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jueves, 29 de enero de 2009

DOGMAS DE FE

En el libro “Religión y Ciencia” (que, editado por la Universidad de Castilla-La Mancha, ya cité en una ocasión), el investigador del CSIC Andrés Galera describe, en el capítulo dedicado a Darwin y a su teoría de la evolución, la parábola del relojero: se trata de un individuo que camina por el desierto y se encuentra un reloj (lo imagino de esfera, con una cadena para sacarlo sin perderlo del bolsillo) en funcionamiento, que marca correctamente la hora. El individuo, sin dudarlo, piensa que ese aparato lo ha construido un relojero.

La parábola sirve para ilustrar y defender las hipótesis creacionistas, mediante las cuales los organismos que habitamos en la Tierra, y el propio Universo en el que ésta flota, conforman el reloj que se ha hallado, correspondiendo a Dios el papel del relojero, que de alguna manera nos construyó en su taller entre un lunes y un sábado. La complejidad de las piezas del reloj no es nada comparada con la de nuestro organismo, con sus órganos, músculos y huesos que, a pesar de sus fallos, nos suelen conducir por la vida durante muchos años, avisándonos cuando sentimos sed o hambre o cualquier otra necesidad, o con la de las leyes de gravitación cuyos secretos desentrañó Newton (de quien también, por cierto, habla Carlos Solís, catedrático de la UNED, en el citado libro).

El Génesis y la aventura de Adán y Eva, lo de Caín y Abel y la mujer no nombrada con la que luego alguno de estos dos tuvo que yacer para dar continuidad a la especie, no es, de todos modos, dogma de fe, por lo que uno puede ser perfectamente católico y creer que Dios pulsó un botón que disparó el Big-Bang. Sí lo es, sin embargo, la propagación del pecado original a los descendientes de Adán, que somos todos, la ascensión de la Virgen a los cielos en cuerpo y alma, la existencia del paraíso, el purgatorio y el infierno, y la resurrección de los muertos con sus cuerpos en el último día. Asumo que resucitaremos todos aunque para poco tiempo (“en el último día”, se dice), incluyendo a los romanos que prendieron a Jesús y a los que sucedieron a éstos; también los hombres de Neandertal y los de Cromagnon, y también el eslabón perdido entre el hombre y el mono que terminará (si es que existió y tuvo, al estar a caballo entre animal y humano, algo de nuestra condición) por aparecer en ese momento; asumo que las cenizas de los incinerados saldrán de sus urnas y volarán desde los campos, los jardines y los mares en los que han sido disueltas para reagruparse y adquirir la forma humana que otrora tuvieran; que los miembros amputados hallarán sus cuerpos y se fundirán con ellos, reinstalándose las conexiones nerviosas, musculares y sanguíneas. Nos juntaremos aquí miles de millones de personas, los que estamos ahora vivos y los que nos han precedido, y tal vez ocupemos tanto que tengamos necesidad de ubicarnos en los océanos.

Quizás, en estos años, se levante algún secreto de Estado que desvele la visión de unos cuerpos vagando por el espacio o cómodamente instalados en algún asteroide, un hombre joven con barba y una mujer con túnica, ambos con un halo alrededor de su cabeza.

Al final del todo, el mundo, que Dios creó también dogmáticamente de la nada, será finiquitado por Jesús a su regreso, deshaciéndolo, juntándolo quizás con las partículas de antimateria cuya existencia la Física intuyó, después demostró y finalmente observó mediante grandes telescopios. Cuando una partícula de antimateria se une con otra de su materia correspondiente, las dos se anulan, resultando en una partícula de nada que no deja huella ni rastro. La antimateria, aparentemente menos abundante que la materia de la que estamos hechos, nos aguarda en algún sitio, en un agujero negro, para venir a confirmar el último día que la amenaza del Apocalipsis es cierta.

jueves, 15 de enero de 2009

La búsqueda de la felicidad

De entre los pocos mensajes que acudieron a mi móvil nada más comer las uvas, me llegó uno de un compañero informático: «Que este año encuentres felicidad, salud, amor, dinero, paz y todo lo que necesites. Y lo que no encuentres, búscalo en Google. Feliz Año Nuevo».

La felicidad, probablemente, es un estado de frivolidad en el que uno permanece mientras se encuentra acorazado en algún grado respecto del mundo exterior. La protección de la coraza depende de la sensibilidad con la que cada uno se vea afectado por sus circunstancias personales, familiares, locales, mundiales. Mi coraza ha de ser buena y gruesa, porque me hallo en un momento bueno y feliz, a pesar de los males lejanos que afectan al mundo, y que no pasan solamente por el bombardeo del pueblo palestino, sino también por Sudán, Somalia, Colombia, Afganistán o Irak.

