Una foto aleatoria
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Una frase aleatoria
miércoles, 30 de septiembre de 2009
El ADN de Dios
Con esta idea de la transmutación en mente, he empezado a escribir una novela en la que se descubre ADN humano en las hostias consagradas, que no estaba presente en ellas antes del sacramento. Hace ahora como quince años empecé otra novela, “La ruta no natural”, que luego me publicó la Biblioteca de Autores Manchegos. Me costó mucho trabajo acabarla, y tuve periodos de nula productividad, tardes en las que me ponía a escribir ante el ordenador sin terminar una línea. Frecuentaba por esas fechas el Café Guridi, a la sazón dirigido por Juan, en donde se reunían semanalmente los contertulios de la asociación cultural La Fragua, y en donde se organizaban exposiciones y algunos conciertos. En su tablón de corcho, situado junto a la barra, Juan dejaba colgar anuncios de “Se busca guitarrista”, fechas de próximos conciertos y, a mí, me dejó ir pinchando, semanalmente, las páginas de esa novela con la que tanto me costaba avanzar. Tuve algunos lectores, clientes asiduos que dedicaban unos minutos a ir leyendo los párrafos nuevos y que ocasionalmente me dejaban algún comentario manuscrito. Ese compromiso no adquirido me motivó para no dejar de faltar a mi cita voluntaria de los domingos, en las que me exigía a mí mismo pinchar nuevos folios con la continuación del relato, que hasta ese momento se me había ido resistiendo. El hecho simple de colgar los textos se convirtió para mí en un acicate que me invitaba y me facilitaba el hecho de escribir.
Hoy me ha sucedido algo similar con esta columna, que he empezado de otras tres formas hablando de otros tres temas diferentes que me han resultado aburridos y sin sustancia. Me ocurre lo mismo con la nueva novela, con ADN, que he empezado hace unos meses pero con la cual me atranco: no sé cuál será el final pues, aunque tenía uno pensado cuando la comencé, en las pocas páginas que llevo la historia se me ha ido ya por otros derroteros. Los últimos ratos en los que he intentado proseguirla han sido infructuosos.
Quince años después del tablón físico y tangible de corcho de alcornoque del café Guridi de la calle Libertad con Cardenal Monescillo, “ya no cierro los bares ni hago tantos excesos”, como dice Joaquín Sabina, pero puedo disponer de otro tablón electrónico en el que ir colgando las páginas que tengo escritas, y que me sirva de prurito y de compromiso para que, con dos o tres lectores que la sigan, avance con ella hasta terminarla: adndedios.blogspot.com
martes, 22 de septiembre de 2009
LA VIDA EN CANCIONES
miércoles, 2 de septiembre de 2009
Últimos minutos del toro
Durante toda la tarde he estado oyendo golpes secos cerca de mí. Aquí tengo algo de paja y un bebedero. Imagino que mis otros compañeros de viaje están en los chiqueros que hay al lado, semejantes a este en el que me han encerrado. Todavía los huelo. En un cierto momento he vuelto a oír los tambores y las cornetas; esperaba escuchar nuevamente el ruido de una puerta próxima que se abre, pero en esta ocasión ha sido la mía. A las virutas de polvo que flotan en el ambiente las ha agrupado la luz, que ha entrado formando un prisma; he dudado, pero llevaba horas aquí encerrado y he salido en esa dirección, abandonando mi habitáculo, y he salido corriendo hacia el espacio abierto y luminoso, en donde se escuchaba a un gran gentío. La luz intensa me ha deslumbrado, pero pronto me he adaptado a ella y he corrido por la arena buscando una salida definitiva al campo verde. Ocasionalmente salían unos hombres a recibirme, me mostraban y agitaban el capote y, cuando alcanzaba a estar cerca de ellos, volvían a esconderse detrás de las tablas. He dado una vuelta completa sin encontrar el camino que me sacara del albero, empapado de agua a pesar de este día de calor, de cielo despejado y sin nubes. Quizá si venzo a ese hombre que acaba de pararse y que me está citando se me abran las puertas y pueda marcharme, así que me arranco y lo ataco, pero mueve magistralmente su pedazo de tela y me impide alcanzarlo, me lleva por su lado; me giro y me vuelvo, el hombre vuelve a engañarme y la multitud me aturde con sus vítores en el graderío. Me empalma varios pases, y yo lo más que consigo es pasar rozando su trapo con mis pitones.
