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martes, 7 de febrero de 2012

Mi vida en las antípodas


Hacía tiempo que había leído el cuento de los antípodas. Cada persona tiene un antípoda que, en cada momento, se encuentra exactamente, sobre el globo terráqueo, en el punto opuesto al de uno mismo, moviéndose con él consensuadamente, hacia el este si uno avanza hacia el oeste, hacia el norte si uno va al sur, de modo que los dos se mantienen siempre unidos por una línea imaginaria que pasa por el centro de la Tierra, resultando imposible que los dos se encuentren en ningún momento, porque el uno se aleja cuando el otro se acerca, como en una persecución absurda e infinita.
            Leí aquel cuento, que me entretuvo, y años después he recordado el momento en que, metido en la cama, terminé su lectura y cerré el librito que lo contenía, lo dejé en la mesita de noche y apagué la luz y pasé unos minutos (lo que tardé en dormirme) ilusionado con el pensamiento de que ojalá pudiera ser cierto que yo tuviera por ahí, en el lugar más alejado, un reflejo, otro hombrecillo que estaría en este momento sentado en su sillón escribiendo en un cuaderno negro, como yo ahora; pero, claro, él en sus noches velaría mis días, y mis noches de sueño lo obligarían a dormir también durante sus horas de luz porque, según el cuento, el antípoda repite los pasos y las pausas de su álter ego, se viste a la misma hora, camina y se sienta a la vez; pero la Tierra no es simétrica, el hemisferio sur no es una imagen especular del hemisferio norte, ni España es igual en forma que Nueva Zelanda, no hay en aquellas tierras correspondencia con el Finisterre de aquí, que equivale en aquella latitud a un punto incierto y profundo del Océano Pacífico, y yo estuve en ese lugar gallego hace apenas un mes, dos días además, y dudo que ese tipo se mantuviera anclado o navegando por esa zona durante aquel mismo periodo. Así que no existe el antípoda, pero el relato me resultó agradable y deseable, me distrajo aquel rato, y me dormí esa noche imaginando la dificultad de disponer de un planeta simétrico, porque sería una simetría no de España arriba y añapsE directamente debajo, a la misma distancia del ecuador, encuadrados ambos países entre los dos mismos meridianos, el de Greenwich que pasa por Tarragona, y el que está más a la izquierda, hacia poniente, que cruza Galicia y deja precisamente Finisterre aún más allá en occidente, o en oriente en ese espejo imposible, sino en el lado contrario, en el punto diametralmente opuesto que correspondiera, entre los 170º y los 180º, veinte grados al sur del Trópico de Capricornio.
            Por mi trabajo viajo mucho. Escribo papers que voy mandando a congresos y que me van aceptando. Si el progreso de la ciencia dependiera de mí, iríamos dados, viviríamos todavía en la Edad de Piedra, pero el caso es que los voy presentando unas veces por aquí y otras veces acullá, allende los mares. Con este pretexto he viajado por Europa, por Asia y América, por el sur de África, pero nunca había estado en Oceanía, el quinto continente según la enumeración que aprendí de pequeño y que todavía recuerdo. Pero bueno, me aceptaron en una conferencia de Auckland un refrito de un trabajo que me habían rechazado en algún otro lugar, y allá que me fui, a explicar a unos asistentes medio dormidos, y dudo que interesados, la propuesta que yo hacía sobre un algoritmo para el reconocimiento de rostros. Incluso de perfil, mi programa es capaz de identificar a un individuo del que sólo conociera su imagen frontal. No explicaré aquí cómo lo hago, sería tedioso e impropio, pero sí les comentaré que se basa en la comparación de doscientos puntos del rostro, que en cada persona se encuentran distribuidos de forma diferente. Si la imagen conocida es frontal y se le presenta, para reconocer, una de perfil, el algoritmo realiza unos cálculos a partir de los puntos de referencia, hace unas traslaciones y giros y etcétera, etcétera, ya les he dicho que no se lo voy a contar.
            Si se lo contara, además, podrían reconocerme, cuando uno de los requisitos de este certamen es el mantenimiento del anonimato, así que los miembros del jurado podrían saber que yo soy ese profesor viajero que investiga en temas de reconocimiento de rostros. Me faltaría poner el grant, con el código del proyecto cicyt que me subvenciona, desde hace casi tres años, estos viajes y trabajos.
            Fui a Nueva Zelanda, en efecto, y me encontré en el hotel del congreso a unos tipos que me reconocieron. «Píter», me dijeron, «¿no estabas en España?». «Ai am not Píter», les contesté, y les dije a continuación que Ai am mi nombre, que no reproduzco aquí por el tema de la salvaguarda de mi identidad. Como continuaban incrédulos, les mostré mi pasaporte español con mi filiación completa, mis sellos de los visados de entrada y salida a países diversos, una foto de cartera con mi mujer y mis hijos, les señalé mi nombre impreso en los proceedings, mi tarjeta ¿inteligente? de esta universidad y no de otra, y me juraron y perjuraron que yo era exactamente igual que esotro hombre que debía de andar deambulando por la Bienal de Física, que se ha celebrado ahora en mi mismo campus.
