Una foto aleatoria

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Una frase aleatoria

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jueves, 24 de junio de 2010

Crónicas uruguayas (II)

Así como los pintores firman sus cuadros o los escritores sus libros, los arquitectos de Montevideo dejan, en las fachadas de los edificios que sienten que les han quedado bien, una placa metálica o de piedra con su nombre escrito en sobrerrelieve. Me dijeron de esta ciudad que es una suerte de Buenos Aires provinciano, y puede que así sea. Resulta ser una ciudad de infinitos rincones, pero también de pequeños detalles efímeros, de imágenes que uno ve y disfruta un rato y que luego desaparecen: tras la esquina de una pared desconchada, por una de las aceras desembaldosadas o semilevantadas por las obras del gas canalizado o las raíces de los árboles, caminando sobre las hojas muertas y sin recoger que alfombran el piso de la calle, parados para cambiar de acera ante los semáforos situados después de los cruces, como sucede en toda América, y no antes, como sucede en Europa; entre tantas librerías, entre tantas casas bajas entre edificios altos de los años setenta, hombres ya jubilados, como si fueran maniquíes de alguna boutique de la Avenida 18 de Julio, observan, desde cualquiera de los numerosos cafés que hay casi en cada cuadra de la zona en que habito, entre los barrios de Pocitos y de Punta Carretas, a la gente pasear y los coches circular tras las cristaleras. Uno se encuentra a paseadores de perros que llevan ocho ejemplares sujetos por sus correas, que sacan a los animales a la calle durante alguno de los ratos en que sus amos están trabajando. En cualquier calle los buhoneros, de manera parecida a lo que sucedía en España hasta que hace unos años se instalaron masivamente los contenedores de recogida selectiva, circulan en carros tirados por mulas, recogiendo cartones y otros objetos reciclables.

Por la calle Williman, tan plagada de parrillas y boliches, con ese olor rico en la calle de carne roja a la brasa, camino hacia el Instituto de Computación, en la quinta planta de la Facultad de Ingeniería, y desde el que se ve la bahía de la Playa Ramírez, que tiene un atardecer tan excelente que hace que profesores y alumnos interrumpan las clases para asomarse a la ventana a ver ponerse el sol, que en este invierno meridional se esconde ahora por entre el pequeño skyline de la ciudad, pero que en verano, según me han contado, lo hace por la mitad del mar, hacia el centro de la bahía, como si también huyese ahora, como los bañistas, de las aguas frías del río y del mar que se mezclan en esta zona.

Montevideo es una ciudad sin policías: no he visto ninguno en los diez días que llevo aquí, como si nada pudiese ocurrirle al viajero despistado o al paseante autóctono, ese que circula tranquilo con su tarro de agua caliente y el recipiente con hierbas para mezclar y tomar el mate, bebida que espabila así como el café, y a que muchos uruguayos acompaña de forma casi constante en su jornada laboral, en el autobús, en su marcha al trabajo o en su regreso a casa. Pregunto a un joven que lleva este avío por la dirección que debo tomar para ir a la Avenida de Brasil, pues parte de la comunidad catalana que aquí reside celebra, en la esquina con Bulevar Artigas, una hoguera de San Juan: «No puedo ayudarte porque soy del interior, pero para cualquier otra cosa, me avisás», me dice, a la vez que me da sonriente y con agrado una palmada en el brazo y se despide de mí.

Ya orientado y con el rumbo adecuado, escucho mientras camino el sonido de la ciudad, capaz que semejante al de todas, pero en el que uno quiere advertir un matiz distinto: en un oído llevo conectado el auricular del mp3, escucho Eagles of Death Metal, que me los pasó mi amigo Julio la víspera de mi viaje; el otro, el que da a la calzada, lo llevo al aire. Sé de un ingeniero de sonido que trabaja para el cine que en ocasiones sale a algún sitio a grabar el silencio, para luego añadirlo a la banda sonora de las películas en las que colabora. Son importantes los silencios y los ruidos de los lugares, que son también rincones que uno puede descubrir sin necesidad de ver. El sonido cambia en esa hoguera de San Juan, alrededor de la cual la gente charla, baila, bebe por 30 pesos vasitos de ron caliente con azúcar y canela, escriben sus deseos en un papel y los echan al fuego, con la confianza de que la lumbre o el santo se los hará cumplir.