Suenan otra vez los clarines. De una puerta contigua a aquella por la que yo he venido salen dos hombres a caballo. Van armados. Los caballos llevan los ojos tapados y están protegidos con corazas. La arena se llena ahora de gente, y el hombre que me ha dado antes los pases vuelve a citarme, conduciéndome poco a poco frente al caballo más próximo al palco del presidente. La gente le aplaude. Tal vez si venza al caballo me concedan el perdón y me dejen salir, así que me arranco desde la segunda raya y me lanzo hacia él con todas mis fuerzas. Siento la puya que se me clava en lo alto, pero apenas me duele, es solo una molestia que quizá soy yo mismo quien se provoca con esta embestida. Tal vez si empujo más desparezca la sensación del pinchazo, así que hago fuerza con todo mi cuerpo, aprieto mis riñones, cabeceo, me empiezo a orinar, y no dejaré de hacerlo en toda esta pelea, el público silba y me pita, algo debo de estar haciendo mal, así que me aparto del caballo a ver si los contento. Descanso un poco, siento el chorro de mi sangre brotándome rítmicamente por el hoyo de las agujas con cada pálpito de mi corazón; noto cómo se me empapan los costados, las paletillas, siento mi vientre elevarse y descender al ritmo violento de mi diafragma, porque respiro a trompicones. Miro a los lados, y vuelvo de nuevo a atacar al hombre, que me provoca mostrándome nuevamente el capote. Estoy agotado, la puya me ha hecho daño, y el hombre se quita la montera y suenan otra vez las trompetas. El público aplaude y los jinetes se retiran. Ignoro qué se espera de mí para conseguir mi premio y regresar al campo.
A continuación embisto a tres hombres armados con dos palos adornados, las banderillas. Se muestran esquivos, quieren engañarme, pero ahora no tienen trapo con el que hacerlo, así que voy directo al cuerpo. No consigo enganchar al primero, que me deja los dos palos clavados. Cabeceo para quitármelos, porque me cuelgan a los lados y me molestan mucho, pero lo más que consigo es apartarlos durante un instante. El segundo y el tercero también me engañan. En total tengo seis pinchos sobre mí. No me duelen demasiado, tengo en mente ese premio que debo conseguir, y ese deseo que me estresa es mi mejor analgésico.
Por fin vuelve el hombre de antes. Está él solo ahora. Se va al centro del ruedo y gira sobre sus pies, el brazo estirado, mostrando su montera al público, que le aplaude. Ha cambiado el capote por una tela de color rojo. Se acerca hacia mí y me cita. Quizá ahora pueda atacarlo, aunque estoy muy cansado, pero hago de tripas corazón y me arranco hacia él. No lo engancho. Lo intento varias veces sin éxito, y entonces empieza a sonar una música que viene desde la grada. Después de varios lances seguidos la gente aplaude, lo debo de estar haciendo bien, y tal vez consiga la libertad que ansío, así que vuelvo a atacarlo durante varias tandas. Hay gente que grita “Olé”, eso es que les gusto. Me pongo contento, creo que finalmente me abrirán la puerta.
En un momento dado suena un único golpe de bombo y se detiene la música. El hombre se dirige a las tablas, deja un estoque y toma otro, y vuelve a provocarme con unos pocos pases. Estoy muy cansado, tengo cada vez menos ganas, así que me detengo frente al hombre, lo miro, me enseña la muleta casi rozando el suelo y bajo mi cabeza para mirarla. Me llama, me dice “Mira, torito”, y agita levemente la tela. El hombre se arranca, y yo quiero dirigir mi último ataque al trapo rojo. Siento algo que me parte por dentro. Sigo orinando, y la boca y la garganta se me llenan inmediatamente de sangre. La sensación es muy desagradable. Varios hombres me muestran los capotes y me hacen girar como para marearme; la espada que tengo clavada me rompe por dentro, siento el interior de mi cuerpo, que hasta ahora me resultaba desconocido, rozarse con el hierro. Tengo que parar, no tengo energía apenas para seguir, así que doblo mis patas delanteras y luego me echo y me siento del todo. El público grita entusiasmado; tal vez ahora me dejen tranquilo y pueda marcharme. Se me acerca un hombre con un puñal y me da con él en la nuca. Caigo hacia un lado, siento mis piernas temblar autónomamente y mi lengua desplazarse hacia un lado. El hombre hace un movimiento circular con el puñal clavado en mí. Babeo y sangro, se me aturde la boca. El público grita entusiasmado. Por mis ojos, que aún parecen funcionarme, veo al graderío de pie agitando pañuelos. Alguien me sujeta una oreja y tira de ella, y entonces siento un cuchillo afilado que la rasga y que me la está arrancando.