            Aunque mi inglés técnico es el robótico y no el físico ni el anatómico, entendí que mi otro yo se encontraba en Ciudad Real, contando sus avances sobre el mejor conocimiento del origen del mundo y su Big Bang, obtenidos o deducidos o inducidos gracias a la Teoría de la Sístole y la Diástole, otro cuento que yo también conocía y que afirma que, en efecto, el universo está en continua expansión y contracción, como un corazón, sólo que a otro ritmo, y que al contraerse y llegar nuevamente la materia a estar concentrada en un punto más pequeño que un camello, digo, que el ojo de una guja, vuelve nuevamente a producirse la gran explosión, y vuelven otra vez los átomos y las partículas a separarse exactamente de la misma forma que en el anterior origen de los tiempos, de manera que todo es previsible y todo se repite, y todo el mundo puede bañarse, y de hecho se baña, tras un ciclo sistodiastólico completo, dos veces en la misma agua, a pesar de lo que dijera Heráclito de Éfeso, de suerte que estos laaaargos periodos de estirar la materia hasta que no da más de sí y llega a sus límites elásticos, para retrocederla y regresarla de nuevo a la misma bolita diminuta de infinita densidad, son ya un relato repetido de la ida y la vuelta, una película que avanzamos con el FF y que rebobinamos con el REV, como un Charlot manipulando la cadena de montaje marcha “alante” y marcha atrás en los Tiempos Modernos, un Harold Lloyd escalando primero y descendiendo después, agarrado a la aguja del reloj de la torre, tan rudimentarios pero tan eficientes los trucos del cine mudo de principios de siglo, del siglo pasado, tan rudimentarios los trucos de la naturaleza o de la física, que nos hacen repetir, a saber desde cuándo, los mismos movimientos, las mismas historias, a enamorarnos una y otra vez de las mismas personas, condenándonos, aunque conozcamos la Historia, a repetir una y otra vez los errores del pasado, que también son los del futuro, algo parecido a las aventuras de un personaje de cuento que se imaginaron y se escribieron una vez, pero que son reproducidas cada vez que un lector improbable abre el libro y las relee.
            Cuando regresé a España, mis amigos del trabajo me habían visto allí, o aquí, durante mi ausencia, a un hombre igual que yo que hablaba un inglés perfecto con un fuerte acento, un neozelandés que les mostró sus documentos y una foto incluso de su familia, un clon, un antípoda, y que salió nuevamente hacia su país el día que yo regresaba al mío.
            De modo que hay un hombre por ahí que se mueve cuando yo y que trabaja en temas que guardan una semejanza cierta con los asuntos que me han llevado a saber de su existencia, y a él de la mía, o así al menos lo entiendo yo: el ir y venir continuos, la imposibilidad de encontrarse, si yo voy él viene, si esto se agranda luego se achica.
            A la misma vez y desde los extremos de nuestro diámetro, nuestra idéntica curiosidad nos llevó a escribirnos un correo electrónico en el que dábamos cuenta de nuestros sucesos idénticos, y que recibimos nada más enviar el nuestro respectivo. Los dos sonreímos, o así lo supongo porque yo sí lo hice, y empezamos a escribir los mensajes de respuesta, elaborando con nuestros dedos rápidos melodías complementarias de sonidos de teclado, clac-clac-clac. «Puedo viajar a tu país e ir a verte», le dije en uno; «I can go to your country to meet you», me escribió él. Como el inicio de nuestros actos, su transcurrir y sus momentos de fin siempre coincidían con una simultaneidad enojosa, tratábamos los dos de parar al otro, de anticiparnos a mi/su escritura, de adelantarnos, de pensar antes que el contrario y tomar la iniciativa del encuentro forzando al antípoda a que aguardara, o a que viajara, pero los dos procedíamos exactamente en el mismo instante, más temprano o más tardío, sin posibilidad por tanto de actuar de forma asincrónica. Tras unos intentos infructuosos de descoordinarnos dejamos el asunto por imposible: lo sé porque nos informamos de ello en el mismo momento. Le hablé de esto a mi mujer, y él a la suya, y unos meses más tarde aproveché una baja laboral causada por una afonía (grito demasiado en clase, hablo fuerte y descuidadamente, no hice aquel curso sobre el uso de la voz en el aula), y me fui a su país a darle la sorpresa. Recorrí las calles de su ciudad en orden inverso, doblando a la derecha cuando en la mía giraba a la izquierda, y entonces llamé a la puerta de su casa y besé a su mujer, que me había abierto con cara de sorpresa, haciéndome en España (no a mí, sino a mi reflejo, que había salido a buscarme), mientras él, sin duda, besaba a la mía, que lo recibió, igualmente, imposibilitado para el habla durante unos días.

