Una foto aleatoria

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Una frase aleatoria

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viernes, 1 de julio de 2011

Crónicas uruguayas (V)

El edificio, como decía, es moderno, pero el teléfono antiguo. Descolgué y lo acerqué a la oreja, y así permanecí unos instantes. Del otro lado del auricular, como de un lugar remoto, me llegaba una conversación pretérita, que se oía como una grabación vieja, de fonógrafo o gramófono, palabras almacenadas en un cilindro de cera ya arañado o en un disco de vinilo machacado por el tiempo. A los pocos minutos los hombres se despedían y callaban y, como si alguien le hubiese dado nuevamente al play, el diálogo volvía a repetirse exactamente igual, con las mismas palabras. La tercera vez hice sonar mi voz: interrumpí diciendo ¿Quién habla? Los hombres se callaron un momento, como pendientes de mí, pero retomaron la plática en el mismo punto exacto en que la habían dejado cuando me sintieron unos segundos en silencio. Después seguí escuchando: otra vez la despedida y el fin, otra vez el play, otra vez ellos y, en esa nueva audición, yo preguntando Quién habla.
A veces regreso al teléfono y descuelgo. Ellos siguen hablando lo mismo y del mismo asunto, y yo vuelvo a meter baza ocasionalmente: callan de nuevo, esperan mi mudez y entonces continúan. Así, mis cortas intervenciones de dos mil once van incorporándose a esa grabación de mitad del siglo pasado.

Crónicas uruguayas (IV)

El edificio es moderno pero el ascensor, como el portero, tiene aspecto de antiguo: a la cabina se accede mediante dos puertas, una que da al rellano y que es la primera que debe abrirse para pasar el interior, y otra corrediza, como una reja, que debe abrirse a continuación. Entonces uno, ya desde dentro, las cierra en el mismo orden: primero la exterior y después la interior. Luego ya aprieta el botón y se va al bajo, o al quinto, o a la altura que desee. Para salir se hace al revés: se abre primero la de dentro y después la de fuera. Si no, puede sucederte que te quedes ahí eternamente.

