Una foto aleatoria

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domingo, 19 de febrero de 2012

Crónicas uruguayas (VI)

En la esquina de 18 de Julio y Ejido hay una Pasiva con mesas en la calle. Es febrero y el verano anda intenso acá en este hemisferio y, aunque afuera hace calor, el viajero se queda en el exterior para poder fumar.
Se acerca un matrimonio sesentón, gorditos ambos. Él viste americana azul marino, camisa celeste de manga larga (los puños le asoman por los de la chaqueta), pantalón vaquero, zapatillas de deporte, sombrero de cow-boy, corbata negra estampada con flores amarillas y naranjas. Despliega un pequeño atril, coloca unas hojas con partituras y se cuelga la guitarra.
Ella se sienta en una mesa frente a él. El hombre, delante de todos, dice unas palabras y canta América, la canción de Nino Bravo. Cuando termina de cantar, la esposa le dice que está muy lejos del público y que apenas se le oye. Él adelanta el atril apenas medio paso, porque tiene delante una mesa vacía de aluminio con sus cuatro sillas. Cuando ya ha avanzado, adelanta con un pie el paraguas que también lleva: por la mañana ha llovido mucho, un tormentón de verano que ha dejado la tarde abochornada.
Canta un tango, Volver, y la esposa le dice que hay mucho ruido con los ómnibus, los autos y las motocicletas que pasan constantemente por la avenida, que está a sus espaldas, y que apenas la música alcanzará más allá de donde está ella.


Mientras te llegue a vos... le dice él, y canta otra cosa.

Nos interpreta parte de su repertorio y en un ratito termina. No estamos obligados a darle nada, informa, y hace un breve recorrido por las mesas para recoger voluntades. Después, se sienta frente a su amada, que toma una Fanta.


Minutos después viene una niña de no más de ocho años y deja un cromito infantil encima de las mesas en las que hay alguien sentado. Cuando ha hecho la ronda, reinicia el camino y nos pide a los clientes alguna moneda.
¿Te vas a portar bien? le pregunta el músico. Y saca del bolsillo grande de su americana y le entrega los mismos 20 pesos que yo le había dado.

¿Y por qué no devalúan?

Cuando teníamos la bendita peseta, con frecuencia salíamos de las crisis con devaluaciones.
Devaluar no es más que darle a la manivela de la máquina de hacer dinero e imprimir billetes.
Comento un poco la situación en Castilla-La Mancha, el caso más cercano que conozco, y luego más abajo explico por qué creo que es necesario devaluar ya.

  1. El Gobierno adeuda una cantidad escandalosa a la Universidad (pública) de Castilla-La Mancha. No sé si 100 millones de euros.
  2. Debe cientos de millones a las farmacias (que han tenido que pedir préstamos de cientos de miles de euros cada una para adelantar el coste de los medicamentos que entregan a los beneficiarios y que el gobierno regional no les paga). 
  3. De acuerdo con un post de un trabajador social del gobierno regional, "no podemos tramitar ni una sola ayuda de emergencia social ni Ingreso Mínimo de Solidaridad desde el pasado 1 de enero, y no sólo eso, sino que las que quedaron pendientes de abono de 2011, al no aprobarse los presupuestos de la JCCM no se puede tramitar ni una sola ayuda. ESTAMOS DERIVANDO A LAS FAMILIAS A CARITAS, CRUZ ROJA, ONG´S, que muchas de ellas se quejan de que tampoco tienen más recursos en especie, porque por otro lado, la Junta de Comunidades no les abona las subvenciones o convenios pendientes de 2011 [...] El Servicio de Ayuda a Domicilio para personas no dependientes, se ha visto reducido en un 47 % de horas, de forma que todos aquellos que eran dependientes de hecho, aún no de derecho, o familias numerosas, o simplemente personas con un grado I, o con ligeras necesidades de apoyo doméstico, se ha visto, bien reducida su atención a la mínima expresión, o bien se les ha tenido que dar de baja en el servicio".
  4. No pagan a proveedores.
En la Comunidad Valenciana la cosa creo que es parecida; en Madrid, hace unos meses se grabó a su presidenta diciendo que no tenían "ni un puto duro"; si salimos a Grecia, en fin... Y el PIB alemán ya cayó un poquito el trimestre pasado.