lunes, 6 de febrero de 2012

Difícil que ocurra

¿Lo prefieres en cómic?


Cuando destruyó por fin a la humanidad, labor en la que empleó tres horas, porque fue dando navajazos y entonces se retrasó un poco, el Doctor Peterson marchó andando hasta la isla desierta, por encima de los cientos de millones de cadáveres que flotaban en las aguas del océano.
Niveló sobre el suelo la camilla que había llevado con él, poniéndole la rótula de un varón de seis meses bajo una pata, para evitar que quedase coja.
Antes de abrirse, se pinchó en un dedo con una aguja oxidada que siempre llevaba y, apretándose, depositó sus cinco litros de sangre en una urna transparente, como las que se usan en las heladerías para elaborar limón y naranja granizados. Las aspas del ingenio daban vueltas, enchufado éste como estaba a la palmera que daba sombra, y se impedía así que se coagulase el rojo líquido.
El Doctor Peterson estaba ahora pálido, palidísimo, y se subió a la camilla para tenderse en ella. Se quitó la camisa y sacó un bisturí que guardaba en una gran herida abierta que conservaba sin cicatrizar desde su juventud. Comprobó sobre sus venas vacías de la muñeca que estaba afilado, y procedió entonces a partirse en dos mitades, una por encima y otra por debajo del ombligo. Se tuvo que ayudar de una maza y un cortafríos para romperse una vértebra de la columna que molestaba, porque ofrecía mucha resistencia a la delgada hoja del bisturí.
Tras seccionarse, se cortó un trozo de hígado que, con el despiste, le había quedado solo y separado en la mitad inferior. Lo cogió con dos dedos y se lo colocó en el lugar que le correspondía, asegurándose de que no se caería con unas gotas de pegamento que encontró en la arena de aquella isla que nunca nadie había pisado antes.
Colocó su tronco, apoyándose en los nudillos de las manos, entre sus piernas, y despojó a esta mitad de los pantalones y de la ropa interior. Al tirar de ellos cayó al suelo, y la base seccionada de su tronco se rebozó en arena y pajitas. Dio un coletazo con el estómago y volvió a la posición que ocupaba sobre la camilla.
Empezó entonces a maniobrar en su mitad inferior y consiguió, en seis segundos, la cantidad de semen que consideró suficiente: habría bastante con medio litro. Puso unas gotas sobre una mano y depositó el resto en una botella que pintó en la tierra, y la guardó en un frigorífico que por allí había.
Luego apartó un poco los intestinos delgado y grueso, escupió unos óvulos que llevaba en la boca y que arrancó al cadáver de una mujer que encontró en el camino y se los depositó en su interior. Los empapó bien con el semen de la mano y, tras secarse los restos de líquido en su cabellera de hombre algo excéntrico, comenzó a moverse para encajar sus dos mitades y quedar como antes. Se rodeó la cintura, a la altura de la inmensa raja sin fin que se había hecho, con papel celo que, previsoramente, había llevado con él. Por si acaso no tenía resistencia suficiente, colocó ocho grapas a su alrededor, poniendo cada una a cuarenta y cinco grados de la anterior.
Después sorbió su sangre con el canuto de un boli que llevaba en la bata. Estaba fresquita por la acción refrigerante del aparato. Dio un golpe al cocotero y propinó una serie de patadas a las hojas de la piña tropical que cayó de él, que se estiraron y tomaron forma de canoa, con lo que el Doctor Peterson pudo regresar al continente, porque las pirañas y los camarones habían acabado con los cadáveres y no había manera de regresar andando.
Dos meses después de aquello, y merced a un procedimiento acelerador que sólo el Doctor Peterson conocía (y que consistía en tomarse una bolita de mierda de oveja antes de cada comida, y ayudarla a bajar con un vaso grande lleno de gasolina sin plomo, porque la otra perjudica al riñón) el científico dio a luz a todo un joven con la mili hecha, y ya ingeniero.
En varias ocasiones regresó a la isla a repetir el experimento, pero como no siempre deseaba partirse por el mismo sitio, a veces se seccionaba verticalmente en mitad izquierda y mitad derecha, otras veces oblicuamente, y una vez hasta en cuatro trozos, para experimentar la sensación de hacerse cosquillas en los pies con un brazo suelto y ver con una mitad de la cabeza cómo se reía la otra. Gracias a su inteligente método de autoinseminación continuó la existencia de la especie humana unos años más.

martes, 2 de septiembre de 2008

Ha muerto mi biógrafo

Cuando estuve con mi larga enfermedad, mi biógrafo acudió a mi lecho hospitalario y me mostró el texto que había compuesto para la necrológica que publicaría en el periódico. Los médicos no me daban más que unas pocas semanas, pero como yo siempre había perseverado en la idea de que uno puedo prolongar cuanto quiera el momento de su muerte sin más que desear que no se agote la vida (es decir, sin pensar ni pronunciar el “ya” definitivo, sin dejar que el agotamiento nos cierre los ojos con el convencimiento de que no volveremos a abrirlos), me mantuve durante meses en el último trance, más para allá que para acá, pero con un pie aquí, consiguiendo que se extinguiese, por su propia naturaleza finita, la enfermedad que me acechaba. Así, un día me encontré totalmente recuperado y sin la necesidad de recibir en mi vena la medicación que me había ayudado a mantenerme consciente, y me desenchufé la vía del goteo y me puse de pie.