Lo he debido de hacer bien. Me da el olor del ganado, tal vez viene el mayoral cabalgando para azuzarnos con la garrocha y hacernos correr por la dehesa. Oigo un tintineo, serán los cascabeles que adornan las bridas de su caballo y que resuenan al acercarse al trote. Pero tengo sueño y voy a dormirme. Creo que, por fin, he regresado al campo.
viernes, 24 de julio de 2009
ENERGÍAS ALTERNATIVAS
Desde hace algunos meses, la factura de la luz trae un gráfico de sectores que informa del origen de la electricidad que consumimos. El 20,7% procede de fuentes renovables (solar, eólica, etc.), el 19,3% de centrales nucleares y el 60% restante, de fuentes de energía que emiten dióxido de carbono (cogeneración, gas natural, carbón, etc.). En estos porcentajes se incluyen únicamente las fuentes de energía que finalmente se utilizan para obtener la electricidad que se emplea en industrias, hogares y determinados medios de transporte (trenes de motor eléctrico, por ejemplo), quedando aparte el uso que hacemos del petróleo para el resto de medios de transporte. El transporte se fundamenta en la producción de, aproximadamente, 83 millones de barriles de petróleo diarios, si bien los gobiernos parece que tomarán medidas para fomentar la fabricación, compra y utilización de coches eléctricos. La energía necesaria para cargar las baterías de los coches procederá, como la que utilizamos para recargar la del teléfono móvil, de la que llega a nuestros enchufes desde la red eléctrica y que procede, entonces, de las mismas fuentes que aparecen en nuestra factura y que acabo de enumerar.
Esto significa que también nuestros vehículos eléctricos contaminarán y producirán dióxido de carbono y colaborarán en el efecto invernadero, si bien concentrarán su contaminación en lugares apartados (centrales de producción de energía), en lugar de ir esparciéndola durante su recorrido. ¿Cuánto contaminará un coche eléctrico? ¿Es medioambientalmente rentable construirlos y ponerlos a la venta en las circunstancias actuales? Veamos.
La energía que produce un litro de gasolina equivale aproximadamente a 9 kilowatios-hora de electricidad. La misma factura de la luz nos informa de que la producción de 1 kilowatio-hora , con la combinación de fuentes de energía que se utiliza en España, supone la producción de
Por otro lado, la combustión de un litro de gasolina (o sea, la producción de sus 9 kilowatios-hora correspondientes) emite unos
Si bien el rendimiento de los motores eléctricos es mayor que el de los motores de explosión (si el rendimiento de un aparato eléctrico fuese del 100%, no desprenderían calor), esta diferencia no llega a compensar las emisiones de CO2, que siguen siendo superiores en los coches eléctricos que en los de combustible fósil.
Una alternativa a los motores térmicos o puramente eléctricos pasa por la utilización del hidrógeno como combustible. El hidrógeno es el elemento más abundante en la naturaleza; sin embargo, se encuentra, en su mayor parte, unido al oxígeno en forma de agua (H2O), y para aprovecharlo como combustible es necesario separarlo del oxígeno mediante algún procedimiento electroquímico. El problema es que la energía necesaria para conseguir esa separación es mayor que la energía que luego se consigue de él, hasta el punto de que, si mis cuentas y fuentes de consulta no me han fallado, cada kilowatio-hora aprovechable de combustible hidrógeno requiere más del doble de energía para producirlo. Y, volviendo de nuevo a las fuentes de energía de nuestro país, aunque la energía que mueve a los coches de hidrógeno sea limpia y solamente produzca vapor de agua, es sucia en el momento de su producción.
