Una foto aleatoria

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martes, 4 de mayo de 2010

La independencia de los jueces

La presidenta del Tribunal Constitucional pidió el otro día respeto para el tribunal que preside ya que “ciertos sectores políticos y mediáticos” han emprendido una “desproporcionada e intolerable campaña de desprestigio”.

Hace un tiempo, un grupo de alumnos me dieron unos trabajos que debían entregarme, porque la nota que obtengan en éste cuenta para la nota final de la asignatura; lo cierto es que se me traspapelaron tres de ellos y califiqué todos menos éstos. Ya en clase y con las notas ya colgadas en el tablón de anuncios, me aseguraron, tras ver sus respectivos ceros en la columna correspondiente, que los trabajos me los habían entregado y que debía de tenerlos por ahí. Busqué y, en efecto, por cualquier motivo se me había pasado corregirlos y asumí que no los habían entregado. «No os preocupéis», les dije, «que yo os los corrijo y os actualizo la nota». Esto fue en octubre, y resulta que esos alumnos vienen con frecuencia a preguntarme por sus notas y yo les digo que «ya va, ya va», que lo que yo necesito para mi trabajo es, como dijeron los presidentes del Consejo General del Poder Judicial y del Tribunal Supremo respecto del Constitucional, «mesura» y «sosiego». Ellos desean una calificación justa para su trabajo, así que también repetí las palabras de uno de los vicepresidentes de estos órganos jurisdiccionales: «Dejadme tranquilo y sosegado, porque “es con tranquilidad y con sosiego con lo que mejor se puede hacer justicia”». Luego me han criticado, emprendiendo también una “desproporcionada e intolerable campaña de desprestigio”, como si yo no hiciera bien mi trabajo, o como si no lo hiciera en tiempo. Comprendo perfectamente a los magistrados del Alto Tribunal, me siento asimilado a ellos, a su propia piel, con el asunto éste del Estatuto de Cataluña, para el que no encuentran la paz espiritual que se necesita, cuatro años después de que arrancara el asunto.

El presidente del CGPJ, Carlos Dívar, también hizo referencia al “cuestionamiento injustificado de la independencia judicial”, cuando resulta que a cuatro los nombra el Congreso de Diputados, a cuatro el Senado, a dos el Gobierno y a dos el CGPJ: doce en total, diez propuestos todos por políticos y dos por jueces. Pero a 20 de los 21 miembros del CGPJ los elige también el Parlamento: a 8 directamente; a los otros 12, también el Parlamento, a propuesta de los propios jueces de entre 36 candidatos. De estos 36, a 18 los proponen los jueces asociados a alguna asociación profesional, y a los otros 18 los proponen los jueces no asociados a ninguna. En su composición actual, en el CGPJ hay al menos cuatro miembros que han sido políticos: Fernando de Rosa (fue consejero del gobierno de Francisco Camps, del PP); Ramón Camp i Batalla (militante de Convergencia Democrática de Cataluña); Margarita Robles (fue Secretaria de Estado con Felipe González); Margarita Uria (abogada, fue diputada por el PNV de 1996 a 2008). Uno de los pilares de la democracia es la separación de poderes; a saber: legislativo, ejecutivo y judicial. Resulta que al ejecutivo lo elige el legislativo, y a los órganos del poder judicial los eligen tanto el legislativo como el ejecutivo. Por la propiedad transitiva, si A depende de B y B depende de C, entonces A depende de C.

Es normal, entonces, que los ciudadanos se cuestionen y duden de la independencia de los tres poderes, sobre todo del judicial, que sí que debería disponer, en efecto, del sosiego necesario para discernir sobre sus asuntos, como ese del Estatut que se nos hace tan laaaaargo. Pero, para conseguir ese sosiego, deberían ser realmente independientes y no deber sus cargos a ningún político: para ello es necesario reformar su forma de elección, empezando por el artículo 122 de la Constitución, que obliga a que sean el Congreso y el Senado los que elijan a ocho de ellos.