martes, 21 de junio de 2011

Si yo soy yo

Así comienza Si yo soy yo

Cuando Bruno entró al servicio ocupando el urinario de al lado y se sacó la cola, me llegó un olor intenso a pescado que me hizo volver la cabeza. Aguardó unos instantes en silencio, sin duda esperando la concentración adecuada para que le saliera el chorro, y entonces, con éste ya manando sin solución de continuidad, comenzó a hablarme sin mirarme a la cara pero con la cabeza inclinada, como dirigiendo su reojo a donde yo tenía las manos, para valorar el tamaño de mi instrumento y compararlo con el suyo. Pero éramos hermanos, y la herencia nos había dotado con parecidas dimensiones.
—¿Te has dejado la barba? —me preguntó.
—¿Qué haces aquí? Te dije que no vinieras.
—No te preocupes —contestó—, que no voy a molestarte ni a aguarte la fiesta. ¿Te han dado el dinero?
—Un cheque, esta mañana —le dije—. Tan pronto como regrese te hago una transferencia a donde me digas.
Se soltó de una mano y se la llevó al bolsillo. El chorro le osciló hacia los alrededores del pedazo de naftalina que ocupaba el desagüe, y al que se supone que debíamos apuntar. Extrajo un pedazo del recibo de un banco, del que había recortado el número de cuenta.
—Me lo ingresas aquí. —Me entregó el papelito y, sin posarle yo los ojos, lo guardé directamente en mi chaqueta. Me di dos sacudidas y, limpio, me cerré la bragueta.
—No quiero que te vean conmigo —le dije. Los muchos años sin verlo mantenían en mi memoria la imagen del joven que marchó de casa: parecido a mí, decían, aunque ni siquiera en las fotos de la niñez, ya antiguas y ajenas, llegué yo nunca a advertir la semejanza. Pero el tiempo había pasado para los dos, y la edad había comenzado a señalarnos la cara con los mismos surcos, que ahora sí vi idénticos, a ensancharnos la nariz de la misma forma y a despoblarnos la frente con idénticas entradas. Me sorprendí cuando lo vi a mi lado, como si su visión fuera un reflejo autónomo de mi propia imagen, porque orinaba cuando yo no lo hacía y miraba hacia abajo cuando yo lo hacía hacia arriba—. Voy a salir afuera y me voy a despedir. Enciérrate en uno de estos retretes —le señalé— y espérate media hora hasta que yo me haya ido. Te lo pido por favor.
Me lavé las manos y salí del aseo, cerrando con cuidado la puerta. Braulia me esperaba en un corro con el editor y otra gente.
—Nos vamos a ir —le dije—, que estoy cansado.
Nos despedimos de nuestros anfitriones, agradecimos la atención con que nos habían tratado y subimos a la habitación que la editorial nos había reservado. Mi mujer estaba algo afectada por las copas de vino y cava. Se me abrazó en el ascensor y me empujó hasta el fondo, elevando su rodilla por entre mis piernas para hacerme presión. El botones subía con nosotros mirando la puerta, con las dos manos juntas detrás de su espalda. Daría sin duda el cordón dorado que colgaba de su hombrera por mirar hacia atrás, o por tener delante el espejo en el que Braulia se observaba su propia cara lasciva.
—Si no te quitas la barba vas a pincharme —me susurró mi esposa mientras me comía el oído.
