Una foto aleatoria
Una foto aleatoria
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Una frase aleatoria
martes, 7 de febrero de 2012
Mi vida en las antípodas
lunes, 6 de febrero de 2012
Difícil que ocurra
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martes, 2 de septiembre de 2008
Ha muerto mi biógrafo
—Doctor —le dije a mi médico—, me marcho a casa.
Pasados los años, conservo en mi archivo el papel ya amarillento con aquel texto al que di el visto bueno, y que estuvo varios días, acechando a que yo expirase, a la espera de ser engullido por la rotativa del periódico. Mi biógrafo, cincuenta años más joven que yo, relataba mis correrías (que yo había inventado para él cuando, al poco de de dejar su adolescencia, se acercó a la Plaza del Pilar para preguntarnos con curiosidad a unos cuantos jubilados, últimos testigos del pasado reciente que a él le interesaba, y que allí entreteníamos las mañanas) en la retaguardia y en la resistencia, mis labores de espionaje, mi posterior captura, las dos condenas a muerte que se me impusieron en juicio sumario, mi ingreso en un campo de concentración y mi posterior fuga, el regreso a mi país mucho tiempo después y el reconocimiento que se me dio como intelectual exiliado. Me convertí para él, de este modo, en un personaje novelable, destacable, mencionable, pequeño héroe local. En sus últimas líneas, el texto da una descripción de mis días finales en ese hospital, con una zona pendiente de ser rellenada con la fecha de mi muerte que no llegaba.
Con mi afán de vivir, su vida ha quedado circunscrita a unos paréntesis que se abren y se cierran dentro de la mía, que la ha acotado por arriba y por abajo, pero también a la de sus hijos y a la de sus nietos, a los que he sobrevivido. Tan anciano soy, que mi cuerpo y mis neuronas no sabían ya cómo continuar envejeciendo, y mi pelo ha vuelto a ser negro y a crecer fuerte, mi tez ha recuperado el brillo y el lustre; mi rostro, el vello moreno, y tengo ahora una novia joven a la que contento.
Hace tanto tiempo que murió ese chico que ya nadie recuerda los hechos históricos que acontecieron en su época, por lo que puedo tergiversarlos y decir que gobernaba tal hombre cuando lo que hubo fue anarquía, o que cayó tal muro cuando lo que pasó es que se levantó este otro. He mandado al periódico el texto que él confeccionó para mi memoria relatando mis mentiras, pero lo he adaptado a él, colocando su nombre y sus dos apellidos, y en él destaco las anécdotas y virtudes que él me atribuyó sin corresponderme. Está fuera de fecha, pero lo he escrito como una esquela de recuerdo, y al final ruego una oración por su alma en su centésimo aniversario.
Mi larga experiencia
Se trata de mis noches. Por la mañana despierto agotado, como si me hubieran dado una gran paliza, porque ocurre que cada vez que me acuesto y concilio el sueño y comienzo a soñar, paso las ocho horas viviendo e imaginando una vida completa, desde el nacimiento hasta la muerte, y suelen coincidir los pitidos de mi despertador con el momento en que expiro, a veces solo en una isla desierta en la que he pasado veinte años como un Robinsón Crusoe, a veces observado por una viuda y unos hijos que me han adorado durante cuarenta años.
Así, ocho horas me equivalen a una media de setenta años, con lo que cada hora que paso dormido me cunde como nueve años. El tiempo ordinario y consciente, durante la luz del día, me pasa entonces muy lento, y me aburre la vida, porque los expedientes que resuelvo en una sola jornada en el negociado en el que tengo mi plaza los tramito por las noches, cuando la casualidad me otorga el mismo trabajo, en cuestión de segundos.
En mis sueños suelo ser una persona corriente, un ciudadano normal, con una vida tan anodina y tan gris como la que desempeño de manera auténtica, pero he sido marino y aviador, centurión romano y gran estadista. A veces intento prolongar el sueño algunos minutos más, para ver a mi cadáver descomponerse, identificar en el velorio a los que me lloran, determinar qué personas acuden a mi entierro y qué otras no lo hacen, pero lo único que consigo es alargar el momento mismo de la muerte, con el sufrimiento que conlleva, el paseo por el túnel con la luz blanca al fondo y las paredes estampadas con las imágenes de la vida. Las retengo todas y las voy anotando, y también tengo almacenadas en cintas magnetofónicas las descripciones de tantos amigos y enemigos como he tenido, de los lugares que he visitado. En ocasiones me ocurre, en mi vida real, que me cruzo por la calle con algún hombre que se parece a otro al que he conocido durante las noches, y lo saludo con entusiasmo, e incluso le pregunto que qué tal lo suyo, que cómo resultó aquel asunto en el que me contó que se hallaba inmerso. La línea que separa la verdad de la mentira es, por tanto, delgada y difusa, y ya no estoy seguro de si la vida es sueño.