También es normal que los ciudadanos, y también los sectores mediáticos y políticos de los que se quejan, cuestionen el prestigio de los miembros del Tribunal: primero, por su tardanza enorme en decidir sobre el Estatuto; segundo, porque llama la atención que la prensa agrupe a los propios miembros del TC en dos bloques, “progresistas” y “conservadores”, y que, en muchas ocasiones, consideren que algo es o no constitucional en función de su pertenencia a uno de los bloques. Las cosas o son constitucionales o no lo son: la Justicia está abierta a la interpretación y no es matemática; pero no es normal que estos doce señores de tanto prestigio, tan cultos, tan leídos, tan sabios, intérpretes supremos de la Ley de Leyes, se lleven cuatro años para decidir sobre un asunto de tanta enjundia, igual que no es normal que yo tenga estos meses a esos tres alumnos pendientes de un hilo para saber si aprobarán o no. Más sosiego, por favor, que si no, no rindo.

En algún momento habrá que cambiar la Constitución, entre otras cosas para cambiar el orden de sucesión para acceder al trono (supongo que en un resquicio intolerablemente machista, o tal vez por otros motivos desconocidos, prevalece el varón sobre la mujer, lo que permitirá que sea Felipe y no la infanta Elena quien reine en un futuro). Bueno, pues aprovéchese ese momento para cambiar también la forma de elección de los jueces, y para cambiar también aquellos aspectos que influyen en la Ley Electoral (como eso de que la circunscripción electoral sea la provincia: así ocurre que partidos como IU o UPyD tengan menos diputados que el PNV o CiU a pesar de tener más votos). Y habrá también por ahí alguna otra cosilla perfectible, seguro; la Constitución es un producto humano y, como tal, no exento de errores; también envejece, también se queda anticuada y se hace necesario modificarla. Así que hale, en cuanto pase la crisis que se pongan a ello.

lunes, 26 de abril de 2010

El regreso

En “Juegos de la Edad Tardía” y en “Hoy, Júpiter”, el escritor Luis Landero atribuye a dos de sus personajes un pasado falso, pero que aparece retratado en fotografías trucadas: Gregorio Olías, que en la primera novela se hace llamar “Augusto Faroni”, posa en destinos lejanos, como los polos o las selvas amazónicas; en la segunda, uno de los protagonistas aparece retratado creo que en París, ciudad en la que nunca ha estado. Para ello, los dos personajes acudían a un estudio fotográfico, montaban el decorado que correspondiera y se dejaban fotografiar para, más tarde, impresionar a mujeres con su vasto conocimiento del mundo, y para construirse una vida impostora que lucir por ahí.
A mí, esta semana me ha pasado algo parecido. Como sabrá quien me leyera el pasado lunes, mi columna anterior la escribí en Ecuador, país al que viajé por trabajo. Con objeto de hacer el trayecto por el camino más económico posible, salí de Madrid hacia Londres y de allí, en vuelo directo, hasta Quito. Mi viaje de regreso coincidió con la erupción del volcán islandés, que cerró a cal y canto el aeropuerto de Heathrow y, claro, impidió que mi vuelo despegara para regresar a casa desandando el mismo camino que me había llevado a América. Me fue imposible encontrar asiento en un vuelo alternativo, porque todas sus plazas ya habían sido reservadas por otras personas que, en mi misma situación, se me habían adelantado. Hubo, entonces, muchos viajeros que consiguieron billete para regresar a Europa vía Madrid (el vuelo transcurre por el Atlántico Sur, ruta que permaneció abierta) y, desde aquí, desplazarse ya por algún otro medio de transporte hasta su destino en Bélgica, Francia, Alemania, o en la misma España.
Por tanto, me alojé un día de más en un hotel de la capital ecuatoriana a la espera de que la situación climatológica mejorase. Como no fue así, no se fletaban más aviones y, además, las previsiones anunciaban que el volcán continuaría arrojando cenizas cada día con más intensidad, la empleada de la línea aérea que me atendió en el aeropuerto me sugirió regresar a España viajando hacia el Oriente. La señorita tecleó unos datos en el ordenador y me ofreció la posibilidad de subir hasta Dallas y, de allí, tomar un vuelo que me dejaría en Auckland (Nueva Zelanda) dos días después. A sus espaldas había un mapa del mundo colgado en la pared, que me sirvió para apreciar la magnitud del viaje de retorno que podía emprender. Acepté ese billete, y aparecí en Texas unas horas después.
La capital texana tiene poco que visitar, como no sea el lugar en el que asesinaron al presidente Kennedy. Fui para allá en un taxi y, en sus proximidades, pedí a un hombre vestido de vaquero que me tomase una foto. 
El vuelo de Dallas a Nueva Zelanda salió con retraso y me llevó varias horas. Llegué agotado y el siguiente, hacia Sidney, salía solamente 5 horas más tarde, así que me acomodé en unos asientos libres de la sala de espera y me dormí un rato. Antes, un español que se casó con una maorí hace 10 años me retrató en la sala de embarque ante un avión de Air New Zealand. Vuelo hacia Australia, y de allí a Nueva Delhi, casi siempre durmiendo, despertándome sólo con las turbulencias y con las visitas de los auxiliares de vuelo con las bandejas de comida.
Desde el aire se valora la magnitud inmensa de la ciudad de Nueva Delhi. Viven en ella 14 millones de habitantes y la pobreza inunda sus calles, pero a la vez se respira tranquilidad y paz, todo el mundo parece sosegado a pesar de que aparece repleta de gente que malvive. Vuelo a Estambul y duermo en un hotel cercano al Gran Bazar. Me levanto temprano, porque dispongo de 6 horas hasta mi vuelo a Madrid. Le pido a un taxista que, de camino al aeropuerto, me haga un recorrido rápido por la ciudad: visito la catedral de Santa Sofía, cruzo el Cuerno de Oro, la Iglesia de Pammakaristos. Al final de este montaje regreso a Madrid, cuando ya las cenizas del volcán han despejado el cielo. Ha sido una bonita y fantástica vuelta al mundo.