«¿Qué ha pedido usted?», le pregunto a un señor. «Que mis hijos estén muy bien en España, que tengo allá dos», contesta. El locutor del otro día, antes del partido contra Honduras, habló de nuestro país como de la Madre Patria. Se lo comento a alguien y me dice que sí, que es «una madre que no nos deja pasar, una madre de papeles y visados, de trabas, de burocracia y fronteras, una madre que aún no nos ha dado la llave para pasar a casa».

lunes, 21 de junio de 2010

Crónicas uruguayas (I)

En el diario La República, que es uno de los más leídos en el Uruguay, se informaba ayer de que la federación de fútbol de este país había contratado un vuelo chárter para viajar a Sudáfrica el 4 de junio, y que ya había cerrado la vuelta para el 24, dos días después de jugar contra México. Aunque creo que no está totalmente decidido, los uruguayos dan por bien perdida la parte de los 792.000 dólares USA que ha costado el contrato de ese viaje de ida y vuelta.
A mí, que estoy pasando unos días en Montevideo, cuando identifican mi procedencia por mi acento español, me preguntan por la desgracia de Suiza, que cómo fue posible, con esos Xavi y Villa e Iniesta que no fueron capaces de llegar a puerta. En fin, les digo, es que eran muy altos.
He llegado al hotel hace un rato, después de ir en ómnibus hasta el barrio de la Ciudad Vieja y pasear por ahí. No es como La Habana Vieja, pero algunas fachadas muestran también desconchones, las raíces de los árboles levantan ligeramente algunas aceras, las señales de tráfico y las farolas han perdido parte de su pintura en áreas que se quedan cubiertas por el óxido, hay carteles colgados de elecciones pasadas, algunas grietas en el asfalto, y todo eso le da un toque encantador de decadencia a esta zona de la ciudad, un poco parecido al que puede sentirse en algunas calles de Roma. Los vecinos de aquí desean que se arregle la zona, pero perdería entonces gran parte del hechizo que se transmite al viajero. Hay docenas de librerías por todos sitios y muchos vendedores de libros en la Peatonal Sarandí, que atraviesa la Ciudad Vieja desde la Plaza de la Independencia hasta la Escollera. En algún momento del recorrido giro a la izquierda para bajar a la Rambla Francia porque, por el mapa que me acompaña, interpreto que debe de haber una buena vista de todo el malecón, y así sucede: se contemplan las aguas oscuras y revueltas del Río de la Plata, grandísimo estuario en donde desemboca el río Uruguay, que viene del norte, y que forma en la ciudad unas playas fluviales excelentes en el verano, lo he visto en fotos de un café antiguo, no sé si el Bacacay, frente al Teatro Solís. Ahora hace viento y frío, ya mismo empieza el invierno en este hemisferio, y la Punta Carretas se ve allí al otro lado, algunos edificios altos en aquel lado de la ciudad, bajo un cielo cubierto de nubes oscuras que ayer descargaron mucha agua.
Los nombres de muchas calles hacen seguramente referencia a personajes históricos o ilustres, de los cuales dan su nombre y los dos apellidos: Dr. Lorenzo Carnelli, H. Gutiérrez Ruiz, Bulevard General Artigas, Silvestre Blanco, Bartolomito Mitre. Otras son fechas: 21 de Setiembre, 18 de Julio, 26 de marzo. Hace un rato he atravesado por la calle Treinta y tres, y no es que haya treinta y dos ni treinta y cuatro, como sí puede haber en Manhattan, sino que, con tantos nombres de médicos y doctores como hay en la ciudad, tal vez es un recuerdo de lo que nos piden que repitamos cuando nos miran la garganta.
La gente que tan bien me ha recibido me llevó anoche a comer Fainá, una especie de tortita muy rica que se hace con harina de garbanzos, y después a la milonga Las Musas, el local de un club cultural en donde se baila tango. Los varones van sacando a bailar a las mujeres, cada vez a una distinta, y algunas se cambian el calzado con el que han llegado por unos zapatos de tacón alto; bailan estirados, las piernas de ella enroscándose a veces en las de él, esos giros elegantes, esos cuellos rígidos, los alientos cercanos. 