En la cabina se oía solamente el sonido débil del motor y esos dos ruidos que periódicamente suenan en los ascensores al cruzar entre cada dos alturas, como incrementando el contador que los hace detenerse al llegar al destino. Por un lado, no quería que el botones pudiera dudar de mi hombría, y que luego le relatase a sus compañeros la escasa respuesta de la líbido del galardonado escritor ante el ataque de su esposa; por otro, me avergonzaba el tener que defenderme de ella ante ese espectador de piedra aparente pero de carne tan auténtica como la mía. La abracé y le rogué que callara, que guardara la compostura hasta llegar a la suite. Braulia no me hizo caso, pero el ascensor, más determinista que mi esposa, no tuvo otro remedio que detener sus motores. El botones aguardó a que se abrieran las puertas. Entonces, se giró y nos cedió el paso. Lo abandonamos como dos personas decentes y entramos en la habitación.
—¿Pedimos champán? —me preguntó Braulia.
—No, me duele la cabeza —le dije.
La inesperada aparición de Bruno en el cuarto de baño vino a turbar mi paz y a recordarme los pies de barro de la vanidad que llevaba disfrutando desde hacía unas horas. No quería cuentas con nadie: me apetecía acostarme con la luz apagada y hacer que dormía. Yo me quité la corbata, ella se aflojó el vestido, yo el cinturón sin revólver, ella también su corpiño y, de esta guisa, Braulia se vino a mí. Me besó por el cuello, y me daba mordisquitos en la barba, tirando de ella como para arrancármela.
—No me hagas eso —le dije—. Si me la quito ahora igual mañana no se me adhiere bien a la piel, y podemos encontrarnos con alguien que nos reconozca.
Nos metimos en la cama y apagamos las luces. Me tumbé sobre un costado para darle la espalda, mirando al exterior. Me habría gustado completarle a mi mujer la historia fragmentada que durante estos años le había elaborado acerca de mi pasado. Pero ya era tarde para revelarle el secreto que le había venido ocultando y preferí callar y dejarme hacer, abandonándome a las caricias que empezó a proporcionarme desde atrás, y que me liberaron por un momento de los pensamientos enfrentados que me invitaban a incumplir con el deber conyugal.
Hace cinco años de este episodio, y casi tres del accidente que costó la vida a Bruno, y lo cierto es que me pesa en la conciencia el escaso o nulo dolor que me causó su pérdida. Quiero decir que me habría gustado quererlo más, o haberlo simplemente querido, para haber podido llorarlo en el día en que murió.
Mi hermano fue siempre más atrevido y más bravo, más soñador, más creativo, con más inquietud por saber y por ir, por conocer, por escuchar, y era más inconformista, en el sentido de que la vida rutinaria y cómoda, de la cual podíamos disfrutar en nuestro buen hogar, nunca fue de su agrado, y siempre tuvo los ojos y el espíritu en un más allá de tiempo o espacio, con una sana rebeldía envidiable que le hacía exprimir al máximo cada gota del jugo de la vida.
Estas diferencias en nuestros caracteres eran palpables y evidentes, a pesar de que mis padres nos habían dado a los dos dosis de amor y atención de exactamente la misma intensidad.
Mi padre era catedrático de Filosofía en un instituto de un pueblo cercano, al que iba y venía diariamente desde antes que yo tuviera uso de de razón. El carácter de mi padre era también más alocado que el de mi madre, una mujer más cauta y medida, más centrada, que le servía de contrapunto y que lo equilibraba. Yo creo que se querían mucho. Mi padre nos enseñaba saberes extraños y ya caducos, como fórmulas alquímicas que poníamos en práctica en nuestro garaje, o nos enseñaba grabados y mapas antiguos, como los de una isla llamada Bermeja, en el Golfo de México, cuya existencia se ha documentado en los siglos XVI a XIX y que podría modificar las fronteras marítimas entre México y los Estados Unidos, pero que, hoy, ni cartógrafos ni geógrafos son capaces de localizar.