—Doctor —le dije a mi médico—, me marcho a casa.

Pasados los años, conservo en mi archivo el papel ya amarillento con aquel texto al que di el visto bueno, y que estuvo varios días, acechando a que yo expirase, a la espera de ser engullido por la rotativa del periódico. Mi biógrafo, cincuenta años más joven que yo, relataba mis correrías (que yo había inventado para él cuando, al poco de de dejar su adolescencia, se acercó a la Plaza del Pilar para preguntarnos con curiosidad a unos cuantos jubilados, últimos testigos del pasado reciente que a él le interesaba, y que allí entreteníamos las mañanas) en la retaguardia y en la resistencia, mis labores de espionaje, mi posterior captura, las dos condenas a muerte que se me impusieron en juicio sumario, mi ingreso en un campo de concentración y mi posterior fuga, el regreso a mi país mucho tiempo después y el reconocimiento que se me dio como intelectual exiliado. Me convertí para él, de este modo, en un personaje novelable, destacable, mencionable, pequeño héroe local. En sus últimas líneas, el texto da una descripción de mis días finales en ese hospital, con una zona pendiente de ser rellenada con la fecha de mi muerte que no llegaba.

Con mi afán de vivir, su vida ha quedado circunscrita a unos paréntesis que se abren y se cierran dentro de la mía, que la ha acotado por arriba y por abajo, pero también a la de sus hijos y a la de sus nietos, a los que he sobrevivido. Tan anciano soy, que mi cuerpo y mis neuronas no sabían ya cómo continuar envejeciendo, y mi pelo ha vuelto a ser negro y a crecer fuerte, mi tez ha recuperado el brillo y el lustre; mi rostro, el vello moreno, y tengo ahora una novia joven a la que contento.

Hace tanto tiempo que murió ese chico que ya nadie recuerda los hechos históricos que acontecieron en su época, por lo que puedo tergiversarlos y decir que gobernaba tal hombre cuando lo que hubo fue anarquía, o que cayó tal muro cuando lo que pasó es que se levantó este otro. He mandado al periódico el texto que él confeccionó para mi memoria relatando mis mentiras, pero lo he adaptado a él, colocando su nombre y sus dos apellidos, y en él destaco las anécdotas y virtudes que él me atribuyó sin corresponderme. Está fuera de fecha, pero lo he escrito como una esquela de recuerdo, y al final ruego una oración por su alma en su centésimo aniversario.

Mi larga experiencia

En una novela que leí en mi juventud aparecía un personaje viajero, que había recorrido los cinco continentes y los siete mares, rondando siempre de acá para allá, codeándose con personalidades importantes y con los más humildes, y que había yacido en muchos lugares con mujeres de todas las razas. Acodados en la barra de un local, que desde el recuerdo imagino que debía de ser un café de intelectuales o quizás una taberna mísera, le contaba este resumen de su vida a otro personaje de la misma historia, y terminaba diciéndole que un catedrático amigo suyo le había sacado, a partir de esta biografía, quinientos años de experiencia. Yo, probablemente, acumulo mucha más.

Se trata de mis noches. Por la mañana despierto agotado, como si me hubieran dado una gran paliza, porque ocurre que cada vez que me acuesto y concilio el sueño y comienzo a soñar, paso las ocho horas viviendo e imaginando una vida completa, desde el nacimiento hasta la muerte, y suelen coincidir los pitidos de mi despertador con el momento en que expiro, a veces solo en una isla desierta en la que he pasado veinte años como un Robinsón Crusoe, a veces observado por una viuda y unos hijos que me han adorado durante cuarenta años.

Así, ocho horas me equivalen a una media de setenta años, con lo que cada hora que paso dormido me cunde como nueve años. El tiempo ordinario y consciente, durante la luz del día, me pasa entonces muy lento, y me aburre la vida, porque los expedientes que resuelvo en una sola jornada en el negociado en el que tengo mi plaza los tramito por las noches, cuando la casualidad me otorga el mismo trabajo, en cuestión de segundos.

En mis sueños suelo ser una persona corriente, un ciudadano normal, con una vida tan anodina y tan gris como la que desempeño de manera auténtica, pero he sido marino y aviador, centurión romano y gran estadista. A veces intento prolongar el sueño algunos minutos más, para ver a mi cadáver descomponerse, identificar en el velorio a los que me lloran, determinar qué personas acuden a mi entierro y qué otras no lo hacen, pero lo único que consigo es alargar el momento mismo de la muerte, con el sufrimiento que conlleva, el paseo por el túnel con la luz blanca al fondo y las paredes estampadas con las imágenes de la vida. Las retengo todas y las voy anotando, y también tengo almacenadas en cintas magnetofónicas las descripciones de tantos amigos y enemigos como he tenido, de los lugares que he visitado. En ocasiones me ocurre, en mi vida real, que me cruzo por la calle con algún hombre que se parece a otro al que he conocido durante las noches, y lo saludo con entusiasmo, e incluso le pregunto que qué tal lo suyo, que cómo resultó aquel asunto en el que me contó que se hallaba inmerso. La línea que separa la verdad de la mentira es, por tanto, delgada y difusa, y ya no estoy seguro de si la vida es sueño.