martes, 8 de junio de 2010

Arte aleatorio


Una vez hablé aquí de las posibilidades de los decimales del número Pi, que son infinitos y no periódicos (es decir, que no poseen secuencias que se repitan siempre, como en el número 7,253253253…). Fantaseaba y decía que, haciendo corresponder a cada pareja de números una letra (los dígitos 00 a la A, 01 a la B, 01 a la C, etcétera), podríamos encontrar cualquier texto escrito en Pi. Con esta codificación, los primeros decimales de Pi podían interpretarse como el texto siguiente, al final del cual encontramos la palabra “tramen”, del verbo tramar. Si seguimos buscando más adelante encontramos palabras y frases más largas, como “buenos días”, aunque esto requiere adentrarse mucho en los intríngulis de este número y careceríamos de espacio en el periódico completo.
oponjlbgmuarmgbycgttrnpxkgutxshxhdmgckivicdwzivrgbeocizgeeovjmsirygwfubhodcwlrtcgkbbphvkdhmuwqlcpddsscdjxohhsjcvewxliafnbmbmntmhooiiiiktramen
También hablé otra vez del ojo del ex ministro Pedro Solbes, que recordarán que permaneció inusualmente cerrado o semicerrado durante mucho tiempo. Explicaba que, si uno toma una fotografía almacenada en el ordenador y, en lugar de abrirla con el programa habitual de observar fotografías, lo abre con un procesador de textos, lo que se encuentra es una secuencia de letras y caracteres raros sin sentido, más o menos como en el fragmento de Pi que he mostrado antes. Reproducía parte de los caracteres que, al ser adecuadamente interpretados, mostraban parte del ojo cerrado de Solbes, que eran estos:
OCEZFDAhIZieiEmDhwkEaecIZ5TRq
Queriendo indagar en las posibilidades de este tipo de codificaciones, Raúl Arias García, alumno de Informática en la UCLM y que muy pronto habrá terminado la carrera, ha construido una aplicación web que lee decimales de Pi (de un pequeño fichero que contiene 2,5 millones de decimales: pequeño porque, a pesar de su tamaño, representa una infinitésima parte del volumen real de Pi) y los interpreta, al gusto del usuario, como texto, imágenes o sonido.
Cierto es que en las codificaciones textuales apenas se lee ninguna frase larga con sentido, aunque sí que es fácil encontrar alguna palabra castellana; pero, en las visuales y sonoras, el usuario sí puede apreciar a veces formas curiosas, bonitas alfombras o verdes paisajes; al reproducir la música que ahí se conserva desde hace tantos miles de años sin que lo supiéramos, el ordenador interpreta, a veces, bandas sonoras de películas de miedo que están por rodarse, o imita a un niño (o a un adulto) que se enfrenta al teclado de un piano por primera vez sin saber dónde poner los dedos.
Cada número de estas características encierra en sí mismo un mundo distinto, que podemos salir a descubrir si así lo deseamos. Si hay alguien interesado en ver qué nos ofrece Pi, que abra su navegador y se vaya a http://alarcos.esi.uclm.es/ArteAleatorio. Por cierto, mejor con Firefox.