Sigue en http://www.lulu.com/product/ebook/si-yo-soy-yo/16110109

martes, 24 de mayo de 2011

Profesionales

Hay un consenso importante respecto de la escasa diferencia en política económica de los dos partidos españoles más importantes. Como en el resto de países de nuestro entorno, ambos se humillan ante los "mercados" y pasan a hacer lo que éstos ordenen: que si bajar los sueldos, que si congelar las pensiones, que si darles pasta a la banca, que si privatizar, que si recortar, que si tal, que si cual.

La victoria aplastante del pepé respecto del pesoe puede tener su causa, precisamente, en la profesionalidad que los ciudadanos esperan de los gobernantes: "Ya que nos van a gobernar con política de derechas", pensarán, "que lo hagan profesionales".

Y así nos luce el pelo.

lunes, 16 de mayo de 2011

Qué bien habla este hombre

En la canción Como te digo una “co”, te digo la “o”, Joaquín Sabina reproduce la larguísima parrafada que una mujer le suelta a otra. En un momento, la primera le dice a la segunda, naturalmente en verso: «Y resulta que un día, todavía no me explico yo a santo de qué, mi cuñada Irene viene y me regala lo de Antonio Gala. Hija mía, me pongo a leer y, oye, qué poesías: si sabe de una cosas que ni una sabe que sabía. Y con ese estilo, y con esa lengua, y con esa pluma».
En la misma canción, de 2005, el poeta y cantante habla de la crisis, de Felipe, de Aznar («el del bigote») y de Julio Anguita («el Califa»), a quien llama «honrao», «trabajador» y «pico de oro». Y es cierto. En un discurso en 1999, pero que podría haber sido pronunciado hoy mismo, Anguita dice: «En la España de 1999, en la Europa de 1999 […], como en otras ocasiones de la historia, las sociedades han tenido que escoger un camino u otro: o seguir en la resignación o plantar cara: la rebeldía. La resignación es un producto que, como cualquier droga, duerme a la gente. […] La resignación es hija de ese discurso totalizador cual si fuese una nueva religión: “No hay más verdad que la competitividad; no hay más santos ni más poderes que los mercados; la economía tiene que crecer constantemente […]. Competitividad, crecimiento sostenido y los mercados”: eso es lo único que importa. Su poder no puede ser contestado».
Hace ahora un año, en un vídeo que puede verse, como el del texto que he citado en el párrafo anterior, en youtube, Anguita estuvo en el programa 59 segundos. Comienza recordando a Hans Tiet Meyer, que fue presidente del Bundesbank (el banco central alemán), y que dijo que «Los Estados tienen que acostumbrarse a someterse a los dictados de los mercados». Anguita, entonces, diserta sobre el origen de las decisiones que toman los políticos para salir de la crisis, que son exactamente las que dicen los mercados, y razona entonces sobre la falta de democracia real, porque «¿Quién elige a los mercados, a los bancos, a las agencias de rating, a los fondos de inversión? Está en riesgo el sistema democrático» y habla de la claudicación del poder político ante los mercados. En ese programa, Don Julio saca un ejemplar de la Constitución que lleva en el bolsillo: «¿Es que resulta que nos tenemos que tragar la Constitución solamente porque hay que obedecer que hay un rey? ¿Para qué sirven los artículos? […] ¿Es papel mojado?».
Habla de subir los impuestos a quien tiene el dinero, a las SICAV que tributan al 1% (a este respecto, la ministra de Economía dijo que no se le podían subir los impuestos a estas entidades porque entonces moverían su capital a otros países de Europa; pero recuerdo también que, cuando las últimas elecciones europeas, se nos dijo a los ciudadanos que el 60% de las decisiones importantes que afectaban a España venían, precisamente, de la Unión Europea. ¿Entonces?). En programas anteriores, Anguita habla de la concentración de las cajas de ahorro, que quedarán finalmente en 4 o 5 hasta que acaben en manos de la Banca.
El Estado auxilia a la Banca «inyectándole liquidez» (dándole dinero barato); luego, el Estado emite deuda pública para financiarse y los mercados (de los cuales forma parte la Banca) presionan para que suba el interés que el Estado debe pagar por ese dinero que recibe prestado. Pero es la Banca quien compra esa deuda con el propio capital que le ha prestado el Estado. Mientras, los dos principales partidos del Congreso («principales» por el número de escaños que les otorga la injustísima Ley Electoral que tenemos en España), junto a algunos partidos nacionalistas (que apoyan o se oponen a la política del Gobierno en función de, por ejemplo, qué diga el Tribunal Constitucional sobre la formación vasca Bildu), rechazan que la vivienda salde la deuda hipotecaria con la Banca.
En palabras del presidente del Gobierno socialista (si Pablo Iglesias levantara la cabeza), que me recuerdan a ese sometimiento a los mercados que citaba Anguita, «Toda la gente tiene su dinero en los bancos, y parece razonable que intentemos preservar la fortaleza y la solvencia de los bancos porque es tanto como preservar la solvencia y los ahorros de la inmensa mayoría de los ciudadanos».
Mientras, en el primer trimestre de este 2011, el Santander, el BBVA, el Banco Popular, la Caixa y el BFA (el nuevo banco en el que participan Caja Madrid y Bancaja: ¿tiene esto algo que ver con esa concentración de cajas de ahorro que quedarán en ma-nos de la Banca, que también mencionaba Anguita?) han obtenido un beneficio neto de 3.950 millones de euros.
¿Qué propuestas nos hacen entonces los políticos que, tristemente, tienen opción de gobernarnos? Del autodenominado «socialismo obrero» (que ignoro por qué se sigue llamando así) más o menos lo sabemos y que no sé si se resumen en estar a verlas venir; del también autollamado «popular», según palabras textuales de Rajoy: en «tomar las decisiones que generen confianza» (29 de abril), «en crear empleo, […] devolver la ilusión y la confianza» (4 de mayo), «un plan conocido que dé certidumbre, que la gente entienda y que fije objetivos y rumbo» (10 de mayo). Me asombra la lucidez y claridad con que el preclaro líder de la oposición explica sus ideas a todos los españoles. Me asombra tanto como cuando Jordi Sevilla le dijo a Zapatero (en una conversación que grabaron unos micrófonos accidentalmente abiertos) que lo que éste necesitaba saber de Economía para ser presidente del Gobierno se lo podía enseñar él «en dos tardes».

lunes, 9 de mayo de 2011

El algoritmo del avestruz

De mis años en la Facultad de Computación recuerdo las clases de Sistemas Operativos. Nos explicaba el profesor los modos que tienen las computadoras para gestionar el multiproceso: el usuario ejecuta un programa y luego abre otro, y la máquina tiene que ponerse pendiente de los dos, dedicando un poco de atención a cada uno, como a dos hijos de edad parecida a los que hay que tratar con la debida equidad.