En estos momentos de coyuntura económica tan desfavorable, pero con miles de millones de personas con unas necesidades energéticas ya creadas, es un momento excelente para que los gobiernos dediquen sus esfuerzos a la investigación en energías renovables, a métodos alternativos de producción y obtención de hidrógeno, y a la construcción de nuevas centrales de generación de energía limpia y no contaminante. El modelo de transporte no tiene por qué cambiar, pero será una revolución de enorme envergadura el hecho de cambiar los métodos de producción, con el impacto positivo que tendrá en la economía y en el empleo y, de paso, aunque igual o más importante, en el medioambiente.
sábado, 11 de julio de 2009
NOTAS DE UN DÍA LLUVIOSO EN UN VIAJE FUGAZ
Pienso que uno puede tener un buen nivel de inglés cuando toma un periódico británico o norteamericano y es capaz de resolver el crucigrama. Tengo entre mis manos (realmente, apoyado en mi rodilla derecha, cuya pierna tengo elevada y cruzada sobre la izquierda; en las manos tengo un cuaderno en el que manuscribo estas notas) la edición de Boston del diario gratuito Metro (cuyas versiones españolas desaparecieron hace unos meses), y apenas soy capaz de resolver alguna de las 67 definiciones que se incluyen: «1: Up, in baseball (2 words)», 5 letras (no será “lo ignoro”, aunque tiene 2 palabras, porque tiene 8 letras y además no está en inglés); «18. Tootsie actress», 4 letras, no la recuerdo; «51, Osiris’ beloved», 4 letras, ¿tal vez “Isis”? Lo remiro mientras escribo ante un ventanal de un hotel del puerto de Boston, frente al downtown, el centro ciudad, que estará a dos millas de distancia, y al que ayer accedí mediante un water-taxi que me llevó 10 dólares.
En la misma página del diario hay dos sudokus (que no intento resolver porque sus números están también en inglés) y el horóscopo: «Sagittarius: the less people involved, the more likely you will get what you want» (Sagitario: cuanta menos gente haya involucrada, más fácil será que tengas lo que quieras). Me viene a la memoria la canción de los Rolling Stones: «You can’t always get what you want» (no siempre puedes conseguir lo que quieres), que se me reproduce perfectamente en la cabeza con la voz de Mick Jagger; veo también la portada y la contraportada del CD, que ha de estar por casa, y creo adivinar, de memoria, cómo están listadas en ésta las diferentes canciones (Satisfaction, Jumpin’ Jack Flash, Under my thumb), el logotipo de la discográfica, las pequeñas letras con las advertencias del copyright.
Acabo de echarle medio sobrecillo de azúcar al segundo café. Qué poco me gusta el café estilo americano, que sirven muy poco concentrado en una taza relativamente grande, como una disolución de aguachirle, así que he pedido dos expresos para, además, combatir el jet-lag.
En la misma página de los pasatiempos, un articulista habla del suburbano de Boston y anhela tenerlo con el metro de Madrid, «muy eficiente», afirma.
En el exterior llueve intensamente, hay bruma, y las nubes ocultan gran parte de la skyline del distrito financiero. Tenía ilusión por ver con sol la fila de rascacielos, pues confeccioné hace años un puzle de 1000 piezas con parte del mismo paisaje que tengo delante y que hoy apenas distingo.
Dentro de dos días regreso, vía Ámsterdam. Al venir, por la misma ruta, el día en la ciudad holandesa estaba también cubierto. A través de las nubes, muy finas, el sol de la mañana permitía, al pasajero del avión, identificar ciertas parcelas de cultivo, pues los rayos le regresaban rebotados desde los plásticos que las cubren a modo de invernaderos. Cuando el avión estuvo más bajo que la cota de nubes y descendía ya para aterrizar en el aeropuerto de Schiphol, el viajero tuvo que cerrar la persiana de la ventanita (por qué diablos harán tan pequeñas las ventanas de los aviones, por qué las pondrán tan abajo) para no deslumbrarse con los mismos reflejos, de intensidad ahora multiplicada por la presencia de multitud de canales en estas tierras ganadas al mar, que actúan como los espejos que un niño maneja desde su terraza para dirigir el sol, molestando, a los ojos de los viandantes.
La penúltima página del diario Metro se titula «Medical research» (investigación médica), y contiene 10 anuncios de tamaño importante y a todo color en los que solicitan voluntarios para someterse a distintos tratamientos experimentales: ¿tienes sobrepeso pero no diabetes? ¿Hipertensión y azúcar en la sangre? ¿Depresión o trastorno bipolar? ¿Síntomas de esquizofrenia en el último año? ¿Cistitis? ¿Disfunción eréctil? ¿Asma? Reintegran los gastos de viaje que ocasionen y pagan hasta 2000 dólares por mostrar nuestros achaques y actuar de cobayas: «A los participantes se les puede prescribir el medicamento objeto de estudio o un placebo», aclaran.