Para cuando me falte, para cuando se ablande y ese escudo que tengo no me proteja, he hecho caso a mi amigo con el fin de prevenirme y he buscado en Google. La primera entrada me dirige a la Wikipedia, la enciclopedia “on line” construida entre tantos, y de la que se ha dicho que da la razón al último que escribe en ella, porque se escribe a mil manos, o a más, unos corrigiendo a otros y otros enmendando a unos, y me dice que “La felicidad es un estado del ánimo resultado de una actividad neural fluida en la que los factores internos y externos interactúan estimulando el sistema límbico”. Creo que le falta alguna coma a esa definición pero, si le hacemos caso, parece que la felicidad es finalmente un puro asunto bioquímico, alcanzable si se consiguen las combinaciones adecuadas de sustancias que tenemos circulando y que nuestros cuerpos metabolizan de manera distinta y particular, segregando o inhibiendo serotonina y otras moléculas que sé y que no digo porque las ignoro.

No busco en Internet la palabra “Amor”, que también me desea mi amigo, porque lo tengo y lo siento y no quiero que me falte, y porque leí hace años el libreto del CD “Física y química”, de Joaquín Sabina, en el cual el cantautor explica que tituló así el disco porque “Severo Ochoa dijo en una entrevista que el amor era física y química”. Es como titularlo “Amor”, el disco, pero más poético, o más técnico, o más biológico, o más animal. Otra vez la importancia del cuerpo, del correcto funcionamiento de nuestro organismo para sentir o no el amor y sentirnos amados. Supongo que, cuando se tiene y se siente, nuestro cerebro actúa acullá, con sus hilos de titiritero, sobre los órganos y glándulas, tálamos e hipotálamos, no sé si también sobre el páncreas y otras estructuras más aproximadas a la casquería, para que generen los ingredientes precisos que conducen al amor.

Si a la tristeza motivada por un agente externo puede curarla el tiempo, y a la que surge de dentro, de un funcionamiento anómalo e inmotivado de nuestro cuerpo, de una mala neurotransmisión, la cura o la alivia la medicina, ¿también habrá un medicamento que nos conceda el amor, que nos haga sentirlo y sentirnos amados aunque no exista en el mundo quien nos corresponda, o es, en este caso, solamente el paso del tiempo el remedio al que podemos recurrir para curar el desamor?

«El examen le reveló que no tenía fiebre, ni dolor en ninguna parte, y lo único concreto que sentía era una necesidad urgente de morir. Le bastó un interrogatorio insidioso, primero a él y después a la madre, para comprobar una vez más que los síntomas del amor son los mismos del cólera». (Gabriel García Márquez, El amor en los tiempos del cólera).

«Felicidad=Ex(M+B+P)/(R+C)». (Eduardo Punset, El viaje a la felicidad).

martes, 9 de diciembre de 2008

Los vicios de mi hermano

Les confesaré que, desde siempre, he jugado con mi hermano a transmitirnos mensajes telepáticamente. Empezamos pasándonos números, de una cifra al principio, de dos más tarde, de seis o siete cuando ya tuvimos suficiente entrenamiento. Después fueron palabras completas, y más tarde objetos que no nombrábamos pero en los que sí pensábamos, como el jarrón del salón o cierto libro de la estantería. Cuando le cogimos el truco fuimos capaces de transmitir sensaciones, como el olor de una flor, el tacto rugoso de un cojín de arpillera o el frío de un cubito de hielo. Se transportaba, entonces, no el hecho de lo que uno sintiera, sino el propio aroma de la rosa (que uno sentía como si la tuviera delante de su pituitaria, cosquilleándole la nariz), una sensación rugosa en los dedos o una especie de helada quemazón en la lengua. No eran, entonces, las palabras las que circulaban, sino el hecho consciente de esa percepción.