Por qué devaluar
Si se devalúa y se fabrica dinero y se entrega a la Administración Pública para que haga frente a sus deudas, ese dinero se pone rápidamente en circulación y llega a la población. Devaluar tiene por lo menos dos problemas importantes: la subida grande de los precios y la pérdida de valor de la moneda respecto de otras divisas. El petróleo, por ejemplo, que se paga en dólares, se encarecería y, a través de este encarecimiento, como en cadena, subirían los precios de otros muchos bienes (la energía, el transporte y todo aquello que se transporte).


Los precios también suben por el aumento de liquidez: si tengo 1000 euros en vez de 500, gasto más; si todo el mundo tiene 1000 euros en vez de 500, gasta más, y el vendedor, que ve la situación, sube sus precios.

Pero el gobierno (central, en este caso; o quizás la Unión Europea, que es quien manda en el euro que sería devaluado; decían, además, en la campaña electoral a las elecciones europeas, que el 80% de las decisiones importantes viene de Bruselas) puede impulsar medidas de contención de los precios que, de alguna manera, frenen el efecto inflacionista: estimular fiscalmente el ahorro, por ejemplo; o, mejor, estimular fiscalmente la inversión en algo productivo, como las energías renovables (excelente un post de otro amigo de facebook sobre este asunto), que podrían convertirse en el "nuevo ladrillo".

Al reaflorar la liquidez, por otro lado, podrían bajarse algunos impuestos, como el "especial sobre hidrocarburos", que en España es, si no me equivoco, de en torno al 33% (también se grava con un 18% de IVA), lo que tal vez permitiría disminuir el efecto de la subida del petróleo en la inflación.


domingo, 12 de febrero de 2012

Las fosas comunes y la economía


Acabo de ver el vídeo estremecedor que ha producido, según leo, Pedro Almodóvar, en apoyo a la investigación sobre los crímenes, asesinatos, abusos, vejaciones, desapariciones, violaciones, encarcelamientos, etcétera cometidos bajo la autoridad del régimen dictatorial franquista.
Sin quererlo, me ha venido a la cabeza el extracto que leí hace unos meses sobre un programa de la CNN en el que intervino Paul Krugman, Premio Nobel de Economía en 2008.
En ese programa (el resumen aparece aquí: http://bit.ly/om0jzf), el Profesor "apeló a una invasión alienígena en EEUU para solucionar la crisis y reactivar la economía. [...] teorías según las cuales si no hay suficiente consumo la economía se ralentiza [...], por lo que hay que aumentar el consumo como sea". Krugman "se apuntó entusiasmado a la tesis de Keynes de que el gasto público en una recesión ayuda, aunque se emplee en cavar y tapar agujeros".
En lugar de cavar y tapar sin más, sin objetivo concreto (como dice Javier Marías que debe ser el transcurrir del tiempo verano: "En verano se trata de perder el tiempo más que de ninguna otra cosa; si no, no se tiene la sensación de estar en esa estación, que ha de ser larga y sin objetivo"), busquemos a esos muertos que llevan ya escondidos 3/4 de siglo. Dejen que sus hijos y nietos los encuentren y sientan que, por fin, sus muertos descansan.

jueves, 9 de febrero de 2012

El poder de cómo llamarse

Dicen que la cara es el espejo del alma y que un grano no hace granero, aunque ayude al compañero. También dicen que el nombre que uno tenga lo marca a uno y le deja una impronta seria en su personalidad, y que no es lo mismo llamarse Manuel en España, Mohamed en Marruecos o John en los Estates que, no sé, Macario por ejemplo, en cualquiera de los tres países.
Por ver lo que pasaba, llamé a mis hijos Judas y Caín. Menudos cabrones se han vuelto.