Afuera sigue lloviendo. A ver mañana si está despejado.
jueves, 25 de junio de 2009
LA CHICA DE AYER Y LA RECURSIVIDAD
El domingo 14 terminó “La chica de ayer”, una serie de transcurrir lento pero que me ha tenido pendiente de ella durante varias semanas. Se trata, parece ser, de una versión española de “Life of mars”, serie que tuvo mucho éxito en el Reino Unido. A modo de resumen, se trata de que Samuel Santos, un policía de 2009 al que da vida Ernesto Alterio, sufre un accidente y retrocede a 1977, apareciendo en esa época con ropas ad hoc, nueva documentación, pesetas en los bolsillos y un puesto de trabajo en una comisaría de Madrid. En su vida de 2009, Santos es un adulto de 37 años que ha vivido sin contacto con su padre la mayor parte de su vida, pues los abandonó a él y a la madre precisamente en 1977; en su regreso a este año, entiende por ciertos avatares que se le está dando una segunda oportunidad y que debe corregir su vida, consiguiendo que su padre no se fugue y no los abandone. Por el camino, Santos se enamora de Ana (Manuela Valverde). Cuando, en el último episodio, el padre se revela como un asesino auténtico, Samuel Santos comprende que ya es tarde para cambiar su pasado y decide regresar al futuro. El amor de Ana, sin embargo, lo retiene en aquella época primitiva y decide quedarse.
En este tipo de historias siempre surge el problema de que una manipulación del pasado podría afectar en demasía al futuro, que es nuestro presente, de manera que nuestra actualidad sería diferente de la que está siendo. En La chica de ayer, el Samuel adulto llega a conocer e incluso a interactuar con el Samuel niño. La primera vez que existe Samuel, éste crece y llega a 2009, y entonces retrocede 32 años y se queda allí, coexistiendo con su versión infantil. Si transcurren nuevamente 32 años ocurrirá lo mismo: Samuel retornará a 1977 para intentar arreglar su futuro, cohabitando con otros dos versiones de él mismo: el niño más el adulto que llegó primero, existiendo por tanto 3 copias de él. Según vaya pasando más y más tiempo, el número de copias de Samuel irá aumentando.
En Computación, una de las ramas de la Informática, existe un método básico de resolución de problemas que me ha recordado la serie, la “recursividad”. El factorial de un número positivo es el producto de todos los números desde él mismo hasta 1 (por ejemplo, el factorial de 5, que se expresa como 5!, es 5x4x3x2x1=120), que puede expresarse recursivamente diciendo que el factorial de 5 es 5 por el factorial de 4: 5!=5x4!. Para calcular recursivamente el factorial de número, entonces, el ordenador utiliza lo que se llama una “pila”, que no es muy diferente de la pila de platos que vamos construyendo cuando fregamos y colocamos horizontalmente un plato encima de otro (a las pilas se las llama estructuras LIFO, del inglés “Last-in, First-Out”, o “Último en entrar, primero en salir”, porque el plato que primero secamos es el último que hemos fregado). Para calcular 5!, el ordenador pone un 5 en la pila y se pone a calcular 4!; para ello, pone el 4 en la pila y comienza a calcular 3!, para lo que coloca el 3 encima de la pila y calcula 2!, poniendo el 2 en la cima de la pila. El caso del factorial de 1 (1!) es un poco especial, porque no provoca ya recursividad, sino que es lo que se llama un caso base que se puede calcular directamente: 1!=1.
Cuando el cómputo llega al caso base, comienza a desapilar: toma el 1 y lo multiplica por el número que hay en la “cima” de la pila: 1x2=2, y entonces procede desapilando el 3 y multiplicándolo por 2 (ya tenemos 2x3=6), después desapila el siguiente (6x4=24) y luego desapila el 5 (24x5=120), quedando la pila vacía. Hay multitud de problemas en computación que, de forma natural, se expresan recursivamente de forma muy cómoda: por ejemplo, para resolver un Sudoku uno puede comenzar a colocar números más o menos de forma ordenada y sin pensar; si se comprueba que la combinación es incorrecta, desapilamos y probamos con un número nuevo.
La Chica de Ayer es una buena metáfora de la recursividad en la que no hay caso base porque Samuel Santos no regresa: cada 32 años retrocede a 1977, aumentando su número de existencias simultáneas, haciendo con el tiempo que coincidan en su comisaría postfranquista docenas, cientos y miles de samueles santos con el objetivo de enmendar su presente para cambiar su futuro.