Con la práctica frecuente, mi hermano realizaba estas operaciones con toda ligereza, sin esfuerzo alguno, sin requerir ya mi concentración ni mi calma, sorprendiéndome a veces con un pinchazo en un dedo, un pequeño tirón de pelo, un ataque repentino de sueño que me impedía estudiar. Por mi parte, lo cierto es que nunca fui capaz de transmitirle nada, sino que era él quien accedía a mi interior para colocarme o recogerme alguna información, o, por algún otro mecanismo, leer de mi cabeza o dejar en ella el número, la palabra, el objeto o la sensación que tuviese, sin antes preguntarme por el posible interés que yo pudiera tener en suministrárselo o en recogérselo. De este modo, quedé expuesto a sus deseos durante los años que compartimos la vida, como un libro abierto en el que uno puede posar la mirada y leer cualquier frase, o en el que puede también dejar, para que se seque y conserve, un pétalo de rosa.

Cuando nos hicimos mayores nuestras vidas divergieron, yendo a él a una ciudad y yo a otra. Nos vemos poco pero hablamos con frecuencia. Hace tiempo le interrumpió la conversación un repentino ataque de tos. «Deberías deja el tabaco», le dije. «Sí», me contestó; pero, desde el sofá de su casa lejana, acercó un cigarrillo a su boca y lo dejó en los labios. Le escuché encenderlo y aspirar, revelando su respiración silenciosa el placer que la nicotina le iba proporcionando mientras sus pulmones se llenaban, y un disfrute aun mayor cuando ya lo habían hecho, porque lo escuchaba cortar repentinamente la ingesta del flujo tóxico para dejarlo permanecer y actuar desde ahí, como dándole una autorización tácita para que se combinara con su sangre y pudiera salir a distribuirse por todo su organismo. Luego lo exhalaba despacio, dejando que el humo le arañara la garganta al abandonarla, y él lo observaba en el contraluz de la ventana, primero a la misma altura a la que lo había expulsado, y luego expandiéndose para inundarlo todo. El olor del tabaco y su propio bienestar parecían llegarme a través del cable, como si la señal telefónica resultase también un vehículo adecuado para que lo más sensorial de mi hermano se desplazase hasta mí y pudiera traspasarme sus mismos efectos, incluso a pesar de la distancia. «Ya lo dejo», me dijo, y lo apagó al rato.

Hoy mi hermano no fuma, pero yo debo hacerlo desde aquel día. Cuando lo echa de menos me llama por teléfono: «Enciéndete un pitillito», me dice, y yo lo hago para que él disfrute. Esta extraña percepción sensorial funciona incluso a través de las ondas del móvil.

«Si te has dejado las llaves dentro del coche y tienes llaves de repuesto en casa, llama a través de tu móvil a alguien que esté en tu casa. Mantén tu teléfono móvil a unos 30 cm. de la puerta de tu vehículo y haz que alguien en casa presione el botón de “abrir” en el mando a distancia, mientras lo sostiene cerca del teléfono en casa. Eso hará que se abran las puertas de tu vehículo». (En Internet).

miércoles, 3 de diciembre de 2008

Nuestros hablares

En los años de estudiante, los amigos teníamos nuestro punto de reunión en los Hermanos Molina, un bar situado enfrente de los Marianistas que ya se ha quitado. Jose nos servía con amabilidad los refrescos, las cervezas o los medios (a 75 pesetas) que cada uno desease, y allí pasábamos las horas de la tarde antes de ir al Torreón o a la zona de la Estrella. «Vamos a los Molina», decíamos, y en otras ocasiones, si estábamos en alguna liguilla y debíamos jugar un partido contra los salesianos, decíamos que jugábamos contra los “Hermanos Gárate”. Los que no hemos estudiado en ese colegio no nos planteábamos la naturaleza del apelativo, y nos imaginábamos que había sido una familia devota, de varios hermanos, los que habían fundado ese colegio y, tal vez, la congregación. Luego, con los años, uno se ha fijado y ha visto que no eran varios, sino uno, y que hermano se le llama así por el sentido religioso.

Como se cree el ladrón que todos son de su condición, uno se piensa que vive, por lo general, en un rango aceptable de neutralidad: me encantaba la serie Guante blanco, que hace poco se estrenó en Televisión Española, y pensaba que media España estaría detrás de las peripecias de la banda de ladrones y del inspector que les perseguía, cuando resulta que la quitaron a las dos semanas por su bajísima audiencia. Con la forma de hablar y expresarse pasa lo mismo: pensamos que la corrección al hablar se encuentra en nuestro entorno, que son los andaluces con sus eses y sus zetas, los vascos con sus erres, los catalanes con sus eles, los que se desvían de las pautas aceptadas, aunque ellos pensarán lo mismo de nosotros. Creemos que no tenemos acento, pero nuestro hablar manchego está plagado de rotacismos cuando, a mediodía, decimos que son “lardós” en lugar de “las dos”, o “envér dé” envér dé “en vez de”.