martes, 20 de abril de 2010

Maricón


En una película que vi hace muchos años y cuyo título no recuerdo (quizá algún lector lo sepa por la pista que voy a dar y pueda ayudarme a buscarla), un ciudadano español (quizá Antonio Resines, ahora que lo pienso), o europeo o norteamericano, viaja en un viejo autobús por las carreteras montañosas de algún país sudamericano, quizá Colombia, Bolivia, Perú, nombres todos que me resultan sumamente evocadores. El autobús iba parando en cada municipio que encontraba, y el chófer avisaba gritando el nombre con la debida antelación, para que los viajeros se preparasen para apearse. De este modo, parada tras parada, el autobús se llenaba y vaciaba en su larga y pausada ruta. A las varias horas de viaje el ciudadano del hemisferio norte era el único varón en el grupo de viajeros, estando acompañado de unas ocho o nueve mujeres, sentadas de manera dispersa por los asientos del autocar; el conductor, entonces, sin razón aparente, vuelve su cabeza ligeramente hacia atrás y empieza a gritar: «¡Maricón, maricón!», decía, y el turista, estupefacto e incrédulo, buscaba entre los pasajeros al gay al que se pudiera estar refiriendo el chófer. El vehículo, entonces, llegaba a una pequeña aldea en mitad de la sierra, llamada Maricón.
Escribo estas líneas cuando acabo de subir a un autobús en Cuenca, Ecuador, que me ha de llevar en unas seis horas hasta Ambato, en donde tomaré otro autocar para viajar a otra ciudad llamada Baños, que creo que es una auténtica maravilla. A los pocos minutos de arrancar ya hemos parado un par de veces para que suban otros viajeros. Entre otros, sube un señor con corbata y chaqueta de cuero negra. Se queda de pie al principio del pasillo, pide disculpas y solicita nuestra atención. Nos habla durante un rato largo de la parasitosis, y menciona a la triquina y a la tenia, que llegan —nos dice— por las venas y los nervios hasta la cabeza, en donde comienza a reconcomer el cerebro y a volver loco al enfermo. Al final de su charla ofrece unos sobres de un laxante natural, que nos limpiará el estómago y los intestinos, dejándolos como una tubería nueva de PVC: un sobre del purgante, un dólar USA; tres sobres, dos dólares. «Me interesa vender el lote», explica, «por eso se lo dejo a este precio». El vendedor hace una buena caja. Se baja en Azogues, en donde el bus hace una pausa y suben durante este tiempo otras dos personas: una ofrece el periódico y lotería; la otra, fruta fresca cortadita en trozos.
Me duermo un rato y, cuando abro los ojos, estamos parados en un pueblo, dándole aire a las ruedas del coche. Acabo de ver una llama en la ladera de la montaña. No me ha dado tiempo a fotografiarla. A la izquierda de la carretera se contempla un valle inmenso, cubierto de nubes, a una cota inferior a la mía. La señora que viaja a mi lado lleva un sombrero de Panamá. Ayer, acompañado de César, un estudiante colombiano de doctorado de la UCLM que ha venido a este mismo congreso, compré uno por 12 dólares y, mientras una de las señoras que atendía el negocio fue a buscar uno más grande que los del escaparate, la otra nos contó la historia de estos sombreros panameños que se fabrican en Ecuador: parece que, cuando se construía el canal de Panamá, los gringos que dirigían la obra encargaron algún tipo de sombrero elegante y fresco, y nadie pudo hacérselo en aquel país. Mandaron a diseñarlos y a fabricarlos a Ecuador. Son de fibra natural, blancos y muy frescos. La señora me ha enseñado a plegarlo, y lo llevo así en la maleta. Cuando lo saque en España volverá, con un poco de ayuda, a tomar su forma original.
Llevo ya seis horas de viaje y me dice el ayudante del chófer que queda aun otra hora y pico de camino.
La carretera es de asfalto, no de tierra; el chófer no anuncia los destinos con antelación; en el autobús se prohíbe fumar; no hay gente sentada en el techo ni en el piso; nadie transporta gallinas en jaulas, ni cajones de frutas; los pasajeros hablan por sus teléfonos celulares de Movistar y Porta. En el vídeo proyectan una película de Jean Claude Van Damme que interrumpe un nuevo vendedor de Manicomios, «una nueva chocolatina, un nuevo producto, de cacao y manises, que en la costa se vende a 40 centavos la pieza pero que aquí, por la promoción, yo se la estoy ofreciendo a un dólar las cuatro». Ni el conductor ni el ayudante anuncian las paradas. «Avíseme por favor cuando lleguemos a Ambato», le pido, «porque debo tomar otro autobús a Baños».
Llegamos a Riobamba. Debe de ser un destino importante porque muchos viajeros toman sus pertenencias y esperan de pie a que el autobús se detenga. Pensé que podría bajar a echar un cigarro, pero el autobusero arranca rápido. Sube un hombre ofreciendo helados; tienen un aspecto excelente, pero todas las guías recomiendan andarse con mucho cuidado y no aceptar alimentos sin control sanitario.
Y, finalmente, después de casi 8 horas de viaje cansado pero de vistas maravillosas, llego a Baños y me alojo en el hotel de Uve, un danés que ha montado un pequeño y coqueto hotelito de 2 habitaciones a 20 dólares la noche, con unas vistas magníficas de la sierra, que rodea el pueblo por todas partes. Son las siete de la tarde y anochece en el ecuador.

