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martes, 11 de mayo de 2010

La farsa monea


En una película ambientada en la Segunda Guerra Mundial y que, según recuerdo, está basada en hechos reales, un grupo de judíos internados en un campo de concentración alemán se dedican, bajo la vigilancia estricta de las SS, a tratar de reproducir, con la mayor precisión posible, billetes de libras esterlinas. El objetivo del Gobierno alemán es introducir en Gran Bretaña moneda falsa de manera masiva y, de este modo, hundir su economía.
Las devaluaciones de moneda consisten más o menos en eso: para conseguir que la moneda de uno valga menos y, de este modo, los extranjeros se gasten más en el país, se reparten billetes a diestro y siniestro y, al disponer todos de más cantidad de dinero, el valor real de la moneda disminuye.
Como ni España ni Grecia tienen ya el control sobre las inexistentes peseta y dracma, tomar una medida de este tipo les resulta imposible. Cualquiera de los dos gobiernos, que tienen las rotativas de fabricar billetes por ahí en algún sótano, podría dedicarse a emitir billetes de euro y a dejarlos caer desde un avión sin decir nada a sus socios europeos; cualquiera de los dos países, no obstante, quedaría muy mal si esta medida desesperada llegara a descubrirse.
Por otro lado, la falsificación de moneda que pueda hacer un individuo desde su propia casa no afecta demasiado al conjunto de la economía y, sin embargo, sí que puede resolver sus asuntos domésticos más urgentes. Desde que empezó la crisis, hacia el 20 o 22 de cada mes me pongo en marcha y hago mis propias fotocopias de billetes de 10 y 20 euros para las pequeñas compras. El proceso es sencillo: se coloca el billete en el cristal de la fotocopiadora; después, con la misma precisión con la que el dependiente de la papelería nos hace una fotocopia del DNI, introduciendo dos veces el mismo folio por la boca de alimentación y dándole la vuelta al documento para que ambas caras coincidan, uno también recoloca el billete para que su anverso y su reverso concuerden. Finalmente se arruga el folio para darle un aspecto de billete usado, se recorta con cuidado y se sale a la calle para hacer uso de él.
Todo esto me funcionó hasta el otro día: los rodillos de mi impresora multifunción, que imprime, fotocopia y escanea comenzaban ya a dar la lata: el papel se atascaba con frecuencia, los folios se descolocaban al meterse y entraban en diagonal… así que fui a la tienda y, usando las últimas fotocopias que me había hecho, compré un aparato nuevo y deposité el antiguo en el punto limpio. Lo instalé con ilusión en el ordenador, imprimí esa primera página de prueba que sirve para comprobar la corrección de la instalación e inicié el proceso que he descrito arriba. Pulsé por fin el botón de fotocopiar, a ver qué tal salía, y observé desconcertado que la nueva impresora detectaba mis insanas intenciones y me devolvía medio billete de 20 euros en lugar del completo. Además, me invitaba a visitar una página web: www.rulesforuse.org, en donde el Grupo de Bancos Centrales de Disuasión de las Falsificaciones (Central Bank Counterfeit Deterrence Group) describe las normas para poder reproducir billetes: «Como la farsa monea, que de mano en mano va / Y ninguno se la que’a».

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