En alguna ocasión soñé también otra vida durante otro sueño: al dormirme soñé que nacía y crecía y, siendo ya maduro, me vi dormirme y comenzar a soñar otra vida completa. Sé que desperté de alguno de esos dos sueños, pero no sé si del más profundo o de aquel en el que me sumí desde la vida, y entonces ahora no sé si esto que escribo lo hago sobre un papel tangible, o sobre otro que desaparecerá cuando despierte.
«Contándole a un catedrático historiador el camino que llevo andado desde los valles a la ciudad, en esta misma taberna, ante testigos, me sacó quinientos años de experiencia». (Luis Landero, en Juegos de la Edad Tardía).
Publicado en El Día
jueves, 10 de julio de 2008
Señor Picazo
Sentado ya en el avión, coincidí con el Dr. Picazo, a quien no conocía. Los dos habíamos pedido el asiento que hay junto a la salida de emergencia, porque hay más espacio para estirar las piernas. «Es que esta mañana me he hecho un esguince y me duele muchísimo», le dije, «y no quería forzarme a llevar las piernas encogidas y pegadas al asiento delantero». «Pues yo puedo quitarle el dolor en treinta segundos», me dijo. El Dr. Picazo tomó un bolígrafo y operó con él sobre la primera falange de mi dedo corazón. El dolor desapareció del todo, esto es cierto, aunque la hinchazón se mantuvo. «La lesión sigue existiendo, tenga cuidado», me advirtió. Picazo me dio una tarjeta de su clínica de medicina natural en Buenos Aires: «Voy a España a montar otra en Madrid», explicó, «y tal vez más adelante instale otra en Barcelona».
Un rato después la tripulación solicitó un médico para algún pasajero de primera clase, que estaría sentado y maltrecho más allá de las cortinillas que nos ocultan, a los de turista, los placeres y las bacanales que se viven en business. El Dr. Picazo se fue para allá, a atender al paciente, olvidándose en su plaza su billetero con su pasaporte, su tarjeta de embarque y, pegada a ésta, la pegatina que identifica su equipaje con un código de barras. Picazo no había vuelto cuando el avión aterrizó en Madrid. Estuve tentado de advertirlo a algún tripulante, pero la aeronave ya se encontraba detenida y los pasajeros se arremolinaban por los pasillos buscando en los compartimentos portaequipajes sus objetos personales. Tomé su documentación con la intención de entregársela en la zona de recogida de maletas. Él había descendido antes que yo, y lo vi junto a la cinta transportadora, rebuscándose sin fruto en los bolsillos de su pantalón. Lo llamé por su nombre, pero mi grito se confundió con los avisos bilingües de la megafonía, y no me oyó. Picazo preguntó a un policía, que supongo le indicaría un camino para regresar al avión a recoger sus cosas. En ese momento advertí que también yo había olvidado mis papeles en mi asiento, incluyendo el texto de mi conferencia, que llevé con la intención de repasar durante el vuelo, y, pensando de nuevo que la vida te ofrece esta oportunidad solamente una vez, rebusqué por la cinta la maleta de Picazo y salí con ella.
Atravesé sin problemas el control policial: el agente se daría por satisfecho al comprobar que tanto Picazo como yo teníamos bigote, él en la foto del pasaporte y yo en la realidad en aquella época. Al salir al pasillo de Llegadas, un hombre me esperaba portando un cartel con mi nombre: «Señor Polo». Cerca de él, otro esperaba a mi álter ego: «Señor Picazo». Me fui con éste.
De estoe acuerdo tácito hace ya quince años. Escribo desde el despacho que tengo en la clínica que he abierto en Bilbao. A Picazo lo contrataron en la universidad a la que yo viene a impartir una charla. A veces nos escribimos correos electrónicos. Los dos seguimos bien. Creo que él ahora escribe una columna a la semana en un diario local.
lunes, 30 de junio de 2008
Mis breves conversaciones
Todo esto me lo dijo en un debate intenso que tuvimos en la cafetería del Departamento de Informática, en los últimos días de una estancia posdoctoral que realicé bajo la supervisión del Dr. Dietrich Forrester, uno de los principales referentes mundiales en codificación y transmisión de la información, y el cual le había dirigido a mi amigo la tesis doctoral, y que había tenido también la amabilidad de acogerme durante ocho meses para completar mi formación en el área en la que, veinte años después, sigo investigando.