Tenemos también palabras propias y desconocidas, como “banduendo”, que todo el mundo aquí sabe lo que es y que hasta el procesador de textos me acaba de subrayar en rojo, o “abundante”, ese tío listillo y sabelotodo que de todo ha de opinar y que en todo ha de meterse. Pedro José del Real y Juan Manuel Sánchez recogen éstas y otras muchas palabras en su Diccionario del habla de la provincia de Ciudad Real (Biblioteca de Autores Manchegos, 2006), que comprende un amplio conjunto de palabras nuestras que no deben perderse, muchas de las cuales no aparecen en el Diccionario de la RAE. Tanenbaum, autor de un libro fundamental en Ingeniería Informática, habla de los generadores de contraseñas, que generan palabras sin sentido pero pronunciables y recordables, y cita tres ejemplos que podrían ser nuestros: “churneito”, “parraplas”, “albundi”.

También abreviamos y contraemos frases complejas en escasas sílabas, y decimos “lopajque” (con jota de José Bono y de José María Barreda) en lugar de “lo que pasa es que”, o “mepá mí que no” para comernos tres sílabas en “me parece a mí que no”.

«No me jimples, no me jimples mocosina
no t´enfusques, ni me fartes al respeto.
No reguñas, Carnación, ni esparrataques
esos ojos cuando yo te dé un consejo».
(Luis Chamizo, poeta extremeño, en “Consejos del tío Perico”).

martes, 4 de noviembre de 2008

El cambio de hora

Los años posteriores a la Tercera Gran Guerra estuvimos muy ocupados con la reconstrucción del mundo y no teníamos tiempo, ni ganas de dedicar recursos, a lo que podríamos considerar pequeñeces.

Cuando por fin las industrias engranaron de nuevo sus ruedas dentadas y comenzaron otra vez a producir bienes, cuando la población volvió a enfermar de enfermedades corrientes que podían ser atendidas en los hospitales que se iban construyendo y equipando, cuando los cafés y los bares abrían de nuevo sus puertas y los niños y mayores recibían en las escuelas y las universidades la educación que nuevamente nos llevaría al progreso, los dirigentes de los principales países mantuvimos una reunión en La Haya para determinar, consensuadamente, algunos fundamentos económicos y sociales que nos permitieran vislumbrar y construir un futuro de paz. En aquel encuentro, que se prolongó varios días, se establecieron las bases para la creación de una nueva Sociedad de Naciones sin derechos de veto, sin distinción de vencedores ni de vencidos (pues todos estábamos ya en este segundo grupo); se acordó por unanimidad aplicar la intolerancia absoluta contra los absolutamente intolerantes; se fijaron cuantitativamente los parámetros macroeconómicos que permitirían medir sin margen de duda la necesaria existencia de la justicia social; se prohibió la fabricación de armas de calibre superior a una simple escopeta de caza; se obligó a una especie de turnos rotatorios para el gobierno de los diferentes territorios… Habíamos salido escaldados después de muchas generaciones de malas experiencias de guerras y aventuras bélicas, y el deseo de ser mejores nos había embadurnado de una nueva juventud y de un halo de optimismo y de buena voluntad que se reflejó en la carta fundacional y en los estatutos que regirían los destinos del mundo.

Todos los países llevaron a La Haya delegaciones numerosas, con sus mejores expertos en cada una de las áreas de debate: la militar, la del derecho, la sanitaria, la económica, la del medio ambiente. Los gobernantes (al fin y al cabo políticos) encomendamos las negociaciones a nuestros mejores técnicos, y nosotros nos reuníamos tan solo para las fotos de buenas intenciones que dejaríamos a la posteridad; pero en nuestras reuniones, se supone que las del más alto nivel, apenas hablamos de los errores del pasado y casi nos veíamos incapaces de aprender de ellos. Fue un dirigente asiático el que propuso plantearnos los dos cambios de hora, en invierno y en verano, que, como antes de la guerra, permitirían probablemente ahorrar al planeta algo de energía.

Nos pareció muy bien, porque la ciudadanía percibiría que una medida importante había surgido directamente de los más altos dignatarios y, por otro lado, a todos los asistentes nos pareció que, de este modo, nuestra reunión sería realmente productiva al tomar, al menos, una decisión significativa por el bien del planeta. Estuvimos más de una hora realizando los cálculos para no equivocarnos. Los gobernantes procedemos mayoritariamente del mundo de las Leyes, y por ello debe excusarnos el lector.