En alguna ocasión soñé también otra vida durante otro sueño: al dormirme soñé que nacía y crecía y, siendo ya maduro, me vi dormirme y comenzar a soñar otra vida completa. Sé que desperté de alguno de esos dos sueños, pero no sé si del más profundo o de aquel en el que me sumí desde la vida, y entonces ahora no sé si esto que escribo lo hago sobre un papel tangible, o sobre otro que desaparecerá cuando despierte.

«Contándole a un catedrático historiador el camino que llevo andado desde los valles a la ciudad, en esta misma taberna, ante testigos, me sacó quinientos años de experiencia». (Luis Landero, en Juegos de la Edad Tardía).

Publicado en El Día

jueves, 10 de julio de 2008

Señor Picazo

Hace años dejé mi país, Chile, para tomar un vuelo transoceánico que me trajera a España. Estaba invitado para participar, dando una charla, en uno de los congresos más importantes de mi especialidad. Por la mañana, antes del viaje, me encontraba terminando algunas gestiones en mi universidad, a toda prisa, porque iba a estar quince días en esta orilla y quería dejarles todo atado y bien atado a los miembros de mi equipo de investigación. Con tanto correr, esa mañana preferí utilizar las escaleras en lugar de los ascensores, a los que hay esperar, y mi pie patinó al bajar un peldaño y me torcí un tobillo. El pie se me puso como una bota y anduve cojeando a partir de ese momento; por unos minutos me planteé anular mi viaje y quedarme en Santiago. Pero como la vida apenas te repite la posibilidad de viajar lejos y de ser bien recibido, y como el vuelo salía tres horas después, preferí venir a España, en donde ya habría tiempo de acudir a un hospital en el que se me pudiera poner una escayola o un poco de venda.

Sentado ya en el avión, coincidí con el Dr. Picazo, a quien no conocía. Los dos habíamos pedido el asiento que hay junto a la salida de emergencia, porque hay más espacio para estirar las piernas. «Es que esta mañana me he hecho un esguince y me duele muchísimo», le dije, «y no quería forzarme a llevar las piernas encogidas y pegadas al asiento delantero». «Pues yo puedo quitarle el dolor en treinta segundos», me dijo. El Dr. Picazo tomó un bolígrafo y operó con él sobre la primera falange de mi dedo corazón. El dolor desapareció del todo, esto es cierto, aunque la hinchazón se mantuvo. «La lesión sigue existiendo, tenga cuidado», me advirtió. Picazo me dio una tarjeta de su clínica de medicina natural en Buenos Aires: «Voy a España a montar otra en Madrid», explicó, «y tal vez más adelante instale otra en Barcelona».

Un rato después la tripulación solicitó un médico para algún pasajero de primera clase, que estaría sentado y maltrecho más allá de las cortinillas que nos ocultan, a los de turista, los placeres y las bacanales que se viven en business. El Dr. Picazo se fue para allá, a atender al paciente, olvidándose en su plaza su billetero con su pasaporte, su tarjeta de embarque y, pegada a ésta, la pegatina que identifica su equipaje con un código de barras. Picazo no había vuelto cuando el avión aterrizó en Madrid. Estuve tentado de advertirlo a algún tripulante, pero la aeronave ya se encontraba detenida y los pasajeros se arremolinaban por los pasillos buscando en los compartimentos portaequipajes sus objetos personales. Tomé su documentación con la intención de entregársela en la zona de recogida de maletas. Él había descendido antes que yo, y lo vi junto a la cinta transportadora, rebuscándose sin fruto en los bolsillos de su pantalón. Lo llamé por su nombre, pero mi grito se confundió con los avisos bilingües de la megafonía, y no me oyó. Picazo preguntó a un policía, que supongo le indicaría un camino para regresar al avión a recoger sus cosas. En ese momento advertí que también yo había olvidado mis papeles en mi asiento, incluyendo el texto de mi conferencia, que llevé con la intención de repasar durante el vuelo, y, pensando de nuevo que la vida te ofrece esta oportunidad solamente una vez, rebusqué por la cinta la maleta de Picazo y salí con ella.

Atravesé sin problemas el control policial: el agente se daría por satisfecho al comprobar que tanto Picazo como yo teníamos bigote, él en la foto del pasaporte y yo en la realidad en aquella época. Al salir al pasillo de Llegadas, un hombre me esperaba portando un cartel con mi nombre: «Señor Polo». Cerca de él, otro esperaba a mi álter ego: «Señor Picazo». Me fui con éste.
De estoe acuerdo tácito hace ya quince años. Escribo desde el despacho que tengo en la clínica que he abierto en Bilbao. A Picazo lo contrataron en la universidad a la que yo viene a impartir una charla. A veces nos escribimos correos electrónicos. Los dos seguimos bien. Creo que él ahora escribe una columna a la semana en un diario local.

lunes, 30 de junio de 2008

Mis breves conversaciones

Tenía un amigo americano, con quien no me hablo desde hace años, que mancilló en mi juventud el honor y el orgullo que yo sentía por ser español. Sostenía este joven (hoy ya un hombre hecho y derecho, investigador famoso y reconocido, al que se invita como conferenciante a los mejores congresos, y por cuya presencia en los comités editoriales se pelean las mejores revistas científicas) que las razones del atraso científico de nuestro país no podían resolverse aumentando el porcentaje de I+D, ni trayendo del extranjero a los mejores profesores, ni limitando el acceso a los estudios universitarios sólo a los alumnos que tuvieran las mejores calificaciones en el bachillerato.