martes, 7 de febrero de 2012

Mi vida en las antípodas


Hacía tiempo que había leído el cuento de los antípodas. Cada persona tiene un antípoda que, en cada momento, se encuentra exactamente, sobre el globo terráqueo, en el punto opuesto al de uno mismo, moviéndose con él consensuadamente, hacia el este si uno avanza hacia el oeste, hacia el norte si uno va al sur, de modo que los dos se mantienen siempre unidos por una línea imaginaria que pasa por el centro de la Tierra, resultando imposible que los dos se encuentren en ningún momento, porque el uno se aleja cuando el otro se acerca, como en una persecución absurda e infinita.
            Leí aquel cuento, que me entretuvo, y años después he recordado el momento en que, metido en la cama, terminé su lectura y cerré el librito que lo contenía, lo dejé en la mesita de noche y apagué la luz y pasé unos minutos (lo que tardé en dormirme) ilusionado con el pensamiento de que ojalá pudiera ser cierto que yo tuviera por ahí, en el lugar más alejado, un reflejo, otro hombrecillo que estaría en este momento sentado en su sillón escribiendo en un cuaderno negro, como yo ahora; pero, claro, él en sus noches velaría mis días, y mis noches de sueño lo obligarían a dormir también durante sus horas de luz porque, según el cuento, el antípoda repite los pasos y las pausas de su álter ego, se viste a la misma hora, camina y se sienta a la vez; pero la Tierra no es simétrica, el hemisferio sur no es una imagen especular del hemisferio norte, ni España es igual en forma que Nueva Zelanda, no hay en aquellas tierras correspondencia con el Finisterre de aquí, que equivale en aquella latitud a un punto incierto y profundo del Océano Pacífico, y yo estuve en ese lugar gallego hace apenas un mes, dos días además, y dudo que ese tipo se mantuviera anclado o navegando por esa zona durante aquel mismo periodo. Así que no existe el antípoda, pero el relato me resultó agradable y deseable, me distrajo aquel rato, y me dormí esa noche imaginando la dificultad de disponer de un planeta simétrico, porque sería una simetría no de España arriba y añapsE directamente debajo, a la misma distancia del ecuador, encuadrados ambos países entre los dos mismos meridianos, el de Greenwich que pasa por Tarragona, y el que está más a la izquierda, hacia poniente, que cruza Galicia y deja precisamente Finisterre aún más allá en occidente, o en oriente en ese espejo imposible, sino en el lado contrario, en el punto diametralmente opuesto que correspondiera, entre los 170º y los 180º, veinte grados al sur del Trópico de Capricornio.
            Por mi trabajo viajo mucho. Escribo papers que voy mandando a congresos y que me van aceptando. Si el progreso de la ciencia dependiera de mí, iríamos dados, viviríamos todavía en la Edad de Piedra, pero el caso es que los voy presentando unas veces por aquí y otras veces acullá, allende los mares. Con este pretexto he viajado por Europa, por Asia y América, por el sur de África, pero nunca había estado en Oceanía, el quinto continente según la enumeración que aprendí de pequeño y que todavía recuerdo. Pero bueno, me aceptaron en una conferencia de Auckland un refrito de un trabajo que me habían rechazado en algún otro lugar, y allá que me fui, a explicar a unos asistentes medio dormidos, y dudo que interesados, la propuesta que yo hacía sobre un algoritmo para el reconocimiento de rostros. Incluso de perfil, mi programa es capaz de identificar a un individuo del que sólo conociera su imagen frontal. No explicaré aquí cómo lo hago, sería tedioso e impropio, pero sí les comentaré que se basa en la comparación de doscientos puntos del rostro, que en cada persona se encuentran distribuidos de forma diferente. Si la imagen conocida es frontal y se le presenta, para reconocer, una de perfil, el algoritmo realiza unos cálculos a partir de los puntos de referencia, hace unas traslaciones y giros y etcétera, etcétera, ya les he dicho que no se lo voy a contar.
            Si se lo contara, además, podrían reconocerme, cuando uno de los requisitos de este certamen es el mantenimiento del anonimato, así que los miembros del jurado podrían saber que yo soy ese profesor viajero que investiga en temas de reconocimiento de rostros. Me faltaría poner el grant, con el código del proyecto cicyt que me subvenciona, desde hace casi tres años, estos viajes y trabajos.
            Fui a Nueva Zelanda, en efecto, y me encontré en el hotel del congreso a unos tipos que me reconocieron. «Píter», me dijeron, «¿no estabas en España?». «Ai am not Píter», les contesté, y les dije a continuación que Ai am mi nombre, que no reproduzco aquí por el tema de la salvaguarda de mi identidad. Como continuaban incrédulos, les mostré mi pasaporte español con mi filiación completa, mis sellos de los visados de entrada y salida a países diversos, una foto de cartera con mi mujer y mis hijos, les señalé mi nombre impreso en los proceedings, mi tarjeta ¿inteligente? de esta universidad y no de otra, y me juraron y perjuraron que yo era exactamente igual que esotro hombre que debía de andar deambulando por la Bienal de Física, que se ha celebrado ahora en mi mismo campus.