—El último domingo de octubre —pensé en voz alta con un tono convincente, que supongo que igualmente fue traducido a todas las lenguas por los muchos intérpretes—, querremos que a las siete de la mañana haya la luz que a las ocho. Así pues —continué—, lo que tenemos que hacer es adelantar el reloj.

Esto fue en agosto, y los días anteriores a la fecha que habíamos fijado, los periódicos y las radios informaron del cambio de hora que permitiría a los países el ahorro de unas pocas calorías. El caso es que nadie protestó, ni nos informó del error en una carta al director o en una llamada de teléfono a una tertulia radiofónica; pero cuando el último domingo de octubre me levanté temprano para acudir a mi despacho en la sede del Gobierno, era noche cerrada.

martes, 21 de octubre de 2008

Teoría de nudos

Hace años tuve un coche que ya para ese entonces era viejo. Los cinturones de seguridad no tenían, como los de hoy en día, ese mecanismo retráctil que los hace recogerse y esconderse enrollados en el mismo lugar desde el que salen, sino que consistían en una banda asida en sus dos extremos, de longitud fija, que el ocupante se ajustaba mediante una trabilla, por lo que casi siempre se llevaba holgado, esperando que al menos causase el correspondiente efecto disuasorio en los agentes de tráfico.
En algún momento decidí cambiarlos por otros más modernos, enrollables como los que he descrito, y a partir de ahí observé los curiosos y autónomos deseos de aquellos cinturones de seguridad, que se doblaban helicoidalmente sobre sí mismos sin mediar la intervención de nadie, en el reducido hueco por el que se desliza la hebilla: uno lo estiraba y abrochaba, se desplazaba con el automóvil, lo soltaba y recogía con cuidado y, al sacarlo de nuevo para volver a usarlo, un molesto y estrecho doblez le apretaba el estómago, o le incomodaba el pecho o el hombro, sin que el desplazamiento hacia arriba o hacia debajo de esa irregularidad, o cualquier giro efectuado sobre el propio cinturón, lo hiciese volver a su lisura inicial, quedándose para siempre con esa molestia.
Hoy, cuando llego a trabajar con el ordenador, observo que el cable que lo conecta al ratón tiene un nudo, como si aquél fuese un roedor auténtico, y por la noche se hubiese dedicado a moverse por la mesa buscando comida, enredándose él mismo con su larga cola de cobre y plástico. No ha habido intervención de nadie y, sin embargo, se aprecia un bucle curioso, que ha debido de formarse de manera naturalmente imposible.
Viene esto a estas líneas por Dorian Raymer y Douglas Smith, de la Universidad de California en San Diego, que han obtenido hace unos días el IG Nobel de Física por sus estudios acerca de que todo lo que se puede enredar, se enreda. Los IG Nobel premian, hacia las mismas fechas que los Nobel auténticos, los trabajos de investigación (Medicina, Física, Economía), creación (Literatura) o actuaciones (Paz) más absurdos del año.
El trabajo de estos investigadores, sin embargo, tienen un fundamento matemático sólido, la teoría de nudos, que puede aplicarse a la explicación de otros fenómenos naturales realmente relevantes. Dorian inició el trabajo de investigación siendo estudiante; Mark Thiemens, su decano, afirma que la iniciación de sus estudiantes en las tareas de investigación es uno de los elementos más valorados por los graduados que produce su universidad.
Su trabajo, además, constata un hecho que todos hemos comprobado y por cuyo origen, seguramente, todos nos hemos preguntado alguna vez: «Qué raro», habremos dicho o pensado al menos, al tratar de descomponer un nudo que no existía. No es entonces un trabajo tan irrelevante y grotesco como parece, pues expresa de manera científica los porqués de un inexplicable hecho cotidiano. Ahora solo falta que nos adentremos en sus ecuaciones y axiomas para enterarnos de por qué, esta mañana, ha aparecido esa fea bola de pelos rodando por el suelo de nuestro cuarto de baño.

jueves, 16 de octubre de 2008

La medida del tiempo

Una noche en que nos quedamos estudiando, mi amigo Cobo me explicó la Teoría del Poro (que había ideado, supongo, en ratos de estudio similares a este), según la cual el espacio que conocemos los humanos no es, ni más ni menos, que uno de los poros presentes, por ejemplo, en la barra de pan de un ser de muy superior tamaño. Mi amigo decía que el tiempo transcurre más o menos rápido en función del tamaño del ser: así, los 15 días que vive una mosca se le presentan a ella como nuestros 80 años; con una sencillas operaciones, obtenemos que cada segundo nuestro le han de parecer a ella como 5 días. Regresando a la Teoría del Poro, una vida nuestra puede que represente un segundo para el gigante que, tan gigante es, que no somos capaces de verlo (los árboles no nos dejan ver el bosque), sino solo de imaginarlo o de intuirlo, y además no por todo el mundo, sino por personas ociosas como mi amigo, que se juntaba conmigo a sabiendas, ambos, de que pasaríamos una agradabilísima velada nocturna sin dar palo al agua.