Todo esto me lo dijo en un debate intenso que tuvimos en la cafetería del Departamento de Informática, en los últimos días de una estancia posdoctoral que realicé bajo la supervisión del Dr. Dietrich Forrester, uno de los principales referentes mundiales en codificación y transmisión de la información, y el cual le había dirigido a mi amigo la tesis doctoral, y que había tenido también la amabilidad de acogerme durante ocho meses para completar mi formación en el área en la que, veinte años después, sigo investigando.

Las razones que aducía de nuestro peor nivel científico se encontraban, ni más ni menos, que en la naturaleza de nuestro propio idioma, el de los inmortales Cervantes y García Márquez. Sostenía mi colega que los españoles necesitamos demasiadas palabras y demasiado tiempo para decir lo que en inglés se expresa con mucha mayor brevedad, y que el exceso de tiempo que dedicamos a hilar tan largas frases, a hacer concordar el género y número de los verbos con el género y el número de los sustantivos, a pronunciar los interminables adverbios terminados en -mente, ellos lo dedican a pensar, a inventar, a discurrir, y de ahí su superioridad en los campos de la tecnología y de la ciencia.

A los pocos días, como ya digo, abandoné los Estados Unidos y regresé a España. Recuerdo que, en la primera noche de jet-lag, me quedé hasta tarde viendo en la segunda cadena una película subtitulada. Efectivamente, lo que los actores de habla inglesa expresaban en escasos segundos, requería bastantes líneas de texto en español en la parte inferior de la pantalla: de hecho, cuando el actor o la actriz terminaban de hablar, yo seguía aun leyendo su traducción al castellano.
Luego, como suele pasar cuando te llega la edad, me casé. Mis años de matrimonio han sido muy felices, y lo único que los ha perturbado ha sido mi obsesión por aprovechar el tiempo dedicando menos a la transmisión de mensajes. Mi mujer ha sabido apoyarme y comprenderme en esta neurosis, y ha aplicado conmigo los principios de compresión de la información que estudié en la carrera. Estos principios son los mismos que usted, sin saberlo, aplica cuando utiliza algún programa de su ordenador para comprimir un archivo y, empaquetado todo en un zip o en un rar, le disminuye el tamaño: luego, puede restaurarlo a su tamaño original sin haber perdido un ápice de información. Es decir, que se guarda lo mismo en menos espacio.

Estos mecanismos proceden de ciertos algoritmos de codificación de la información, como los de Shannon o Huffman. No abundaremos en los detalles técnicos; pero, para ejemplificar y que ustedes me entiendan y comprendan mi historia, aplicaremos una sencilla variante al célebre poema de Federico García Lorca:

Verde que te quiero verde. / Verde viento. Verdes ramas. / El barco sobre la mar / y el caballo en la montaña. / Con la sombra en la cintura / ella sueña en su baranda, / verde carne, pelo verde, / con ojos de fría plata.
Verde que te quiero verde. / Bajo la luna gitana, / las cosas la están mirando / y ella no puede mirarlas.

Lo que haremos para ahorrar espacio será asignar un código a cada palabra. A aquellas que más se repiten le asignamos uno de muy poca longitud, y dejamos los códigos más largos para los que menos veces aparecen: en el texto anterior, verde aparece siete veces; la, seis; en, tres; luego, varias palabras aparecen dos veces, y otras varias aparecen una sola vez. Los programas de ordenador que ya he mencionado funcionan más o menos así, pero introducen en su forma de funcionamiento logaritmos, funciones matemáticas, bits y bytes, que enturbiarían este texto y que dificultarían su lectura.

Bien, pues, a partir de la discusión anterior, en lugar de decir “verde”, la palabra más frecuente, diremos y escribiremos 0; en lugar de “la”, emplearemos el 1; para sustituir “en”, usaremos el 2. De este modo, la primera estrofa del poema de Federico queda convertido en la siguiente ristra de números que, bien entendida, sigue poseyendo para una mente acostumbrada singular belleza:

0-6-8-7-0 / 0-38-37-32 / 4-12-33-1-23 / 9-4-13-2-1-16

Obsérvese que esta técnica resume bastante la cantidad de espacio y de tiempo: “Verde que te quiero verde” es “0-6-8-7-0”: utilizo menos tinta para escribirlo, empleo menos tiempo para leerlo, lo comprendo exactamente de la misma forma, dedico lo que me sobra al pensamiento creativo.