Las razones que aducía de nuestro peor nivel científico se encontraban, ni más ni menos, que en la naturaleza de nuestro propio idioma, el de los inmortales Cervantes y García Márquez. Sostenía mi colega que los españoles necesitamos demasiadas palabras y demasiado tiempo para decir lo que en inglés se expresa con mucha mayor brevedad, y que el exceso de tiempo que dedicamos a hilar tan largas frases, a hacer concordar el género y número de los verbos con el género y el número de los sustantivos, a pronunciar los interminables adverbios terminados en -mente, ellos lo dedican a pensar, a inventar, a discurrir, y de ahí su superioridad en los campos de la tecnología y de la ciencia.
A los pocos días, como ya digo, abandoné los Estados Unidos y regresé a España. Recuerdo que, en la primera noche de jet-lag, me quedé hasta tarde viendo en la segunda cadena una película subtitulada. Efectivamente, lo que los actores de habla inglesa expresaban en escasos segundos, requería bastantes líneas de texto en español en la parte inferior de la pantalla: de hecho, cuando el actor o la actriz terminaban de hablar, yo seguía aun leyendo su traducción al castellano.
Luego, como suele pasar cuando te llega la edad, me casé. Mis años de matrimonio han sido muy felices, y lo único que los ha perturbado ha sido mi obsesión por aprovechar el tiempo dedicando menos a la transmisión de mensajes. Mi mujer ha sabido apoyarme y comprenderme en esta neurosis, y ha aplicado conmigo los principios de compresión de la información que estudié en la carrera. Estos principios son los mismos que usted, sin saberlo, aplica cuando utiliza algún programa de su ordenador para comprimir un archivo y, empaquetado todo en un zip o en un rar, le disminuye el tamaño: luego, puede restaurarlo a su tamaño original sin haber perdido un ápice de información. Es decir, que se guarda lo mismo en menos espacio.
Estos mecanismos proceden de ciertos algoritmos de codificación de la información, como los de Shannon o Huffman. No abundaremos en los detalles técnicos; pero, para ejemplificar y que ustedes me entiendan y comprendan mi historia, aplicaremos una sencilla variante al célebre poema de Federico García Lorca:
Verde que te quiero verde. / Verde viento. Verdes ramas. / El barco sobre la mar / y el caballo en la montaña. / Con la sombra en la cintura / ella sueña en su baranda, / verde carne, pelo verde, / con ojos de fría plata.
Verde que te quiero verde. / Bajo la luna gitana, / las cosas la están mirando / y ella no puede mirarlas.
Lo que haremos para ahorrar espacio será asignar un código a cada palabra. A aquellas que más se repiten le asignamos uno de muy poca longitud, y dejamos los códigos más largos para los que menos veces aparecen: en el texto anterior, verde aparece siete veces; la, seis; en, tres; luego, varias palabras aparecen dos veces, y otras varias aparecen una sola vez. Los programas de ordenador que ya he mencionado funcionan más o menos así, pero introducen en su forma de funcionamiento logaritmos, funciones matemáticas, bits y bytes, que enturbiarían este texto y que dificultarían su lectura.
Bien, pues, a partir de la discusión anterior, en lugar de decir “verde”, la palabra más frecuente, diremos y escribiremos 0; en lugar de “la”, emplearemos el 1; para sustituir “en”, usaremos el 2. De este modo, la primera estrofa del poema de Federico queda convertido en la siguiente ristra de números que, bien entendida, sigue poseyendo para una mente acostumbrada singular belleza:
0-6-8-7-0 / 0-38-37-32 / 4-12-33-1-23 / 9-4-13-2-1-16
Obsérvese que esta técnica resume bastante la cantidad de espacio y de tiempo: “Verde que te quiero verde” es “0-6-8-7-0”: utilizo menos tinta para escribirlo, empleo menos tiempo para leerlo, lo comprendo exactamente de la misma forma, dedico lo que me sobra al pensamiento creativo.