El sistema le dedica un poco de tiempo a cada proceso, lo que se llama el quantum. Transcurrido éste, le deja de prestar atención y se pone con el otro, continuando así con todos los programas que, en un momento dado, se encuentren abiertos. Cada programa ocupa un fragmento de memoria y, dependiendo de la cantidad de ésta que tengamos, podremos poner más o menos programas a funcionar simultáneamente.

En vida pretendía tratar así a mis tres hijos: cuando mi mujer se ausentaba y me quedaba con ellos, le dedicaba a cada uno un momento de igual duración: tres segundos a Carlos, otros tres a María, tres más a Lucas. Cuando el sistema cambia de proceso se produce lo que se llama un cambio de contexto: se expulsa al proceso activo del procesador y se pone al siguiente, y debe almacenarse el estado del proceso que sale para poder restaurarlo cuando vuelva al primer plano. También actuaba yo así: agitando el sonajero de Carlos durante su quantum, continuando después la lectura del cuento de la niña en donde lo había dejado o moviendo una ficha en el juego de damas si es que Lucas ya había avanzado la suya.

Esta es la forma de trabajo que los informáticos llaman por turno rotatorio, en donde se establece una especie de lista circular, en la que no hay proceso ni primero ni último, y si llega uno nuevo se le abre un hueco y se lo enlaza como corresponda con el anterior y el siguiente. Yo, a mis tres hijos, también los quiero igual.

Leí el Duérmete niño al poco de nacer el mayor, porque nos daba unas noches muy malas, llorando cada poco y dificultando y hasta poniendo en peligro la vida conyugal. Seguí las lecciones al pie de la letra: cuando comenzaba a llorar y nos despertaba, Cristina y yo mascullábamos algo y nos quedábamos incorporados en la cama durante un rato, sin hacer nada, dejándole llorar, y pasábamos a atenderlo transcurrido un momento. Esto es lo que se conoce como ejecutar primero una no operación y luego un proceso activo. En la no operación se le dice al procesador que no haga nada, y lo hace (o no lo hace, según el modo en que construyamos la frase); pero hay que decírselo explícitamente, porque en otro caso trabaja en algo, aunque no sepamos en qué.

La estrategia nos dio buen resultado con los siguientes vástagos y, así, nuestros espacios de no operación durante la noche fueron ya prolongados y reconstituyentes.

Tuvimos a los tres bastante seguidos, porque queríamos seguir siendo jóvenes cuando ellos comenzasen a adolescer, y poder dejarlos solos para hacer escapadas de fin de semana a algún lugar, perdido o bullicioso, pero que nos sirviera de reencuentro, o bien reencontrarnos en nuestra propia casa cuando ellos salieran. Mientras yo trabajaba en la consultoría, a Cristina la llamaron de un bolsa de trabajo para el hospital. Al principio hacía sustituciones, pues siempre hay una enfermera de baja, u otro azar que hay que cubrir, pero con estos pequeños servicios le fueron sumando puntos y le ofrecieron un contrato con más estabilidad. El dinero nos venía muy bien y yo, al fin y al cabo, podía hacer menos horas en el despacho y quedarme con los niños.

Cristina tenía turnos en su empleo, aunque no rotatorios, sino más bien aleatorios, pues lo mismo hacía tres mañanas seguidas que empalmaba una tarde y una noche para luego librar dos jornadas seguidas. A veces sonaba el teléfono a cualquier hora, y tenía que ausentarse para echar una mano si se había producido un accidente grave o los convidados a una boda se habían intoxicado con alguna salsa.