A las frases habituales de la vida conyugal, mi esposa y yo les hemos asignado números, igual que, en el ejemplo anterior, a la composición del poeta. Así, en lugar de decirle «Buenos días, mi amor», le digo «Cero», frase/palabra que acompaño con un cariñoso beso: no es que este saludo sea la frase más frecuente en nuestras conversaciones, pero sí es la primera que le digo cuando me levanto y, como suelo hacerlo de regular humor y con pocas ganas de hablar y de que me hablen, he optado por modificar el algoritmo de compresión, para considerar en él las circunstancias prácticas de la vida real, y no sólo la frecuencia de aparición de palabras o frases. Cuando me marcho al trabajo le digo «Once», porque ésta sí es nuestra undécima frase más frecuente, según fui anotando de manera exhaustiva durante los seis primeros meses de nuestra vida en común.

No obstante, dependiendo de las circunstancias, la lista se altera: antes de que la atacase el anisakis, solía preguntarle «¿38-105?», que quiere decir: «¿Cenamos lenguado?». Ahora, como no puede tomarlo, el 105 ha pasado a ser «Ensalada», que ocupaba antes el puesto 143. Cuando nos íbamos a la cama en el primer año de casados, con toda nuestra pasión, le decía: «¿Uno?», y ella contestaba afirmativamente. Ahora, a veces le digo que si ochenta y cinco.

En El Día de Ciudad Real.

viernes, 20 de junio de 2008

Lo que nos cuenta el número Pi

«Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, […] todos los hombres se sintieron señores de un tesoro intacto y secreto. No había problema personal o mundial cuya elocuente solución no existiera». (Jorge Luis Borges, La Biblioteca de Babel).

Mi amigo León, que vive en Granada, ni me leerá ni se acordará, pero una vez, cuando en la zona del Torreón se encontraba un pub de nombre «Pi 3,14», nos propuso a los amigos ir allí a tomar algo: «¿Pasamos al Pi tres-catorce-veintiuno?», preguntó. Cambiarle dos cifras al número \pi (cuyo valor real es 3,1415926535897932… aunque sigue hasta el infinito sin parar), o redondearlo (habitualmente a 3,1416), puede no suponer un error demasiado grande en el cálculo que se pretenda; sin embargo, truncarlo quita de nuestra vista una gran cantidad de conocimiento, de historias, de Historia, de sueños, de futuro y de pasado.

El número en cuestión es trascendente, lo que viene a significar que tiene infinitos decimales sin periodo alguno: es decir, ninguna secuencia de decimales de \pi se repite y, de este modo, cualquier número que se nos ocurra, por largo que sea (nuestra corta edad, nuestra cuenta corriente, los dos juntos, los números de cuenta de todos nuestros vecinos uno detrás de otro), se encuentra entre los decimales de esta constante.

Podemos, por otro lado, inventarnos un código, parecido a como funcionan los ordenadores, y asignar a cada letra de nuestro alfabeto un par de números. Siguiendo el orden alfabético, por ejemplo, a la A podemos asignarle dos ceros (00); a la B, un cero y un uno (01); a la C, un cero y un dos (02); seguimos así hasta la Z, a la que, tras haber desechado la Ch, la Ll y la Ñ, asignamos el dos-cinco (25). Empecemos otra vez, de modo que la A sea también el 26, la B el 27, y seguimos así hasta el 99, que corresponde a la cuarta asignación que le hacemos a la V, que queda codificada entonces con los números 21, 47, 73 y 99. Si damos la vuelta pasamos al 00, que era la A, así que paramos.

Con este código, en las primeras cifras decimales de \pi encontramos las letras siguientes:

oponjlbgmuarmgbycgttrnpxkgutxshxhdmgckivicdwzivrgbeocizgeeovjmsirygwfubhodcwlrtcgkbbphvkdhmuwqlcpddsscdjxohhsjcvewxliafnbmbmntmhooiiiiktramen

…que no significan nada en apariencia; pero hallamos en su final una palabra castellana, “tramen”, del verbo tramar. Si seguimos buscando más adelante encontramos colores, como “rojo”, o “azul”, y más adelante todavía palabras más largas, y frases corrientes, como “buenosdías”, o “adiósamigo”.
Y mucho más delante, encontramos cualquier pensamiento que se nos ocurra, y este mismo artículo, y el otro que no he escrito o que deseché porque no me gustó, y también lo que el lector está pensando cuando lee estas líneas, tanto si es bueno como si es malo, y el Ingenioso Hidalgo en castellano antiguo, y también en inglés, y nuestro nombre con sus dos apellidos; y lo que nos ocurrió cualquier día aparece también relatado con tanto detalle que nos avergonzaría encontrarlo: sólo hace falta paciencia y ponerse a buscarlo.El que quiera hacerlo puede llegar, a través de la Wikipedia, a los primeros millones de cifras del inmenso \pi, y hacer la conversión a letras y de ahí a palabras. Se ha comparado la Wikipedia con la universal biblioteca de Babel de la que escribió Borges, en la que están todos los libros del mundo, los escritos y los por escribir y los que no se escribirán nunca. El número \pi, tan coqueto, con esas dos patitas que parece que van a echar a correr, sí que guarda de verdad absolutamente todo.