martes, 13 de abril de 2010

Detección del idioma


Es probable que alguno de los improbables lectores de esta columna utilice algún programa informático para escribir sus textos. El Microsoft Word es el más frecuente, y quizá alguna vez el lector mezcle un párrafo en español con otro en un idioma diferente, como por ejemplo este párrafo que aun no ha terminado y las siguientes líneas, que pertenecen a una canción de Bob Dylan:
“How does it feel
To be without a home
Like a complete unknown
Like a rolling stone?”
El procesador de textos detecta de manera automática el idioma de cada párrafo, de manera que adivina que hay un trozo en castellano y otro trozo en inglés, y a cada uno le aplica, para resaltar los posibles errores ortográficos, el diccionario que corresponda.
Si uno mismo tuviera que averiguar los diferentes idiomas de un texto escrito en varios lenguajes, lo más probable es que echara mano de diversos diccionarios y fuese buscando por ellos palabras de cada párrafo. Los siguientes párrafos dicen en diversos idiomas lo siguiente: «Bienvenida. Deseo dar la bienvenida a los miembros de una delegación de…»:
Velkomstord Mine damer og herrer, det er mig en stor glæde at kunne byde velkommen til en ...
Liebe Kolleginnen und Kollegen! Im Namen unseres Hauses begrüße ich eine Delegation des...
Mina damer och herrar! Än en gång sammanträder vårt parlament för ...
En lugar de hacerlo como lo haría un humano, los ordenadores (o, más bien, los ingenieros informáticos que los programan) utilizan lo que se llaman “bigramas”, “trigramas” y, en general, “n-gramas”. Un bigrama es una secuencia de dos letras; un trigrama, de 3; un “n-grama”, una secuencia de “n” letras.
Para detectar el idioma, los programas informáticos toman el texto cuyo idioma desean reconocer y contabilizan las apariciones de bigramas y trigramas. Cada lengua dispone de su propio conjunto de bi y trigramas más frecuentes, de manera que con esta información es normalmente suficiente para detectar el idioma en que el texto está escrito. En castellano, los bigramas y trigramas más habituales son: en, es, el, de, la, al, os, ar, re, er, nt, on, ad, ue, ra, ci, as, te, se, co; ent, que, del, ela, ion, dad, cio, con, est, ade, ali, ida, nci, eal, ode, aci, ci, ese, ien.
En primer párrafo de este artículo, “en” aparece 7 veces; “es”, 9; “el”, 3 veces. En cuanto a trigramas, “ent” y “que” aparecen 3 veces.
Además de para esto, bigramas y trigramas se utilizan en sistemas de codificación y de criptografía asignando, por ejemplo, números o letras a cada trigrama. Un libro breve y muy ameno sobre esto se titula “Introducción a la criptografía: historia y actualidad”, de Ortega, López y García del Castillo, profesores de la Universidad de Castilla-La Mancha.

lunes, 5 de abril de 2010

Cien columnas

Hace algunas semanas, he publicado cien columnas en el diario El Día de Ciudad Real durante cien semanas ininterrumpidas. Por curiosidad he calculado algunos datos:
a)      Entre todas suman 67.607 palabras. No he contado aquí los números, que han sido unos cuantos cientos.
b)      Muchas de esas palabras aparecen más de una vez: “de”, por ejemplo, es la palabra más corriente y aparece 4.006 veces; la siguiente es “que”, con 3.111; después vienen “la”, “y”, “el” y “en”, con 2.287, 2.051, 1.924 y 1.841 apariciones respectivamente.
c)      Realmente, el número de palabras distintas utilizadas ha sido de 11.699: “abad” o “abanderado” aparecen una sola vez. “Abandonaba” también, pero luego aparecen más veces otras formas verbales del verbo “abandonar”, como “abandonó” o “abandonando”. Solamente hay 7022 palabras que aparecen una sola vez. El resto aparece más de una vez.
d)      Por letras: 5266 empiezan por A, 737 por B, 5035 por C, 7356 por D, 7779 por E, 1020 por F, 663 por G, 1900 por H, 1387 por I, 335 por J, 32 por K, 5933 por L, 3401 por M, 1905 por N, 2 por Ñ (la propia letra “ñ”), 1631 por O, 5200 por P, 3459 por Q, 1540 por R, 4501 por S, 2192 por T, 2063 por U, 1208 por V, 34 por W, 15 por X (Xavier, xenófoba, xenófobos, Xunta y algunos siglos), 2321 por Y y 49 por Z.
e)      Aisladamente, la letra “a” aparece 1454 veces; la “e” 45; la “i”, una vez (supongo que procedente de algún texto en inglés); la “o”, 564; la “u”, 8.
f)        La “y”, como conjunción, aparece 2051 veces.
g)      En total, aparecen 308.876 letras (entre la A y la Z) en los 100 textos. La E es la más frecuente, con 42.173 ejemplares (13,65%), seguida de la A, con 36087 (11,68%). Después vienen la O, la S y la N, respectivamente con el 9,14, el 7,62 y el 7,33 por ciento. Estas cinco letras (E, A, O, S y N) acumulan casi el 50% de las apariciones. Y, de entre las 3125 combinaciones posibles que pueden conseguirse con ellas cinco, encontramos las siguientes palabras castellanas: anoas (un tipo de búfalo), anona (un árbol), ansas (un asa), asaos, asase, asean, aseas, aseen, asees, aseos, asesa, aseso, asnas, asnos, enana (de “enanar”: hacer enano), enane, enano, nanas, nanea (de “nanear”: andar como los patos), nanee, naneo, nansa (nasa de pescar), nenas, nenes, nones, nonos (novenos), osaos, osase, osean (del verbo “osear”), ososa y ososo (relativos al hueso), sanan, sanas, sanea, sanee, sanen, saneo, sanes, sanos, sansa (orujo de aceituna), sanso (en Vizcaya, según el diccionario, es un grito de alegría), senas (conjunto de seis puntos señalados en la cara de un dado), senos, sesee (de sesear), seseo, sesos, soasa, soase, soaso, sones, sonsa y sonso (tonta y tonto), sosas y sosos.
h)      Después vienen, ordenadamente, la R, I, L, D, U, C, T, M, P, B, Q, G, Y, V, H, F, J, Z, Ñ, X, K y W.
La longitud media de las palabras usadas es de 7,85 letras. La más larga, “inconstitucionalidad”, seguida de “medioambientalmente”, “democratacristianos” y “castellanomanchegos”. Como se ve en el gráfico, las palabras más frecuentes tienen entre 7 y 8 caracteres.