            Aunque mi inglés técnico es el robótico y no el físico ni el anatómico, entendí que mi otro yo se encontraba en Ciudad Real, contando sus avances sobre el mejor conocimiento del origen del mundo y su Big Bang, obtenidos o deducidos o inducidos gracias a la Teoría de la Sístole y la Diástole, otro cuento que yo también conocía y que afirma que, en efecto, el universo está en continua expansión y contracción, como un corazón, sólo que a otro ritmo, y que al contraerse y llegar nuevamente la materia a estar concentrada en un punto más pequeño que un camello, digo, que el ojo de una guja, vuelve nuevamente a producirse la gran explosión, y vuelven otra vez los átomos y las partículas a separarse exactamente de la misma forma que en el anterior origen de los tiempos, de manera que todo es previsible y todo se repite, y todo el mundo puede bañarse, y de hecho se baña, tras un ciclo sistodiastólico completo, dos veces en la misma agua, a pesar de lo que dijera Heráclito de Éfeso, de suerte que estos laaaargos periodos de estirar la materia hasta que no da más de sí y llega a sus límites elásticos, para retrocederla y regresarla de nuevo a la misma bolita diminuta de infinita densidad, son ya un relato repetido de la ida y la vuelta, una película que avanzamos con el FF y que rebobinamos con el REV, como un Charlot manipulando la cadena de montaje marcha “alante” y marcha atrás en los Tiempos Modernos, un Harold Lloyd escalando primero y descendiendo después, agarrado a la aguja del reloj de la torre, tan rudimentarios pero tan eficientes los trucos del cine mudo de principios de siglo, del siglo pasado, tan rudimentarios los trucos de la naturaleza o de la física, que nos hacen repetir, a saber desde cuándo, los mismos movimientos, las mismas historias, a enamorarnos una y otra vez de las mismas personas, condenándonos, aunque conozcamos la Historia, a repetir una y otra vez los errores del pasado, que también son los del futuro, algo parecido a las aventuras de un personaje de cuento que se imaginaron y se escribieron una vez, pero que son reproducidas cada vez que un lector improbable abre el libro y las relee.
            Cuando regresé a España, mis amigos del trabajo me habían visto allí, o aquí, durante mi ausencia, a un hombre igual que yo que hablaba un inglés perfecto con un fuerte acento, un neozelandés que les mostró sus documentos y una foto incluso de su familia, un clon, un antípoda, y que salió nuevamente hacia su país el día que yo regresaba al mío.
            De modo que hay un hombre por ahí que se mueve cuando yo y que trabaja en temas que guardan una semejanza cierta con los asuntos que me han llevado a saber de su existencia, y a él de la mía, o así al menos lo entiendo yo: el ir y venir continuos, la imposibilidad de encontrarse, si yo voy él viene, si esto se agranda luego se achica.
            A la misma vez y desde los extremos de nuestro diámetro, nuestra idéntica curiosidad nos llevó a escribirnos un correo electrónico en el que dábamos cuenta de nuestros sucesos idénticos, y que recibimos nada más enviar el nuestro respectivo. Los dos sonreímos, o así lo supongo porque yo sí lo hice, y empezamos a escribir los mensajes de respuesta, elaborando con nuestros dedos rápidos melodías complementarias de sonidos de teclado, clac-clac-clac. «Puedo viajar a tu país e ir a verte», le dije en uno; «I can go to your country to meet you», me escribió él. Como el inicio de nuestros actos, su transcurrir y sus momentos de fin siempre coincidían con una simultaneidad enojosa, tratábamos los dos de parar al otro, de anticiparnos a mi/su escritura, de adelantarnos, de pensar antes que el contrario y tomar la iniciativa del encuentro forzando al antípoda a que aguardara, o a que viajara, pero los dos procedíamos exactamente en el mismo instante, más temprano o más tardío, sin posibilidad por tanto de actuar de forma asincrónica. Tras unos intentos infructuosos de descoordinarnos dejamos el asunto por imposible: lo sé porque nos informamos de ello en el mismo momento. Le hablé de esto a mi mujer, y él a la suya, y unos meses más tarde aproveché una baja laboral causada por una afonía (grito demasiado en clase, hablo fuerte y descuidadamente, no hice aquel curso sobre el uso de la voz en el aula), y me fui a su país a darle la sorpresa. Recorrí las calles de su ciudad en orden inverso, doblando a la derecha cuando en la mía giraba a la izquierda, y entonces llamé a la puerta de su casa y besé a su mujer, que me había abierto con cara de sorpresa, haciéndome en España (no a mí, sino a mi reflejo, que había salido a buscarme), mientras él, sin duda, besaba a la mía, que lo recibió, igualmente, imposibilitado para el habla durante unos días.