En El Día de Ciudad Real.

miércoles, 11 de junio de 2008

La vida literaria

«A media tarde, salía por Madrid a hacer eso que se ha llamado vida literaria: un poco de Ateneo, un poco de pintura, un poco de conferencia, un poco de flirteo, un poco de cóctel». Francisco Umbral, 1977

Me encontré con la frase de arriba en mi libro de COU, un manual de Lengua de la editorial Anaya de Fernando Lázaro Carreter. El autor ilustraba con ella un recurso estilístico con el que el escritor prescinde, a sabiendas, de la conjunción copulativa al término de una enumeración, dándose de este modo la idea de que la lista que se cita está incompleta y podría continuarse.


Así, el descubrimiento de la vida literaria, definida mediante la enunciación de unos pocos ejemplos de aquello en lo que puede —o no— consistir, me llenó de júbilo, y las dudas que pudiera tener sobre cuál quería que fuese mi futuro se me terminaron de disipar con ese perfil de bohemia y romanticismo tan magistralmente trazado.


Pasé mi año de COU en un instituto público de Madrid, matriculado en turno de tarde, y más como un mero número que añadir a la estadística de alumnos por cada cien habitantes, que como estudiante auténtico, pues dedicaba las mañanas a conocer los lugares que Umbral no citaba expresamente, pero que sí podían intuirse de su enumeración iniciada pero no acabada.


Años después me ocurrió lo mismo en Sevilla. Coincidí en la residencia de estudiantes con algunos chavales de los que me hice gran amigo. Me fui allí a estudiar 4º y 5º de carrera y tenía, por tanto, tres años que perder de mi pasado si no dedicaba mi esfuerzo a superar los espacios de Hilbert, los autómatas finitos, los analizadores LL(1) y LR(1). Pero ¡era tan grande la tentación de la vida literaria! Por las mañanas recogía en su habitación a mi amigo Paco, de Cuenca, o a Fran, de Jaén, o a Óscar o a Fede, de Málaga, o a cualquier otro joven como yo, deseoso de fumarse la clase de Ingeniería o Arquitectura para, aunque fuera, pasar la mañana en la calle Sierpes viendo a la gente, o tomando café o una cerveza de importación en el Placentines o en el Leonés mientras saboreábamos unos cigarros buenos, sitios caros ambos para una economía estudiantil, pero que nos dejaban el poso de un regusto a cultura o a no sé qué que nos satisfacía. Otras veces era uno de mis amigos el que venía a por mí:


—¿Nos vamos a hacer “eso que se ha llamado”? —me decían, inacabando la frase que yo les había enseñado, como haciendo un guiño al autor y al recurso, y también a mí, sabedores de que era presa fácil para quehaceres como éste.


Ciudad Real también tiene su vida literaria. Ahora salgo menos, pero el año en que hice el proyecto de fin de carrera, y que pasé a caballo entre Sevilla y Ciudad Real, ocupado tan solo a medias, asistía con mi mujer (a la sazón mi novia) a tertulias literarias en el café Guridi, íbamos a una de las tres salas del cine Castillo y luego a El Dorado a comentar la película y a que Carmelo nos echara algo de beber. En la película Cotton Club, de Francis Ford Coppola, un personaje dice «Todo el mundo va a Cotton Club». En esa época todo el mundo iba a El Dorado. Aguirre decía que tenía “La esquina más fresca de Ciudad Real”. Los días de diario se hacía mucha vida literaria en este local: sentados en un taburete o en el banco que había en el interior, sin las apreturas del fin de semana, nos ponían rock y blues, música contundente y buena. Carmelo me pidió una vez unos pequeños pero potentísimos imanes con los que me vio jugar. Tenía proyectada la construcción de una máquina que, mediante oscilaciones, generaría una secuencia infinita de energía, supongo que con un péndulo metálico que no pararía de moverse, eternamente, de uno a otro extremo.


Años después de este episodio me lo he encontrado en el Teatro de la Sensación. Sin querer, sacudí en su lata de cerveza la ceniza que quemaba mi purito y se la llevó a la boca para darle un trago. No le dije nada, claro, y él no se dio cuenta. Le pregunté por su máquina.


—La he abandonado —me dijo—, pero ahora quiero abrir otro local.


Fue la noche en que tocó el trío de Javier Bercebal. Después del concierto me encontré a Rivas, que me habló del origen de algunas de las obras que cuelgan de las paredes del teatro; luego me dijo que en unos días se iba a La Habana, no recuerdo si a pintar o a aprender nuevas técnicas de pintura, o quizás a buscar material artístico para traerse aquí.


Avanzada la madrugada llegó la policía y nos pidió silencio. Todo esto es vida literaria, aunque en este tiempo no haya hablado con ningún literato y éstas sean las primeras líneas que produzco. Pero me gusta salpicar en mi vida detalles como éstos, de huida, o de fuga, quizás de rebeldía o de temporal escape, de detalles que yo llamo literarios.

—Vámonos a casa —me dijo mi mujer—, que es tarde y mañana hay que recoger a los niños.


En Autopsia, la revista de la ciudad muerta.