a la palabra de la que se quiere decir que "ya no es": así, se debe escribir exministro en lugar de ex ministro, y expreso en lugar de ex preso si nos referimos a alguien que estuvo en la cárcel y que ahora, tal vez, realiza un viaje largo en un tren expreso y pide un café expreso en su vagón-cafetería, que no sé si se escribe o no con guion (y no guión, por cierto, aunque la palabra resulte mucho más sonora y natural con su tilde en la o). Igual que el solo de solamente, que tampoco la requiere casi ya ni en caso de duda. Una vez fui con un amigo a una cafetería; éste estaba jodido del estómago y no quería nada. El camarero debía de ser unos de esos JASP de aquel anuncio del Renault Clio que hubo hace unos años, Jóvenes, Aunque Sobradamente Preparados, que tanto abundan ahora, capaz que con alguna ingeniería, tal vez unos cursos de doctorado y uno o dos idiomas:
—Por favor —pedí al camarero—, un café solo. 
—¿Y para el señor? —preguntó, mirando a mi amigo.
—Perdón —intervine de nuevo—, un café sólo, quise decir.
—Marchando —contestó.


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Entre esas nuevas normas, y como anticipándose a estos días de hoy, en las que pocas ganas tenemos de poner mayúscula inicial a quien no se lo merece, se aconseja ahora escribir rey con minúscula y no con mayúscula, y también reina y príncipe, del mismo modo en que se escriben otros nombres comunes, como elefante, yerno, cuñado o escopeta.

De la reina, dice Sabina en una canción que «hay que ver lo que manda esa buena mujer en la corte»: igual que su marido se quedó en Botsuana de caza cuando el nieto se disparó en el pie y no fue a verlo, ella se quedó en Grecia con su familia cuando al rey lo ingresaron en el hospital, después de que se partiera la cadera en esa «caída accidental», dedicándole, a su regreso, una visita de apenas diez minutos que acaso (no lo sabremos, igual que no habríamos sabido que este señor estaba de caza si no llega a ser por su accidente) no llegó a producirse: como en otros matrimonios antiguos, y más en este, que no sé si fue de conveniencia o si se produjo de veras por auténtico amor, es posible que los cónyuges apenas se hablen, pero prefieran mantener la apariencia y seguir fingiendo que entre ellos sigue habiendo algo que, quizás, no haya existido nunca.


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Estaba fuera, de viaje, un poco desconectado, cuando alguien vino y me contó que el rey se había caído cazando y lo habían tenido que traer en un vuelo privado para que le operasen la cadera y le pusieran una prótesis. Charlaba de pie, tomando una cerveza en casa de una amiga, cuando este chico me lo contó, y me quedé sonriendo, mirándole, expectante, esperando el chiste que, sin duda, debía venir: acababa alguien de contarme el de Urdangarín y Froilán, que salen corriendo perseguidos por la guardia civil (¿Guardia Civil?), y pensé que este era el inicio de un nuevo relato de coña.


—Que no —me dijo—, que te juro que es cierto. —Y fue entonces cuando miré el Twitter y vi que, en efecto, así era: que de Borbón y Borbón se había caído o había tropezado por una escalera durante un viaje privado (quizás pagado con esa asignación tan "transparente" que le damos todos, quizás invitado por algún tercero) y se había roto la cadera por tres partes. 

Salí entonces y compré el periódico, y venía en El País la fotografía del rey que he escaneado y colocado aquí y que me recordó a Robocop: se dibujan, como en una especie de radiografía, las piezas artificiales de su anatomía y, con círculos, los lugares en los que conocemos que ha sufrido algún tipo de lesión, como el ojo izquierdo, que parece, ataviado como está con ese traje de pingüino y bastón de Antonio Gala, más un monóculo que se le puede caer en cualquier momento. 



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Para mí que el rey debería renunciar ya de una vez al cargo que le hemos permitido entre todos durante todos estos años y dejar el puesto a su hijo Flipe. Éste, entonces, debería tomar de manera inmediata la iniciativa para, sin prisa pero sin pausa (o, mejor, con prisa y sin pausa), abrir el paso hacia un Estado republicano, abandonar con dignidad la Monarquía y permanecer así en el recuerdo y en la Historia como un tipo honesto y coherente, demócrata como dice que es.