lunes, 6 de febrero de 2012

Difícil que ocurra

¿Lo prefieres en cómic?


Cuando destruyó por fin a la humanidad, labor en la que empleó tres horas, porque fue dando navajazos y entonces se retrasó un poco, el Doctor Peterson marchó andando hasta la isla desierta, por encima de los cientos de millones de cadáveres que flotaban en las aguas del océano.
Niveló sobre el suelo la camilla que había llevado con él, poniéndole la rótula de un varón de seis meses bajo una pata, para evitar que quedase coja.
Antes de abrirse, se pinchó en un dedo con una aguja oxidada que siempre llevaba y, apretándose, depositó sus cinco litros de sangre en una urna transparente, como las que se usan en las heladerías para elaborar limón y naranja granizados. Las aspas del ingenio daban vueltas, enchufado éste como estaba a la palmera que daba sombra, y se impedía así que se coagulase el rojo líquido.
El Doctor Peterson estaba ahora pálido, palidísimo, y se subió a la camilla para tenderse en ella. Se quitó la camisa y sacó un bisturí que guardaba en una gran herida abierta que conservaba sin cicatrizar desde su juventud. Comprobó sobre sus venas vacías de la muñeca que estaba afilado, y procedió entonces a partirse en dos mitades, una por encima y otra por debajo del ombligo. Se tuvo que ayudar de una maza y un cortafríos para romperse una vértebra de la columna que molestaba, porque ofrecía mucha resistencia a la delgada hoja del bisturí.
Tras seccionarse, se cortó un trozo de hígado que, con el despiste, le había quedado solo y separado en la mitad inferior. Lo cogió con dos dedos y se lo colocó en el lugar que le correspondía, asegurándose de que no se caería con unas gotas de pegamento que encontró en la arena de aquella isla que nunca nadie había pisado antes.
Colocó su tronco, apoyándose en los nudillos de las manos, entre sus piernas, y despojó a esta mitad de los pantalones y de la ropa interior. Al tirar de ellos cayó al suelo, y la base seccionada de su tronco se rebozó en arena y pajitas. Dio un coletazo con el estómago y volvió a la posición que ocupaba sobre la camilla.
Empezó entonces a maniobrar en su mitad inferior y consiguió, en seis segundos, la cantidad de semen que consideró suficiente: habría bastante con medio litro. Puso unas gotas sobre una mano y depositó el resto en una botella que pintó en la tierra, y la guardó en un frigorífico que por allí había.
Luego apartó un poco los intestinos delgado y grueso, escupió unos óvulos que llevaba en la boca y que arrancó al cadáver de una mujer que encontró en el camino y se los depositó en su interior. Los empapó bien con el semen de la mano y, tras secarse los restos de líquido en su cabellera de hombre algo excéntrico, comenzó a moverse para encajar sus dos mitades y quedar como antes. Se rodeó la cintura, a la altura de la inmensa raja sin fin que se había hecho, con papel celo que, previsoramente, había llevado con él. Por si acaso no tenía resistencia suficiente, colocó ocho grapas a su alrededor, poniendo cada una a cuarenta y cinco grados de la anterior.
Después sorbió su sangre con el canuto de un boli que llevaba en la bata. Estaba fresquita por la acción refrigerante del aparato. Dio un golpe al cocotero y propinó una serie de patadas a las hojas de la piña tropical que cayó de él, que se estiraron y tomaron forma de canoa, con lo que el Doctor Peterson pudo regresar al continente, porque las pirañas y los camarones habían acabado con los cadáveres y no había manera de regresar andando.
Dos meses después de aquello, y merced a un procedimiento acelerador que sólo el Doctor Peterson conocía (y que consistía en tomarse una bolita de mierda de oveja antes de cada comida, y ayudarla a bajar con un vaso grande lleno de gasolina sin plomo, porque la otra perjudica al riñón) el científico dio a luz a todo un joven con la mili hecha, y ya ingeniero.
En varias ocasiones regresó a la isla a repetir el experimento, pero como no siempre deseaba partirse por el mismo sitio, a veces se seccionaba verticalmente en mitad izquierda y mitad derecha, otras veces oblicuamente, y una vez hasta en cuatro trozos, para experimentar la sensación de hacerse cosquillas en los pies con un brazo suelto y ver con una mitad de la cabeza cómo se reía la otra. Gracias a su inteligente método de autoinseminación continuó la existencia de la especie humana unos años más.