A las frases habituales de la vida conyugal, mi esposa y yo les hemos asignado números, igual que, en el ejemplo anterior, a la composición del poeta. Así, en lugar de decirle «Buenos días, mi amor», le digo «Cero», frase/palabra que acompaño con un cariñoso beso: no es que este saludo sea la frase más frecuente en nuestras conversaciones, pero sí es la primera que le digo cuando me levanto y, como suelo hacerlo de regular humor y con pocas ganas de hablar y de que me hablen, he optado por modificar el algoritmo de compresión, para considerar en él las circunstancias prácticas de la vida real, y no sólo la frecuencia de aparición de palabras o frases. Cuando me marcho al trabajo le digo «Once», porque ésta sí es nuestra undécima frase más frecuente, según fui anotando de manera exhaustiva durante los seis primeros meses de nuestra vida en común.
No obstante, dependiendo de las circunstancias, la lista se altera: antes de que la atacase el anisakis, solía preguntarle «¿38-105?», que quiere decir: «¿Cenamos lenguado?». Ahora, como no puede tomarlo, el 105 ha pasado a ser «Ensalada», que ocupaba antes el puesto 143. Cuando nos íbamos a la cama en el primer año de casados, con toda nuestra pasión, le decía: «¿Uno?», y ella contestaba afirmativamente. Ahora, a veces le digo que si ochenta y cinco.
En El Día de Ciudad Real.
viernes, 20 de junio de 2008
Lo que nos cuenta el número Pi
Mi amigo León, que vive en Granada, ni me leerá ni se acordará, pero una vez, cuando en la zona del Torreón se encontraba un pub de nombre «Pi 3,14», nos propuso a los amigos ir allí a tomar algo: «¿Pasamos al Pi tres-catorce-veintiuno?», preguntó. Cambiarle dos cifras al número
El número en cuestión es trascendente, lo que viene a significar que tiene infinitos decimales sin periodo alguno: es decir, ninguna secuencia de decimales de
Podemos, por otro lado, inventarnos un código, parecido a como funcionan los ordenadores, y asignar a cada letra de nuestro alfabeto un par de números. Siguiendo el orden alfabético, por ejemplo, a la A podemos asignarle dos ceros (00); a la B, un cero y un uno (01); a la C, un cero y un dos (02); seguimos así hasta la Z, a la que, tras haber desechado la Ch, la Ll y la Ñ, asignamos el dos-cinco (25). Empecemos otra vez, de modo que la A sea también el 26, la B el 27, y seguimos así hasta el 99, que corresponde a la cuarta asignación que le hacemos a la V, que queda codificada entonces con los números 21, 47, 73 y 99. Si damos la vuelta pasamos al 00, que era la A, así que paramos.
Con este código, en las primeras cifras decimales de
oponjlbgmuarmgbycgttrnpxkgutxshxhdmgckivicdwzivrgbeocizgeeovjmsirygwfubhodcwlrtcgkbbphvkdhmuwqlcpddsscdjxohhsjcvewxliafnbmbmntmhooiiiiktramen
…que no significan nada en apariencia; pero hallamos en su final una palabra castellana, “tramen”, del verbo tramar. Si seguimos buscando más adelante encontramos colores, como “rojo”, o “azul”, y más adelante todavía palabras más largas, y frases corrientes, como “buenosdías”, o “adiósamigo”.
Y mucho más delante, encontramos cualquier pensamiento que se nos ocurra, y este mismo artículo, y el otro que no he escrito o que deseché porque no me gustó, y también lo que el lector está pensando cuando lee estas líneas, tanto si es bueno como si es malo, y el Ingenioso Hidalgo en castellano antiguo, y también en inglés, y nuestro nombre con sus dos apellidos; y lo que nos ocurrió cualquier día aparece también relatado con tanto detalle que nos avergonzaría encontrarlo: sólo hace falta paciencia y ponerse a buscarlo.El que quiera hacerlo puede llegar, a través de la Wikipedia, a los primeros millones de cifras del inmenso
En El Día de Ciudad Real.
miércoles, 11 de junio de 2008
La vida literaria
«A media tarde, salía por Madrid a hacer eso que se ha llamado vida literaria: un poco de Ateneo, un poco de pintura, un poco de conferencia, un poco de flirteo, un poco de cóctel». Francisco Umbral, 1977
Me encontré con la frase de arriba en mi libro de COU, un manual de Lengua de la editorial Anaya de Fernando Lázaro Carreter. El autor ilustraba con ella un recurso estilístico con el que el escritor prescinde, a sabiendas, de la conjunción copulativa al término de una enumeración, dándose de este modo la idea de que la lista que se cita está incompleta y podría continuarse.