Puesto que los instrumentos de medición que manejamos no nos permiten demostrar la teoría anteriormente expuesta (aunque tampoco refutarla: los límites del Universo permanecen ignotos, hechos de miga de pan para mi amigo Cobo), sí podemos abundar en la velocidad, cada vez mayor, con la que transcurre el tiempo. Los veranos de la infancia son larguísimos, mientras que ahora son cortos y pasan enseguida. Mi cálculo, en este caso, apunta a que la duración de un cierto periodo de tiempo es inversamente proporcional a lo que uno lleva vivido: un año representa 1/25 (un 4%), y así que le cunde tanto, para un joven de 25 años; 1/36 (apenas un 3%) para uno de 36; y un 1,3% para un señor de 78. La curva de duración del tiempo, o de su percepción, es tristemente descendente.


Tengo un amigo que se rebela contra esto: ha mandado hacerse un reloj cuyas horas duran 50 minutos, como una clase de instituto o universitaria. Sus días tienen, entonces, 28,8 horas (realmente los redondea a 28; por eso sus bisiestos y sus febreros van también a otro ritmo), pero él dedica a cada actividad lo mismo que nosotros, las mismas horas, solo que él usa la distinta duración que le ofrece su unidad de medida: si nosotros dedicamos una hora de 60 minutos a cultivar nuestro cuerpo en el gimnasio, él dedica su hora de 50 minutos a lo mismo; nuestras 8 horas de sueño son también 8 horas para él, pero más breves, porque se acuesta más tarde y se levanta antes aunque mantiene la forma.

Con el fin de adaptar el mundo a sus hábitos y no sus hábitos al mundo, este amigo trata de ajustar la duración de las cosas a sus propios parámetros: así, las películas de vídeo las ve y escucha con el botón del avance rápido pulsado; enterarse así de los argumentos les ha requerido, a su mujer y a él, un cierto entrenamiento, pero hoy ya tienen sus sentidos educados para poder manejarse a esa velocidad. «Y cuando haces el amor», le pregunté un día, «¿dedicas también menos tiempo y lo haces más rápido?». «Dedico el mismo tiempo», me dijo sonriendo. Dio un sorbo a su café, y me quedé ignorando si me había mentado mi unidad de medida o la suya propia. Como también sigo ignorando por qué Phileas Fogg ganó un día a sus ochenta por viajar hacia el Oriente: escribo estas líneas volando de Pekín a París, hacia Occidente, al revés que el célebre personaje de Julio Verne, y mi día de hoy durará más horas, llegaré sólo un poco después de haber salido, viviré más, como si hubiera podido estirarle las horas a este día, un 15 o un 20 por ciento, igual que mi amigo, pero yo sin trampas ni trucos ni alteradas maquinarias de relojería, ni botones pulsados de rebobinar o avanzar. Aunque pudiera incluso llegar antes de haber salido (como un viajero del antiguo Concorde, que abandonaba París a las 11,30 y alcanzaba Nueva York a las 8 en punto), habría envejecido lo mismo que dura el viaje, y entonces da la sensación de que la medida del tiempo es puro artificio, y que no es una dimensión tan natural como el largo, el ancho y el alto.

No he visto ninguna de las películas de Spiderman (hablo de las dos superproducciones recientes), pero me contó otro amigo cómo el director del film ilustraba para el espectador la rapidez del superhéroe: una mosca agita sus alas y vuela a cámara lenta; Spiderman acerca su mano y la atrapa a cámara rápida; las dos imágenes de celeridades distintas mezcladas en el mismo plano. Es ingeniosa esta forma de transmitir la percepción del tiempo.

«Ranz, mi padre, me lleva treinta y cinco años, pero nunca ha sido viejo, ni siquiera ahora. Lleva toda una vida aplazando ese estado, dejándolo para más adelante o acaso desentendiéndose de él». (Javier Marías, en «Corazón tan blanco»).