Cuando el cómputo de que se trate es demasiado grande (cálculo recursivo del factorial de 100.000, por ejemplo), sucede lo que se llama un “desbordamiento de la pila”, que produce un error (muchas veces difícilmente previsible) que puede provocar un fallo general. Sucede, por ejemplo, si tratamos de calcular el factorial de -1: el ordenador apilará el -1, el -2, el -3, etcétera, tratando de descender de este modo hasta menos infinito, y no se alcanzará nunca lo que hemos llamado “caso base”. En La Chica de ayer no hay caso base, porque Samuel vuelve y vuelve y vuelve una y otra vez, sin detenerse, sin saber, sin recordar. Afortunadamente, es posible avanzar en el tiempo (y hacerlo avanzar incluso más deprisa de como transcurre realmente si pudiéramos aproximarnos a la velocidad de la luz), pero no retroceder. Se evita así que se desborde la pila de esta estupenda serie.
miércoles, 3 de junio de 2009
Palíndromos y anagramas
Como quizá se sepa, uno de los más exitosos es el de Francisco Alía, “La guerra civil en retaguardia”, que fue fruto de la búsqueda de información en hemerotecas, bibliotecas y fuentes orales, y hace referencia a esos tres años de nuestra historia reciente, menciona nombres de personas que podemos conocer o, si no a ellas, sí a sus hijos o nietos, y explica qué ocurrió aquí, en esta ciudad y en estos pueblos, en aquel periodo atroz.
Realmente, hay otros de temática igual de especializada pero que despiertan menos el interés general, y de su lectura gozan muy pocos lectores. Las ediciones, sin embargo, son cuidadísimas en todos los casos, y proceden del trabajo exquisito del equipo de José Luis Loarce, un funcionario chapado a la moderna, antítesis del que atendía en las ventanillas del “Vuelva usted mañana” de Mariano José de Larra.
Obviamente, la Diputación realiza, en este caso, una labor deficitaria, pero necesaria para la obtención y producción de conocimiento sobre nosotros mismos, así como de fomento de la creatividad de los escritores de la provincia, que son muchos, y de la divulgación de sus obras: recomiendo el libro “Hijos de la tierra”, de Ángel Cano, que leí hace unos años. Hay otro del que llama su atención el título, “La ruta no natural”, porque se trata de un palíndromo, una frase que se lee igual de izquierda a derecha que de derecha a izquierda, como las palabras «Ana», «Anilina» o «Reconocer». Se da la circunstancia de que también “La ruta natural” (en donde se suprime el “no”) es un palíndromo.
Si uno busca palíndromos en Internet se encuentra con muchos, algunos famosos como el clásico «Dábale arroz a la zorra el abad», otros muy elaborados como «Anita, la gorda lagartona, no traga la droga latina», y otros muy graciosos que no tienen más remedio que incurrir en alguna incorrección gramatical, como «A mama “le” mima, a mí me la mama». En época de exámenes me gustaba construir palíndromos, y obtuve «Anita patina», «Oí vanidosos, o di navío» (que no tiene mucho sentido), «Razono yo: hay vado todavía hoy, ¿o no, zar?» (que tiene aún menos e incluye además faltas ortográficas en su escritura al revés, pero que no se aprecian al leerlo en voz alta), y establecí mi propio récord en setenta letras con el siguiente sinsentido: «Al radar, oh, a horadarla, o di “deba horadarla al radar”, o habed ido al radar, oh, a horadarla».
También hay gente que se pasa las horas en otra cosa.
Igualmente, los anagramas son otros juegos de palabras divertidos, palabras con sentido que se forman variando el orden de las letras de otras palabras con sentido: «Advierta» es un anagrama de «Atrevida», y viceversa, y son además casi palíndromos; «Amor» es un anagrama de «Roma», mientras que el «Amor a Roma» es además palíndromo. En la parte final de una famosa canción de The Doors, “L.A. Woman”, su cantante dice muchas veces «Mr. Mojo Risin», anagrama de su propio nombre, Jim Morrison.
Calambur es una frase cuyo significado alteramos si agrupamos sus sílabas de manera distinta, presente en tantas adivinanzas, como en «Oro parece, plata no es», o en la frase que se atribuye a Quevedo: «Entre el clavel blanco y la rosa roja, su majestad escoja».
Otra forma de jugar con el lenguaje, una primitiva forma de encriptación, pasa por construir palabras o frases con la primera letra de los párrafos de un texto. Esta forma de construcción tiene un nombre, del que en estos momentos no llego a acordarme.