Así trataba a veces yo también a mis hijos, aumentándoles o disminuyéndoles el quantum según la prioridad, el volumen del llanto o lo sucio del pañal, o saltándome a alguno en el democrático algoritmo del turno rotatorio. Hay otras estrategias de aun menos justicia: en ciertos sistemas antiguos los procesos llegaban y se ponían a una cola, y se iban sirviendo en el orden de llegada. Los procesos debían esperar a que terminaran los otros para que les tocara el turno, momento que aprovechaba el recién aprehendido para ser computado y finalizado utilizando la capacidad completa del procesador. Entonces, al terminar, el sistema lo saca de memoria, toma el siguiente proceso y se olvida por completo de aquellos a los que ha servido. Esta planificación todavía se utiliza en procesos nocturnos: hazme una copia de seguridad de estos datos, y luego de aquellos, y después le pides a cada cajero automático que ejecute tal programa de chequeo.

Según explica Tanenbaum en su libro sobre Sistemas Operativos, un conjunto de procesos se interbloquean cuando cada uno de ellos espera un suceso que sólo otro proceso del conjunto puede producir, pero que a su vez necesita de la ocurrencia de otro suceso que también produce otro proceso del conjunto. Bajo estas condiciones, los procesos interbloqueados se quedan en una espera indefinida, aguardando a que el uno le diga algo al otro y a que el otro le diga algo al uno. Una tarde me presenté en casa con un paquete de indios de plástico, que incluían al gran jefe con las piernas preparadas para montar a caballo, un fiero guerrero que portaba un fusil obtenido quizás de algún rostro pálido y una tienda cónica en la que guarecerse de noche. Los niños obviaron a los demás muñecos y tomaron estas tres cosas, cada uno una. Para continuar su inescrutable juego necesitaban de lo que tenían los otros dos, y comenzó así una pelea y un tira y afloja que aún podría seguir. Una de las soluciones de las que informa Tanenbaum para resolver el interbloqueo es “Desentenderse completamente del problema”, y así lo hice. Mi profesor también lo llamaba el “Algoritmo del avestruz”, que esconde la cabeza para no ver al predador que viene a comerlo. “Ojos que no ven, corazón que no siente”, también le dicen.
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Mis hijos ya son felizmente adultos y mantienen entre ellos una estrecha relación, y me han dado nietos a los que, sin embargo, no puedo tocar porque fallecí hace unos años. Así que los observo a ellos y a las almas que por aquí vagan, y a veces paso los ratos de esta eternidad que acabo de empezar fijándome en Dios, que nos hizo a su imagen y semejanza y al que nosotros tratamos de alcanzar, unas veces elevando hacia el Cielo una Torre de Babel que nos convirtió en políglotas, y otras veces construyendo máquinas capaces de dedicar la atención a procesos múltiples, como Él, que atiende los rezos de todos sus feligreses.

Dios atiende las plegarias y los ruegos por turno rotatorio, dedicando a cada uno un pequeño quantum. A mi muerte, Cristina encargó una misa por mi eterno descanso, y vi que a Dios le llegaba ésta a la vez que otras, provenientes simultáneamente de otras partes del país o del mundo. Mientras Dios escucha la petición de uno, el resto del mundo se detiene durante ese instante, de tan corta duración que se hace imperceptible. Luego, le pasa el testigo al siguiente y le escucha sus palabras. El multiproceso, en este caso, es impresionante, porque las oraciones le llegan por millones desde todos los confines, unas con la preocupación de un familiar que no sana, otras rogando por el alma de un difunto que se acaba de ir o cuyo aniversario se cumple, otras por la paz del mundo y el fin de las guerras. Así, los diferentes fragmentos que componen cada ruego son almacenados cada uno en una celda de una gran matriz, igual que se guardan los procesos suspendidos en un ordenador. De vez en cuando, Dios inicia un proceso nocturno que detiene los giros de la Tierra y pone al universo en hibernación sin que nos demos cuenta, y con él detiene la llegada de rezos y ruegos. A las letras y a las palabras que los componen, que en el proceso diurno se las ve ascender con un lento movimiento espiral desde aquellos puntos de la Tierra desde los que han sido lanzados, se las ve detenidas, y se perciben desde la lejanía como miles de linternas en calma que apuntaran hacia el Cielo. En este momento de pausa, Dios recupera de la matriz las plegarias que han ido llegando y que se encuentran completas, las une y las entiende y va Él a actuar con sus hilos de titiritero en aquellos lugares en los que se le ha pedido. Pero para este momento muchas veces es tarde, porque al proceso diurno le dedica más tiempo, y al ir a resolver los asuntos pendientes el paciente se ha muerto, el finado ya ha sido juzgado y categorizado en el Juicio Final y llevado a destino, o las bombas han alcanzado las zonas civiles.