miércoles, 26 de mayo de 2010

Cartas

La Electrónica y la Informática y la telefonía móvil con sus mensajes cortos y la posibilidad de estar localizados permanentemente, han casi eliminado de nuestras vidas las cartas personales en papel, que a veces llegaban a nuestros buzones perfumadas con las gotas de alguna esencia, depositadas con cuidado por nuestro amante entre sus letras manuscritas para que imagináramos, en la distancia, el aroma con el que nos recibiría cuando nos abra la puerta en el próximo encuentro nocturno.
A mi buzón no llegan ya cartas así y, sin embargo, cuando rasgo el sobre que contiene el recibo de alguna Visa o el extracto de los últimos movimientos del banco, o el que me informa de la próxima revisión semestral del tipo de interés de la hipoteca, cuando extraigo el pedazo de papel, lo acerco a mi nariz y olfateo, por si a la entidad se le hubiera ocurrido demostrarme su amor de alguna manera. Luego, cuando la leo, me doy cuenta otra vez de que me han enviado una carta tipo, «Muy Sr(es) nuestro(s)», sin rastro alguno de cariño o afecto.
Uno reconoce y diferencia enseguida el tipo de envío, un extracto o un recibo, de otra carta del mismo banco con un panfleto publicitario o un aviso de la próxima caducidad de una tarjeta, porque los sobres son distintos aunque vengan en su remite con el mismo logotipo. El tacto y la textura también los distinguen, y al doblarlos o manipularlos, incluso cerrados, se notan diferentes, y uno ya adivina la naturaleza de lo que contienen dentro.
La carta que me llegó ayer de mi banco de siempre era diferente a todas las anteriores: el sobre de un color ligeramente distinto, como de papel reciclado; la ventanilla transparente que mostraba mi dirección y que permitió al cartero llevarla hasta mi domicilio tenía unas dimensiones diferentes de las habituales, e incluso el tipo de letra con el que ponían mi nombre era una fuente Courier poco habitual, como de máquina de escribir antigua. Así que la dejé en la encimera de la cocina con cierta aprensión sin llegar a abrirla, y cada vez que durante ayer pasé por delante de ella la he mirado de reojo y con reparo, tratando de imaginar el tipo de noticia que mi banquero quería comunicarme. Ya por fin esta mañana, mientras salía el café, me he sentado en un taburete a esperar y me he decidido a abrirla: la otra noche, cuando entré al cajero automático del que habitualmente extraigo dinero, entré con un cigarrillo y realicé, con él encendido, a veces en la boca y a veces en la mano, toda la operación financiera. Al revisar, de manera rutinaria, las cámaras de seguridad, tomaron nota de mi pequeño delito. Cruzaron la hora de la grabación con la de mi retirada de efectivo y han decidido denunciarme por incumplimiento de la Ley 28/2005, de 26 de diciembre.