Así, el descubrimiento de la vida literaria, definida mediante la enunciación de unos pocos ejemplos de aquello en lo que puede —o no— consistir, me llenó de júbilo, y las dudas que pudiera tener sobre cuál quería que fuese mi futuro se me terminaron de disipar con ese perfil de bohemia y romanticismo tan magistralmente trazado.
Pasé mi año de COU en un instituto público de Madrid, matriculado en turno de tarde, y más como un mero número que añadir a la estadística de alumnos por cada cien habitantes, que como estudiante auténtico, pues dedicaba las mañanas a conocer los lugares que Umbral no citaba expresamente, pero que sí podían intuirse de su enumeración iniciada pero no acabada.
Años después me ocurrió lo mismo en Sevilla. Coincidí en la residencia de estudiantes con algunos chavales de los que me hice gran amigo. Me fui allí a estudiar 4º y 5º de carrera y tenía, por tanto, tres años que perder de mi pasado si no dedicaba mi esfuerzo a superar los espacios de Hilbert, los autómatas finitos, los analizadores LL(1) y LR(1). Pero ¡era tan grande la tentación de la vida literaria! Por las mañanas recogía en su habitación a mi amigo Paco, de Cuenca, o a Fran, de Jaén, o a Óscar o a Fede, de Málaga, o a cualquier otro joven como yo, deseoso de fumarse la clase de Ingeniería o Arquitectura para, aunque fuera, pasar la mañana en la calle Sierpes viendo a la gente, o tomando café o una cerveza de importación en el Placentines o en el Leonés mientras saboreábamos unos cigarros buenos, sitios caros ambos para una economía estudiantil, pero que nos dejaban el poso de un regusto a cultura o a no sé qué que nos satisfacía. Otras veces era uno de mis amigos el que venía a por mí:
—¿Nos vamos a hacer “eso que se ha llamado”? —me decían, inacabando la frase que yo les había enseñado, como haciendo un guiño al autor y al recurso, y también a mí, sabedores de que era presa fácil para quehaceres como éste.
Ciudad Real también tiene su vida literaria. Ahora salgo menos, pero el año en que hice el proyecto de fin de carrera, y que pasé a caballo entre Sevilla y Ciudad Real, ocupado tan solo a medias, asistía con mi mujer (a la sazón mi novia) a tertulias literarias en el café Guridi, íbamos a una de las tres salas del cine Castillo y luego a El Dorado a comentar la película y a que Carmelo nos echara algo de beber. En la película Cotton Club, de Francis Ford Coppola, un personaje dice «Todo el mundo va a Cotton Club». En esa época todo el mundo iba a El Dorado. Aguirre decía que tenía “La esquina más fresca de Ciudad Real”. Los días de diario se hacía mucha vida literaria en este local: sentados en un taburete o en el banco que había en el interior, sin las apreturas del fin de semana, nos ponían rock y blues, música contundente y buena. Carmelo me pidió una vez unos pequeños pero potentísimos imanes con los que me vio jugar. Tenía proyectada la construcción de una máquina que, mediante oscilaciones, generaría una secuencia infinita de energía, supongo que con un péndulo metálico que no pararía de moverse, eternamente, de uno a otro extremo.
Años después de este episodio me lo he encontrado en el Teatro de la Sensación. Sin querer, sacudí en su lata de cerveza la ceniza que quemaba mi purito y se la llevó a la boca para darle un trago. No le dije nada, claro, y él no se dio cuenta. Le pregunté por su máquina.
—La he abandonado —me dijo—, pero ahora quiero abrir otro local.
Fue la noche en que tocó el trío de Javier Bercebal. Después del concierto me encontré a Rivas, que me habló del origen de algunas de las obras que cuelgan de las paredes del teatro; luego me dijo que en unos días se iba a La Habana, no recuerdo si a pintar o a aprender nuevas técnicas de pintura, o quizás a buscar material artístico para traerse aquí.
Avanzada la madrugada llegó la policía y nos pidió silencio. Todo esto es vida literaria, aunque en este tiempo no haya hablado con ningún literato y éstas sean las primeras líneas que produzco. Pero me gusta salpicar en mi vida detalles como éstos, de huida, o de fuga, quizás de rebeldía o de temporal escape, de detalles que yo llamo literarios.
—Vámonos a casa —me dijo mi mujer—, que es tarde y mañana hay que recoger a los niños.