Tengo que acercarme a Él y explicarle mis lecciones de los cambios de contexto, de la expulsión de procesos, de planificar recursos, que en la computadora garantizan la compleción del cálculo de que se trate y que, aplicado a la educación de mis hijos, les ofreció a todos ellos un trato semejante.

El otro día franqueé la legión de doce mil arcángeles que rodea su trono y comencé a hablarle; pero la lección es larga y el quantum que me dedica demasiado breve. A pesar del masivo paralelismo con el que trata los miles de peticiones que le llegan en cada segundo, no he visto que se le produzcan interbloqueos, ni siquiera cuando los entrenadores del Boca y del River le pidieron a la vez, y con idénticas intensidad y fe, la victoria para su equipo en un derby decisivo, que resolvió en empate. Desde aquí, sin embargo, observo mi planeta y me da a veces la impresión de que nos está dejando como yo a mis hijos con los guerreros indios, desentendiéndose completamente del problema.

lunes, 25 de abril de 2011

Café soluble

Siempre he renegado del café soluble. Al inicio de este último puente, sin embargo, me quedé sin el café de cafetera que tomo habitualmente y tuve que echar mano del bote de café soluble que tengo en la cocina para ofrecer a las visitas. Calenté el agua, le eché una cucharada y media de café, dos piedras de sacarina en vez de azúcar y me senté en el sofá con el libro. Y, oye, me pareció rico y le he cogido el gusto. No está tan malo como pensaba, o tan malo como recordaba: quizás es que antes me echaba demasiado; quizás la sacarina lo endulza de otro modo que me lo hace más agradable; quizás es que he perdido el paladar, que todo puede ser.

A la mañana siguiente me levanté con dolor de espalda, aquí en las lumbares. Cada cuatro o cinco meses, sin razón aparente, me aprieta un viaje que me dobla y apenas puedo arrastrarme hasta el armario de las pastillas para echarme a la boca un gramo de paracetamol con un trago de agua. El principio activo hace su efecto y al rato me alivia bastante. Pero puedo seguir quejándome y continuar diciendo que me duele, y seguir apreciando alguna mínima molestia y recrearme en ella, y estar así durante todo el día. Si me sigo fijando, la espalda continuará doliéndome y la sufriré más. Puedo pedir cita con el médico de cabecera e insistirle para que me dé un volante para el especialista, y que éste me mande un TAC o una resonancia; volver al hospital a los quince días para hacerme esta prueba diagnóstica, regresar después con los resultados al mismo doctor que me la mandó. Quizás para entonces el dolor haya desaparecido, pero puedo seguir observándome, reconocer la zona sin mirarla y continuar quejándome del achaque.

Si el dolor no es muy intenso puedo aguantarlo; si fue intenso pero se fue aliviando, o si es muscular y educo a mi cuerpo tomando otra postura, entonces es posible que lo soporte bien y que con el tiempo y el ensayo desaparezca: la actitud puede ser importante.

Llevamos con la crisis desde 2008, tres años ya, y la conversación acerca de lo mal que está todo empieza a resultar cansina. Podemos cambiar de actitud y, no sé, negar la evidencia y decir que la cosa se está recuperando, que conocemos a uno que llevaba un tiempo en paro pero que ya ha encontrado trabajo (yo sé de uno, lo juro), que la situación despunta, que se ve gente en los bares y en las terrazas, que parece que volvemos a gastarnos dinero. Quizá con una actitud proactiva nos animamos un poco y nos lo creemos y comenzamos a mirar el futuro próximo con otros ojos. El Nescafé, de verdad, tiene su aquél.