martes, 11 de mayo de 2010

La farsa monea


En una película ambientada en la Segunda Guerra Mundial y que, según recuerdo, está basada en hechos reales, un grupo de judíos internados en un campo de concentración alemán se dedican, bajo la vigilancia estricta de las SS, a tratar de reproducir, con la mayor precisión posible, billetes de libras esterlinas. El objetivo del Gobierno alemán es introducir en Gran Bretaña moneda falsa de manera masiva y, de este modo, hundir su economía.
Las devaluaciones de moneda consisten más o menos en eso: para conseguir que la moneda de uno valga menos y, de este modo, los extranjeros se gasten más en el país, se reparten billetes a diestro y siniestro y, al disponer todos de más cantidad de dinero, el valor real de la moneda disminuye.
Como ni España ni Grecia tienen ya el control sobre las inexistentes peseta y dracma, tomar una medida de este tipo les resulta imposible. Cualquiera de los dos gobiernos, que tienen las rotativas de fabricar billetes por ahí en algún sótano, podría dedicarse a emitir billetes de euro y a dejarlos caer desde un avión sin decir nada a sus socios europeos; cualquiera de los dos países, no obstante, quedaría muy mal si esta medida desesperada llegara a descubrirse.
Por otro lado, la falsificación de moneda que pueda hacer un individuo desde su propia casa no afecta demasiado al conjunto de la economía y, sin embargo, sí que puede resolver sus asuntos domésticos más urgentes. Desde que empezó la crisis, hacia el 20 o 22 de cada mes me pongo en marcha y hago mis propias fotocopias de billetes de 10 y 20 euros para las pequeñas compras. El proceso es sencillo: se coloca el billete en el cristal de la fotocopiadora; después, con la misma precisión con la que el dependiente de la papelería nos hace una fotocopia del DNI, introduciendo dos veces el mismo folio por la boca de alimentación y dándole la vuelta al documento para que ambas caras coincidan, uno también recoloca el billete para que su anverso y su reverso concuerden. Finalmente se arruga el folio para darle un aspecto de billete usado, se recorta con cuidado y se sale a la calle para hacer uso de él.
Todo esto me funcionó hasta el otro día: los rodillos de mi impresora multifunción, que imprime, fotocopia y escanea comenzaban ya a dar la lata: el papel se atascaba con frecuencia, los folios se descolocaban al meterse y entraban en diagonal… así que fui a la tienda y, usando las últimas fotocopias que me había hecho, compré un aparato nuevo y deposité el antiguo en el punto limpio. Lo instalé con ilusión en el ordenador, imprimí esa primera página de prueba que sirve para comprobar la corrección de la instalación e inicié el proceso que he descrito arriba. Pulsé por fin el botón de fotocopiar, a ver qué tal salía, y observé desconcertado que la nueva impresora detectaba mis insanas intenciones y me devolvía medio billete de 20 euros en lugar del completo. Además, me invitaba a visitar una página web: www.rulesforuse.org, en donde el Grupo de Bancos Centrales de Disuasión de las Falsificaciones (Central Bank Counterfeit Deterrence Group) describe las normas para poder reproducir billetes: «Como la farsa monea, que de mano en mano va / Y ninguno se la que’a».

martes, 4 de mayo de 2010

La independencia de los jueces

La presidenta del Tribunal Constitucional pidió el otro día respeto para el tribunal que preside ya que “ciertos sectores políticos y mediáticos” han emprendido una “desproporcionada e intolerable campaña de desprestigio”.

Hace un tiempo, un grupo de alumnos me dieron unos trabajos que debían entregarme, porque la nota que obtengan en éste cuenta para la nota final de la asignatura; lo cierto es que se me traspapelaron tres de ellos y califiqué todos menos éstos. Ya en clase y con las notas ya colgadas en el tablón de anuncios, me aseguraron, tras ver sus respectivos ceros en la columna correspondiente, que los trabajos me los habían entregado y que debía de tenerlos por ahí. Busqué y, en efecto, por cualquier motivo se me había pasado corregirlos y asumí que no los habían entregado. «No os preocupéis», les dije, «que yo os los corrijo y os actualizo la nota». Esto fue en octubre, y resulta que esos alumnos vienen con frecuencia a preguntarme por sus notas y yo les digo que «ya va, ya va», que lo que yo necesito para mi trabajo es, como dijeron los presidentes del Consejo General del Poder Judicial y del Tribunal Supremo respecto del Constitucional, «mesura» y «sosiego». Ellos desean una calificación justa para su trabajo, así que también repetí las palabras de uno de los vicepresidentes de estos órganos jurisdiccionales: «Dejadme tranquilo y sosegado, porque “es con tranquilidad y con sosiego con lo que mejor se puede hacer justicia”». Luego me han criticado, emprendiendo también una “desproporcionada e intolerable campaña de desprestigio”, como si yo no hiciera bien mi trabajo, o como si no lo hiciera en tiempo. Comprendo perfectamente a los magistrados del Alto Tribunal, me siento asimilado a ellos, a su propia piel, con el asunto éste del Estatuto de Cataluña, para el que no encuentran la paz espiritual que se necesita, cuatro años después de que arrancara el asunto.