martes, 23 de marzo de 2010

Inventar y descubrir


Un profesor que tuve en octavo nos dijo que el invento humano que más le fascinaba era el juego formado por el pistón y el cilindro en el motor de explosión. Le maravillaba esa distancia mínima entre ambos componentes, que permite que la mezcla de gasolina y aire suban a comprimirse empujados por la biela, para explotar y bajar con violencia cuando la bujía hace saltar su chispa.
            Otro profesor nos contó que los inventos, como ese del motor de explosión, no tienen cabida en las Matemáticas ni en la Física, porque lo que hacen matemáticos y físicos es simplemente descubrir las relaciones que ya existen de manera natural entre la superficie de un círculo y su radio, o entre los catetos y la hipotenusa, o entre la Luna que, gira que te gira, no llega a nunca a caerse sobre la Tierra ni a separarse de ella más de lo dictan las leyes de Newton. Fleming, por ejemplo, que no era matemático ni físico, descubrió pero no inventó la penicilina, parece ser que en ese azar famoso que le hizo pararse a pensar antes de tirar a la basura la placa con el precipitado infectado por Penicillium notatum que, a otro, le habría estropeado su experimento. Edison, sin embargo, sí inventó la bombilla incandescente, después de probar a pasar la corriente eléctrica a través de cientos de filamentos de distintos materiales, hasta que consiguió, con uno de ellos, que se iluminara la estancia en la que se encontraba.
            Uno de los descubrimientos que más me llaman la atención es el del café: se trata de una planta que crecía libre y salvaje en las colinas de las montañas. Alguien debió de sentir la curiosidad de acercarse y probar el grano verde, y pensar que qué malo estaba, tan amargo. En lugar de dejarlo y buscar otra planta que llevarse a la boca, el hombre, en un arrebato iluminatorio, pensaría: «Lo voy a tostar, a ver qué pasa», y entonces obtendría un grano marrón oscurecido y duro, casi insípido, que le dejaría los espacios interdentales y el espacio debajo de la lengua llenos de trocitos, y con una sensación al masticar nada agradable. «Lo voy a moler», pensaría con insistencia, y obtendría entonces el polvillo fino que nos venden ya en los paquetes envasados al vacío. En lugar de tirarlo, el curioso se preguntaría a sí mismo: «¿Qué puedo hacer con esto?», y alguien que lo observaba incrédulo le diría: «Colócalo en un filtro y échale agua caliente». Y así lo hizo el primero. «Qué amargo», le contestaría a su amigo después de hacerlo. Y otra vez, en lugar de dejarlo y olvidarlo, le echaría azúcar y, quizás todavía sin que le gustase demasiado la nueva combinación, se lo cortó con leche. Qué camino más largo y más raro y más inverosímil para una infusión sin la que muchos no podríamos pasar.