El presidente del CGPJ, Carlos Dívar, también hizo referencia al “cuestionamiento injustificado de la independencia judicial”, cuando resulta que a cuatro los nombra el Congreso de Diputados, a cuatro el Senado, a dos el Gobierno y a dos el CGPJ: doce en total, diez propuestos todos por políticos y dos por jueces. Pero a 20 de los 21 miembros del CGPJ los elige también el Parlamento: a 8 directamente; a los otros 12, también el Parlamento, a propuesta de los propios jueces de entre 36 candidatos. De estos 36, a 18 los proponen los jueces asociados a alguna asociación profesional, y a los otros 18 los proponen los jueces no asociados a ninguna. En su composición actual, en el CGPJ hay al menos cuatro miembros que han sido políticos: Fernando de Rosa (fue consejero del gobierno de Francisco Camps, del PP); Ramón Camp i Batalla (militante de Convergencia Democrática de Cataluña); Margarita Robles (fue Secretaria de Estado con Felipe González); Margarita Uria (abogada, fue diputada por el PNV de 1996 a 2008). Uno de los pilares de la democracia es la separación de poderes; a saber: legislativo, ejecutivo y judicial. Resulta que al ejecutivo lo elige el legislativo, y a los órganos del poder judicial los eligen tanto el legislativo como el ejecutivo. Por la propiedad transitiva, si A depende de B y B depende de C, entonces A depende de C.

Es normal, entonces, que los ciudadanos se cuestionen y duden de la independencia de los tres poderes, sobre todo del judicial, que sí que debería disponer, en efecto, del sosiego necesario para discernir sobre sus asuntos, como ese del Estatut que se nos hace tan laaaaargo. Pero, para conseguir ese sosiego, deberían ser realmente independientes y no deber sus cargos a ningún político: para ello es necesario reformar su forma de elección, empezando por el artículo 122 de la Constitución, que obliga a que sean el Congreso y el Senado los que elijan a ocho de ellos.

También es normal que los ciudadanos, y también los sectores mediáticos y políticos de los que se quejan, cuestionen el prestigio de los miembros del Tribunal: primero, por su tardanza enorme en decidir sobre el Estatuto; segundo, porque llama la atención que la prensa agrupe a los propios miembros del TC en dos bloques, “progresistas” y “conservadores”, y que, en muchas ocasiones, consideren que algo es o no constitucional en función de su pertenencia a uno de los bloques. Las cosas o son constitucionales o no lo son: la Justicia está abierta a la interpretación y no es matemática; pero no es normal que estos doce señores de tanto prestigio, tan cultos, tan leídos, tan sabios, intérpretes supremos de la Ley de Leyes, se lleven cuatro años para decidir sobre un asunto de tanta enjundia, igual que no es normal que yo tenga estos meses a esos tres alumnos pendientes de un hilo para saber si aprobarán o no. Más sosiego, por favor, que si no, no rindo.

En algún momento habrá que cambiar la Constitución, entre otras cosas para cambiar el orden de sucesión para acceder al trono (supongo que en un resquicio intolerablemente machista, o tal vez por otros motivos desconocidos, prevalece el varón sobre la mujer, lo que permitirá que sea Felipe y no la infanta Elena quien reine en un futuro). Bueno, pues aprovéchese ese momento para cambiar también la forma de elección de los jueces, y para cambiar también aquellos aspectos que influyen en la Ley Electoral (como eso de que la circunscripción electoral sea la provincia: así ocurre que partidos como IU o UPyD tengan menos diputados que el PNV o CiU a pesar de tener más votos). Y habrá también por ahí alguna otra cosilla perfectible, seguro; la Constitución es un producto humano y, como tal, no exento de errores; también envejece, también se queda anticuada y se hace necesario modificarla. Así que hale, en cuanto pase la crisis que se pongan a ello.

lunes, 26 de abril de 2010

El regreso

En “Juegos de la Edad Tardía” y en “Hoy, Júpiter”, el escritor Luis Landero atribuye a dos de sus personajes un pasado falso, pero que aparece retratado en fotografías trucadas: Gregorio Olías, que en la primera novela se hace llamar “Augusto Faroni”, posa en destinos lejanos, como los polos o las selvas amazónicas; en la segunda, uno de los protagonistas aparece retratado creo que en París, ciudad en la que nunca ha estado. Para ello, los dos personajes acudían a un estudio fotográfico, montaban el decorado que correspondiera y se dejaban fotografiar para, más tarde, impresionar a mujeres con su vasto conocimiento del mundo, y para construirse una vida impostora que lucir por ahí.
A mí, esta semana me ha pasado algo parecido. Como sabrá quien me leyera el pasado lunes, mi columna anterior la escribí en Ecuador, país al que viajé por trabajo. Con objeto de hacer el trayecto por el camino más económico posible, salí de Madrid hacia Londres y de allí, en vuelo directo, hasta Quito. Mi viaje de regreso coincidió con la erupción del volcán islandés, que cerró a cal y canto el aeropuerto de Heathrow y, claro, impidió que mi vuelo despegara para regresar a casa desandando el mismo camino que me había llevado a América. Me fue imposible encontrar asiento en un vuelo alternativo, porque todas sus plazas ya habían sido reservadas por otras personas que, en mi misma situación, se me habían adelantado. Hubo, entonces, muchos viajeros que consiguieron billete para regresar a Europa vía Madrid (el vuelo transcurre por el Atlántico Sur, ruta que permaneció abierta) y, desde aquí, desplazarse ya por algún otro medio de transporte hasta su destino en Bélgica, Francia, Alemania, o en la misma España.
Por tanto, me alojé un día de más en un hotel de la capital ecuatoriana a la espera de que la situación climatológica mejorase. Como no fue así, no se fletaban más aviones y, además, las previsiones anunciaban que el volcán continuaría arrojando cenizas cada día con más intensidad, la empleada de la línea aérea que me atendió en el aeropuerto me sugirió regresar a España viajando hacia el Oriente. La señorita tecleó unos datos en el ordenador y me ofreció la posibilidad de subir hasta Dallas y, de allí, tomar un vuelo que me dejaría en Auckland (Nueva Zelanda) dos días después. A sus espaldas había un mapa del mundo colgado en la pared, que me sirvió para apreciar la magnitud del viaje de retorno que podía emprender. Acepté ese billete, y aparecí en Texas unas horas después.
La capital texana tiene poco que visitar, como no sea el lugar en el que asesinaron al presidente Kennedy. Fui para allá en un taxi y, en sus proximidades, pedí a un hombre vestido de vaquero que me tomase una foto. 
El vuelo de Dallas a Nueva Zelanda salió con retraso y me llevó varias horas. Llegué agotado y el siguiente, hacia Sidney, salía solamente 5 horas más tarde, así que me acomodé en unos asientos libres de la sala de espera y me dormí un rato. Antes, un español que se casó con una maorí hace 10 años me retrató en la sala de embarque ante un avión de Air New Zealand. Vuelo hacia Australia, y de allí a Nueva Delhi, casi siempre durmiendo, despertándome sólo con las turbulencias y con las visitas de los auxiliares de vuelo con las bandejas de comida.
Desde el aire se valora la magnitud inmensa de la ciudad de Nueva Delhi. Viven en ella 14 millones de habitantes y la pobreza inunda sus calles, pero a la vez se respira tranquilidad y paz, todo el mundo parece sosegado a pesar de que aparece repleta de gente que malvive. Vuelo a Estambul y duermo en un hotel cercano al Gran Bazar. Me levanto temprano, porque dispongo de 6 horas hasta mi vuelo a Madrid. Le pido a un taxista que, de camino al aeropuerto, me haga un recorrido rápido por la ciudad: visito la catedral de Santa Sofía, cruzo el Cuerno de Oro, la Iglesia de Pammakaristos. Al final de este montaje regreso a Madrid, cuando ya las cenizas del volcán han despejado el cielo. Ha sido una bonita y fantástica vuelta al mundo.