jueves, 4 de marzo de 2010

El azar

Hace doce años viajé a una reunión y a un congreso a Curitiba, en Brasil. Entre la reunión y el congreso había un fin de semana entre medias, y aproveché para ir a visitar las cataratas de Iguazú. Tengo que decir que hice este viaje solo, y que pedí a alguien que me inmortalizase ante aquellos impresionantes saltos de agua. Me sacó un foto descentrada, en la que el protagonista parece ser un hombre de barba situado un poco delante de mí (en una posición futbolera de fuera de juego, difícil de apreciar para un linier), que saluda a la cámara. Al regresar de Iguazú, buscando mi mostrador para facturar y obtener la tarjeta de embarque en el aeropuerto, me encontré a un señor mayor que me sonaba muchísimo. Le pregunté. Se llamaba Ralph (o eso entendí) y era holandés. Por la conversación, descubrimos que habíamos coincidido el año anterior en otro viaje a Ámsterdam, aunque él no se acordaba en absoluto de mí. «¿Y vas ahora al congreso de Curitiba?», le pregunté, atribuyendo a este evento la casualidad de habernos encontrado en un país tan lejano. «No, no», me dijo, «tomo un vuelo a Río y regreso a Holanda».
Años después, en noviembre de 2001, asistí a otro congreso en Florencia. El evento tenía lugar en un hotel céntrico. En unas salas de reuniones de las plantas intermedias tenían lugar las sesiones científicas; a cierta hora se interrumpían y subíamos a la última planta del hotel para la comida. Coincidí en el congreso con Alex Orso, un amigo italiano que conocí ese verano en Atlanta, y comimos juntos. Al terminar decidimos salir un rato a la calle, y bajamos junto a otras personas en el ascensor. Alguien, desde una planta intermedia, llamó a nuestro ascensor para bajar también. El ascensor se detuvo para recogerlo, pero estaba ya al límite de su capacidad y no cabía nadie más. Las puertas se abrieron, apareció una chica de Ciudad Real que se acababa de casar y estaba en Florencia de luna de miel. Nos conocíamos de vista, teníamos amigos comunes. «Anda, Macario», le dijo a su reciente marido; las puertas del ascensor volvieron a cerrarse automáticamente y el aparato siguió su viaje hasta el lobby del hotel.
Tengo un amigo de humor singular. Hace años se encontró a un sudamericano cualquiera (uno de entre 400 millones) ante el mostrador de un hotel. Le oyó su acento y, en un alarde de humor, le preguntó directamente, sin conocerlo de absolutamene nada, por su amigo Críspulo, que emigró a Valencia de Venezuela hacía muchos años: «Hombre», le dijo, «es usted sudamericano. ¿Qué tal mi amigo Críspulo?». «¿Críspulo Díaz-Santos Bernal?», contestó el otro, «Precisamente el jueves estuve en un juicio con él». Hay que decir que ni Críspulo, ni mi amigo, ni el señor sudamericano abogado que esperaba a hacer el check-in en el hotel, compartían gremio. Fue el azar puro lo que hizo que se produjera ese hecho imposible. O quizás fue que el abogado recordaba en ese momento a Críspulo, y su cerebro emitía sin saberlo unas ondas telepáticas que activaron en mi amigo algún circuito que permanecía apagado y que hicieron que se acordase de él.
El sábado me sorprendió el locutor de la radio al leer las combinaciones ganadoras de la Primitiva y de la Bonoloto; más parecía que estaba contando: «2, 3, 4, 5…», dijo para la primera; «…45, 46, 47…», dijo para la segunda. El 28 de enero, los números premiados incluyeron el 16, 17, 18 y 19.
Como hay gente para todo, debe de haber muchos que apuesten de manera fija a los números 1, 2, 3, 4, 5 y 6. La probabilidad de que salga esta combinación es exactamente igual a la de cualquier otra. Los que la hayan jugado habrán tenido cuatro aciertos, y han ganado 33,58 euros. Cualquier otra semana, un acertante de cuatro números gana aproximadamente el triple o el cuádruple.